La tarea que emprendo de introducir este libro a su interés lector no puede ser más grata. Me permite mediar entre dos figuras con las que mantengo un vínculo personal que antecede al rigor meramente literario. Con Mármol llevo recorriendo ya cuatro décadas de complicidades que van desde el compadrazgo filial y el compromiso de la gestión cultural, hasta la pasión compartida por la poesía. Con Andrés los años son menos, pero no menos intensos ni comprometidos. Lo conocí cuando era un joven curioso, entusiasmado por las letras en aquellos talleres y concursos auspiciados por la Sociedad Renovación, dirigida entonces por la incansable y meritoria doña Lilian Russo Fernández de Cueto.
La vida nos juntó nuevamente, ahora en condición de colegas, en la aventura de cursar el primer doctorado autónomo de una institución de educación superior local: el doctorado en Estudios del Español: Lingüística y Literatura de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Este programa, impartido en Santo Domingo, nos hermanó durante infinidad de sábados en viajes de ida y vuelta por el Cibao. En esos trayectos, junto a Carmen Pérez Valerio, Arcadio Vargas, Patricio García y Maura Peralta, y tras agotar los menesteres propios del doctorado, aprovechábamos para desmenuzar sin piedad todos los temas posibles, incluyendo el bestiario del ambiente universitario y de la cultura en general. Fue en ese ambiente, e impulsados por el poeta español Jesús Losada de cara al proyecto de tesis indispensable, donde comenzó a sembrarse el germen de mirar hacia las figuras cimeras de la literatura dominicana; una idea que caló principalmente en el benjamín del grupo, Andrés Ulloa.
Su decisión investigativa no pudo ser más acertada, como lo evidencia esta ocasión en la que se pone a circular el libro derivado de su tesis doctoral. La aparición de José Mármol y la poética del pensar constituye un hito para nuestra historiografía literaria. En una época donde la inmediatez digital y la posverdad amenazan con licuar la densidad del pensamiento, la investigación de Andrés Ulloa se yergue como un ejercicio de resistencia intelectual indispensable. Su valor radica en la capacidad de aplicar el rigor de las ciencias del lenguaje, de la semiología y de la estética al análisis inmanente de la abundante y profunda obra poética marmolana.
Pero hay un mérito mayor que quiero subrayar esta noche: estamos ante la primera tesis doctoral dedicada exclusivamente a José Mármol. Rompiendo con la acostumbrada tendencia de los doctorandos criollos —tanto en universidades locales como internacionales— de preferir voces del pasado lejano para asegurarse un terreno cómodo de cara a publicaciones o cátedras, Ulloa asume el riesgo de la contemporaneidad. Tuve el privilegio de acompañarlo en esta primera aventura investigativa en calidad de director de tesis, y me siento profundamente honrado de que hoy me hayan invitado a ser parte de la prolongación natural de sus hallazgos.
En esta afortunada obra, el autor puertoplateño no se limita a la fría disección teórica. Él es también poeta, lo cual dota a su pluma de la rara virtud de comprender que el poema es un organismo vivo que requiere ser recreado, no destruido, en el acto de la interpretación. Al trazar con precisión la evolución de la obra de Mármol, este estudio llena un vacío crítico referencial y devuelve a la poesía dominicana su derecho a ser leída como un objeto de conocimiento autónomo y universal.
Más que descansar su análisis en la prolífica existencia de referencias críticas de una infinidad de intelectuales nacionales e internacionales, el investigador se arriesgó a asumir el abordaje desde su propia lectura y convicción. Una empresa de tal envergadura y riesgo solo fue posible gracias a su altísima calidad profesional y a la cercanía con el poeta estudiado. Andrés Ulloa se consolida en estas páginas como un investigador de fuste, un crítico excepcional y un apasionado cultor de la poesía. Su rigor se evidencia en la pulcritud con la que maneja las fuentes, la fluidez de una prosa que recoge con soltura sus análisis métrico-rítmicos, y la profundidad conceptual con la que hace dialogar, en su abordaje crítico de los versos de Mármol, a los gigantes del pensamiento que alimentaron su imaginación, como Heidegger, Nietzsche y Gadamer.
Ulloa demuestra una familiaridad asombrosa con las teorías de la creación mitopoética, las cuales rastrea en José Mármol en tanto que pondera su capacidad para erigir un sistema mitológico propio, completo y coherente al ficcionar la modernidad dominicana —o mejor dicho, su posmodernidad—. Desde esta perspectiva, el crítico transita con igual solvencia por los experimentos iconoclastas de la juventud de Mármol que por la sobriedad sabia de su madurez finisecular. Su mirada, limpia de prejuicios y comprometida con la verdad del texto, es la de un intelectual orgánico que comprende que la literatura es una forma de habitar poéticamente el mundo.

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