A las siete de la mañana de este martes 5 de mayo, las puertas de la cárcel de Najayo se abrieron para Mario José Redondo Llenas. Afuera, el aire parecía más denso que de costumbre: no era solo la humedad del Caribe, sino el peso de una historia que durante tres décadas permaneció en la memoria colectiva dominicana.

Redondo Llenas cruzó el umbral acompañado de su hijo, Daniel Redondo, lucía camisa rosada como el padre, y de su abogado, Dionisio Ortiz, único que queda con vida tras tres décadas del caso.

Su salida no fue una más.

Con ella se cierra, al menos en términos judiciales, uno de los episodios más estremecedores del país: el asesinato de José Rafael Llenas Aybar, un niño de 12 años cuyo nombre, desde 1996, quedó grabado como una tragedia que sacudió a toda una generación.

“Al cumplir una condena de 30 años, me presento con arrepentimiento, respeto y vocación de servicio”, dijo frente a los medios, con una voz medida, como si cada palabra hubiera sido ensayada durante años de encierro. No habló de redención, sino de proceso. De tiempo. De aprendizaje.

Porque el tiempo, en su relato, no fue vacío. Asegura que lo ocupó en estudiar, desde la alfabetización hasta el nivel universitario, en trabajar la tierra en proyectos agrícolas y en observar, desde dentro, la transformación del sistema penitenciario. Dice haber estudiado derecho y formado en el área agropecuaria. Pero incluso en ese recuento, hizo una pausa necesaria: nada de eso, reconoció, borra el daño causado.

“No lo pretende”, aclaró. “Pero sí evidencia que el tiempo puede ser utilizado para construir, para reflexionar y para cambiar”.

La escena contrasta inevitablemente con otra, treinta años atrás

El 4 de mayo de 1996, cuando la desaparición de un niño en Santo Domingo parecía, en principio, un caso más de extravío. Horas después, la incertidumbre se convirtió en horror.

La investigación reveló que el crimen había sido planificado y ejecutado por alguien del entorno más cercano: su primo, Mario José Redondo Llenas, junto a Juan Manuel Moliné Rodríguez.

Según el Ministerio Público, el móvil estuvo vinculado a intereses económicos dentro del ámbito familiar.

El país siguió el caso con una mezcla de incredulidad y dolor. Los tribunales tardaron seis años en dictar sentencia.

El 14 de octubre de 2002, la Corte de Apelación de Santo Domingo condenó a Redondo Llenas a 30 años de prisión y a Moliné Rodríguez a 20, tras modificar una decisión inicial que incluía cargos de secuestro. Hubo recursos, alegatos de violaciones de derechos, y una última espera ante la Suprema Corte de Justicia, que en 2004 dejó el caso listo para fallo.

Desde entonces, el tiempo hizo lo suyo. Afuera, el país cambió. Adentro, según su testimonio, también.

“Hoy salgo convencido de que no tendré una forma de reparar completamente lo ocurrido; esa es mi deuda moral permanente”, afirmó. No intentó cerrar la herida. Más bien la nombró, como algo que lo acompañará siempre.

Dijo, además, que cuando las circunstancias lo permitan, pondrá su historia: “la historia completa”, subrayó, al servicio de espacios académicos, profesionales, institucionales y comunidades de fe que crean en la posibilidad de cambio. No como ejemplo, sino como advertencia.

Mientras hablaba, el movimiento alrededor continuaba: cámaras, preguntas, miradas. Pero había algo que no se movía: la memoria de aquel niño de 12 años y el eco de un caso que durante años fue llamado “el crimen del siglo”.

Con su liberación, no termina la historia. Solo cambia de escenario.

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Karla Alcántara

Abanderada por los viajes, postres y animales. Ha cursado diplomados sobre periodismo económico impartido por el Banco Central, periodismo de investigación por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, finanzas por el Ministerio de Hacienda y turismo gastronómico por la Organización Internacional Italo-Dominicano.

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