En la casa de Ana Brioso, el sueño se convirtió en un lujo imposible: “Yo estoy viva, pero no duermo ni hago nada esperando”, dijo en una entrevista para Acento. A sus 59 años, entre quebrantos de salud por un padecimiento en los riñones y la diabetes que comparte con su esposo, esta madre dominicana pasa las madrugadas en vela con la mirada fija en la pantalla del celular.
Espera un mensaje, un simple “hola, vieja”, que le confirme que Juan, su hijo, sigue con vida al otro lado del mundo, atrapado en las trincheras de una guerra que nunca buscó.
La historia de Juan Brioso es la de un hombre de trabajo. Durante casi dos décadas se ganó la vida como mecánico de motocicletas en un taller en Haina, San Cristóbal. Padre de seis hijos (el mayor de 17 años, criado por la propia Ana, y el más pequeño de apenas tres), su prioridad siempre fue el bienestar de su familia.
“Él siempre se ha dedicado a sus hijos y su familia, se preocupa y nunca los ha descuidado”, dijo Ana.
Intentaba pasar todos sus domingos en el hogar materno y, con frecuencia, acompañaba a sus padres a las consultas médicas. Antes de partir a lo que pensó que era una propuesta laboral, pasó tres días enteros en casa de su madre, ayudando a organizar sus documentos y abriendo una cuenta bancaria para garantizar que la manutención de sus pequeños no faltara.
Les quitaron los pasaportes y firmaron documentos en ruso bajo amenaza
Aquel día de la despedida, Juan habló de un viaje y de una propuesta de trabajo que prometía mejorar la vida de todos. Ocultó el destino para no preocupar a su madre. Quince días después, la dura realidad golpeó a la familia; un amigo de Juan confirmó que estaba en Rusia. Lo que se prometió como una oportunidad laboral se transformó de inmediato en una pesadilla. Al llegar, fueron ingresados al sótano de un hotel, les retiraron los pasaportes y los obligaron a firmar documentos redactados en ruso, sin intérpretes ni explicaciones, bajo la amenaza implícita del maltrato.

“Mi hijo me llamó desde un sótano (declaró Ana entre lágrimas); él estuvo ahí hasta que firmó unos documentos en ruso; él ni sabe lo que firmó, está en peligro”. Comunico, Brioso.
Hoy, la rutina de Juan en suelo ruso se reduce al rigor militar y al sufrimiento físico. Entre intensas jornadas de entrenamiento y marchas interminables bajo el frío, con comunicaciones escasas y fragmentadas: Mi hijo no quiere decirme todo lo que pasa; él me llama cuando puede para preguntarme cómo estoy. No me dice todo, pero sé que está mal. Yo espero cada día esa llamada cuando él me dice: “Hola, vieja, usted no sabe lo que es tener un hijo en esa situación”.
En los breves momentos en que logra conseguir señal de teléfono, habla de pies hinchados, del agravamiento de una bacteria estomacal que lo tiene consumido y de una dieta reducida a raciones mínimas de sopa y soya.
“Mi hijo tuvo un problema de salud, él sufrió de Helicobacter, esa bacteria le volvió y él está solo, con todas esas caminatas, los pies hinchados, y en cualquier momento va a ir a la guerra”, afirmó.
La angustia se extiende a sus hijos en la República Dominicana; uno de ellos se niega a ir a la escuela tras enterarse por las noticias y por sus compañeros de clase sobre la suerte que corre su padre.
“A mi nieto le hacen bullying en la escuela; él llega todos los días llorando; hay niños que le enseñan por el teléfono las noticias de cómo va lo de Rusia. Yo solo estoy viva”, admitió Ana.
A pesar de los discursos oficiales y de las versiones diplomáticas que reducen el número de afectados, Ana y decenas de familias dominicanas se han volcado a las calles. Entre marchas, protestas frente a la embajada rusa en República Dominicana, vigilias frente al Congreso Nacional y concentraciones ante la Cancillería, reclaman que las autoridades nacionales no le den la espalda a más de un centenar de jóvenes que atraviesan la misma situación.
“Yo no entiendo cómo el diplomático dice que son 20 dominicanos los que están en Rusia cuando solo de Haina hay como 50. Vamos a hacer otra marcha, una protesta porque no podemos quedarnos esperando”, dijo.
Para Ana Brioso y su familia, el dolor de la espera no le quita la determinación. Hace un llamado de empatía a la sociedad y exige una intervención humanitaria al Gobierno dominicano: el único anhelo de esta madre es que las autoridades actúen a tiempo para que Juan, y los demás jóvenes que se encuentran en sus mismas condiciones, puedan regresar con vida a casa.
“Yo hago un llamado al presidente Abinader, para que salve a nuestros hijos”.
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