Excelentísima señora Raquel Arbaje, Primera Dama de la República.

Excelentísima señora Rosa Hernández de Grullón, embajadora de nuestro país ante el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, y en su persona mi salutación a todos los representantes del cuerpo diplomático acreditado en nuestro país.

Magíster Erik Pérez Vega, rector de la Universidad APEC.

Honorable señor Roberto Ángel Salcedo, ministro de Cultura.

Demás autoridades civiles, religiosas y militares.

Licenciado Carlos Alberto Ortega, presidente del Consejo de Directores de APEC, y en su persona, a los demás integrantes de ese organismo, del cual me siento profundamente honrado de ser miembro.

Licenciada Norma Rivera de Vargas, presidenta del Consejo APEC de Pasados Presidentes.

Licenciado Álvaro Sousa Sevilla, presidente de la Junta de Directores de UNAPEC.

Doctora Elsa María Moquete, vicerrectora Académica.

Licenciada Rosangela Sánchez Valdez, vicerrectora Administrativa y Financiera.

Licenciado Milcíades Willmore, vicerrector de Estrategia, Investigación y Desarrollo.

Distinguidos señores decanos y directores que componen el Consejo Académico de UNAPEC, y en ellos, a toda la comunidad académica, administrativa y estudiantil de la Universidad APEC.

Apreciados rectores de otras universidades.

Distinguidas personalidades de los ámbitos intelectual, académico, artístico, político, profesional, empresarial, y de este último, en particular, a los consejeros, ejecutivos y compañeros de labores del Banco Popular Dominicano y su casa matriz Grupo Popular.

Mi especial y cálido saludo, siempre agradecido, a mi esposa Soraya, nuestros hijos Yasser, Alberto y sus esposas, y a nuestros adorados nietos, los más grandecitos allí sentados, Gonzalo José y Amaia, y en casa a los pequeñines Iker José y a Federico José. Además, a mis queridos hermanos y demás familiares que siempre me han brindado su cariño y respaldo.

Distinguidos ejecutivos de medios, amigos comunicadores y representantes del deber de la información.

Señores invitados, queridos amigos todos, muy buenas noches.

José Mármol recibe doctorado Honoris Causa de Universidad APEC

Quisiera expresar, de entrada, mi más profundo y sentido agradecimiento al decano de la Facultad de Humanidades y Derecho, querido y admirado amigo, exjuez de la Suprema Corte de Justicia y prestigioso académico e intelectual, Alejandro Moscoso Segarra, por haber tenido el noble gesto de proponer mi candidatura a esta honrosa distinción, por ante la Junta de Directores y el Consejo Académico de UNAPEC.

Agradezco, de igual forma, la acogida a la propuesta por parte de esos órganos académicos, así como las generosas palabras del propio doctor Moscoso Segarra y del distinguido rector de esta universidad Magister Erik Pérez Vega, cuya destacada labor al frente de esta alta casa de estudios es digna de reconocimiento.

Les ruego permitirme compartir brevemente tres reflexiones que, de una forma u otra, van a tono con la motivación de esta inmensa distinción de UNAPEC a mi modesta trayectoria intelectual.

La primera se atiene al gravísimo reto que la calidad de la educación representa para las instituciones públicas y privadas, la familia, el individuo y la sociedad. El propósito de educar, de acuerdo con el insigne pensador y maestro Eugenio María de Hostos (1839-1903), se corresponde con la formación de ciudadanos libres, preocupados por el desarrollo de su capacidad de raciocinio y por llevar en alto el estandarte de la conciencia moral, para moldear así un pensamiento crítico y una vida en base a preceptos éticos y valores humanos. Ese es, ciertamente, un paradigma del siglo XIX que, sin embargo, sigue siendo un imperativo impostergable para la educación del siglo XXI.

Si bien, durante decenios tuvimos atrasos en la educación por una deuda económica y social onerosa, no es menos cierto, que el sustancial incremento en el presupuesto para la educación de nivel primario no se ha traducido, desde la puesta en vigor del 4% del Producto Interno Bruto para esta finalidad, en una mejora digna de la calidad de los aprendizajes ni de las competencias de nuestros alumnos en materias básicas, especialmente, en comprensión lectora. Seguimos, desafortunadamente, bordeando la catástrofe. Tampoco la suma de dispositivos tecnológicos a los procesos pedagógicos ha significado un salto cualitativo favorable, porque se ha caído en el error de considerar la presencia del medio digital como una finalidad en sí misma y no como un instrumento al servicio del talento humano y de su facultad creativa y transformadora. Cuando capacitemos técnica, pedagógica y humanísticamente a nuestros maestros, entonces, muy probablemente, tendremos alumnos con mejor desempeño en pruebas nacionales e internacionales y con mejores perspectivas para aportar a la modernización de los procesos productivos, a la competitividad del país y a una mejor convivencia social, con ciudadanos comprometidos con el respeto al otro y con el progreso de la nación.

La educación, entendámoslo de una vez por todas, es la condición sine qua non para formar conciencias críticas y espíritus libres; y, por si fuera poco, es el pulmón de la democracia; es el aire que, según el genio ruso León Tolstoi, el pueblo busca para respirar. Que una mejor educación se vuelva una obsesión de todos, hasta hacerla digna del ejemplo que somos como nación, en otros aspectos importantes de la vida en democracia.

La segunda reflexión implica reconocer que estamos inmersos en el torbellino de la hipermodernidad y la globalización, una época de acelerados y angustiosos cambios en los objetos, los procesos, los mercados, la interacción humana, la mentalidad y la vida cotidiana. No obstante, hay que tener mucho cuidado, porque en la hipermodernidad amenaza el peligro de una radical e irreversible quiebra de la ética y del proyecto humanístico a gran escala. La revolución tecnológica puede derivar, si no se definen paradigmas de control y propósitos constructivos, en un tsunami inhumano y en un eclipse total de la civilización. El miedo de los propios tecnólogos y filósofos de las tecnologías a la evolución autónoma descontrolada y de automejora progresiva de la Inteligencia Artificial (IA) y sus nuevos agentes es una muestra palpable de este peligro cósmico.

No hay que ser tecnófobos, pero, tampoco tecnólatras. Hay que vigilar, en favor de la dignidad humana, las ambiciones desenfrenadas de los señores del aire, como llama el filósofo Javier Echeverría (2026) a las grandes compañías que controlan las nubes de datos y ejercen la tecnodominación neofeudal. Debemos evitar a toda costa el equívoco embriagado frente a la IA, un recurso, sin duda, valioso para el trabajo, la investigación, el conocimiento y la vida cotidiana. Pero, una cosa es entender y asumir la IA como una herramienta algorítmica con capacidad para realizar determinadas tareas propias de la inteligencia humana, y otra, muy distinta, es delegar en la IA las tareas esenciales de pensar y crear, lo que va en detrimento del desarrollo de nuestro cerebro, de nuestra huella ontológica y de llevar nosotros, como especie sapiens, las riendas de la automatización y la innovación digitales.

Entregar a la IA la competencia lingüística, la facultad de pensar y nuestra memoria, atributos genuinos del humano es, como ha advertido el pensador e historiador Yuval Noah Harari, poner en el riesgo de la irrelevancia absoluta a toda la especie humana y su legado histórico. Estamos, y es penoso admitirlo, alienados en el delirio consumista del “Clico, luego soy”, propio de las pantallas, que se opone diametralmente al “Pienso, luego existo” cartesiano.

José Mármol.

La tecnología habrá de ser siempre un recurso y no un sustituto radical de la capacidad humana. De lo contrario, correríamos el riesgo de abonar el terreno para la creación de una sociedad de cretinos digitales, como ha demostrado en sus estudios el filósofo y neurocientífico Michel Desmurget. Nuestra atención, un bien que resguarda lo esencial y digno de lo humano, no puede someterse a la dictadura y al ruido provocados por la distracción adictiva y mercurial del mal uso del medio digital. La advertencia del pensador francés Éric Sedin, no se hace esperar: la administración digital del mundo o el control robotizado de la existencia, debido a una superioridad cognitiva de la técnica, podrían significar el ocaso de la humanidad. Y un pensador dominicano, Andrés Merejo (2026), acaba de publicar un libro que revela y denuncia la filosofía política y las estrategias de poder que se ocultan y maniobran detrás de la inteligencia artificial. Que la eficacia útil de la IA no nos convierta en zombis inútiles y abominables autómatas.

La historia nos muestra un hecho conocido como el lamento de Robert Oppenheimer. Se trata de ese prometedor y a la vez fatídico instante en que sus propios ojos contemplan la dimensión destructiva de la exitosa prueba Trinity en la descampada zona de Los Álamos, Nuevo México, donde se instaló el Proyecto Manhattan, bajo su dirección. Más que la certeza racional del científico, lo que le invadió en ese instante de la madrugada del 16 de julio de 1945, fue la sensibilidad poética y humanística que anidaba en su espíritu, a tal punto que lo único que salió de su boca fueron los versos del texto sagrado hindú Bhagavad Gita que rezan: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. El teórico de la física nuclear entendió de inmediato que había creado un monstruo de voracidad destructiva inaudita mediante la fisión atómica. De ahí su cruzada ética posterior, para crear acuerdos de controles nucleares entre las superpotencias militares y económicas.

Ahora me pregunto ante ustedes, ¿sería equivocado establecer un paralelo entre ese lamento y la posterior advertencia de Oppenheimer con los lamentos y advertencias que científicos de la informática, ingenieros y filósofos del lenguaje de la programación vienen manifestando respecto del peligro de la no regulación a tiempo, sobre todo, en términos éticos, de la automatización algorítmica transhumana y el tsunami de la digitalización? Ojalá que los creadores y promotores de la IA no tengan que volver al texto sagrado hindú, para repetir los versos que, con profundo dolor, recitó Robert Oppenheimer.

Comparto una advertencia a este propósito. El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (2010) sustenta: “Si la burocracia de la era moderna sólida ‘adiaforizó’ activamente los efectos moralmente impregnados de las acciones humanas, la tecnología emancipada de nuestros tiempos modernos líquidos obtiene efectos similares por medio de una especia de sedación ética”. En otras palabras, la relativización o mitigación axiológica de los excesos de la tecnología propia de la era moderna sólida, que Bauman llama adiaforización, es superada con creces hoy día por la sedación o ceguera ética propia de la posmodernidad y de la carrera sin freno hacia la digitalización, la automatización extrema autogenerada y la irrelevancia probable del factor humano. Debemos ofrecer resistencia humanística a la seducción ilusoria de la plataforma díscola de la distracción, que subsume el valor de la atención, y al espectáculo trivial, efímero y ruidoso, que desplaza la auténtica cultura y persigue la aniquilación de la educación con principios y valores humanos. No permitamos que la mediocracia y su mirada miope, junto a las ideologías populistas e irresponsables, lleguen a imponerse en nuestra sociedad como presuntas alternativas de futuro, quebrantando los pilares de la razón, el bien común, la convivencia y la libertad.

Tercera y última reflexión. Esta se relaciona con la palabra como horizonte inagotable ante la fascinación estética de nombrar lo innombrable, de lograr comunión entre los seres humanos y tiene que ver con el reto quimérico de escribir en un país pequeño del Caribe insular, sin mercado editorial desarrollado y donde la lectura, como pasión por la palabra, ha pasado del déficit cultural profundo a ir ganando adeptos lentamente. Y sin embargo, escribo, inevitablemente escribo y leo, y me pierdo cada día, antes de que despunte el alba, en los laberintos, a veces encantados y otras veces sinuosos, del lenguaje, la imaginación y el pensamiento. Lo he dicho, como Igor Stravinsky lo hacía con la composición musical, escribo para mí mismo y para un hipotético lector, mi álter ego, que redondea con su lectura el significado de lo dicho, lo sentido y lo pensado. No hay forma de que evite la escritura, porque intentarlo sería imponer sobre mí una borradura ontológica, una obliteración existencial, una tachadura de mi condición humana.

Escribo como un grito por recuperar lo que la memoria y la nostalgia habían perdido. Escribo poesía por íntima convicción de plena libertad y honda soledad, aun en medio de muchedumbres, por desnuda y simple necesidad vital. Con la poesía camino, respiro, medito, me demoro y contemplo con asombro, la vaciedad de todo y la plenitud de la nada. Escribo como último e ineludible recurso para vencer con un vocablo la sombra de la fatalidad y las veleidades y muecas de la muerte. Escribo para dejar un sonoro rastro del fundamento temeroso de mi ser, mis angustias y mis alegrías.

Escribo poesía y prosa que piensan y sienten, porque soy heredero, y porque también subvierto en la creación, el legado de un pueblo, de una tradición y de una cultura que hicieron de su lengua una razón de ser, el sustrato de su propia historia y el camino utópico de un destino identitario. Soy, existo en la medida en que poseo esa lengua y ella me hace su instrumento de sentir, de pensar, de soñar y vivir.

Un poema, más allá de significar, esencialmente es, existe, vibra con el lenguaje y con su ser derrota el tedio, la desidia y la banalidad del mal y sus designios. Escribo, señoras y señores, para insistir en el llamado ético de que el ser humano tiene la responsabilidad indelegable de perseverar en su misión ulterior de ser un constructor, un hacedor y no un destructor de su propio y maravilloso mundo.

Muchas gracias.