Quizás hayas notado que últimamente ha surgido un nuevo lenguaje intrigante en las conversaciones con amigos y familiares. «¿Estás segura de que no es tu voz de ansiedad la que habla?», me preguntó una amiga hace unos meses durante un episodio que describiré simplemente como un bajón (bueno, un colapso menor). «Me pregunto qué diría tu voz honesta en su lugar». ¿Qué?
Me sugirió que quizás yo no estuviera hablando desde mi lado más sensato (tenía razón). Hablamos de la posibilidad de que solo estuviera teniendo un ataque de pánico temporal (y así era). Me recordó que, cuando nos sentimos ansiosos, no solemos tomar buenas decisiones ni distinguir con claridad si aquello que nos preocupa es un problema menor o, como suele parecernos en ese momento, un problema enorme que nos causará miseria el resto de nuestra vida.
Pero no fue hasta después de nuestra conversación, cuando me envió una captura de pantalla con dos columnas repletas de viñetas de una sencillez deliciosa, que me di cuenta de que esa curiosa dicotomía entre la «voz ansiosa» y la «voz honesta» provenía directamente de lo que seguramente es el mayor proveedor de servicios de salud mental del mundo: ChatGPT. La voz ansiosa «habla desde un lugar de miedo» y «quiere una respuesta definitiva», explicó la mente colectiva, mientras que la voz honesta «habla desde donde residen los valores» —sea lo que sea que eso signifique— y «permite que existan dos verdades».
No era un marco del todo erróneo, aunque me pareció que algunas partes estaban un poco fuera de lugar, incluyendo la idea misma de una «voz honesta». (¿No habría funcionado mejor una «voz segura»?). Para ser justa con el chatbot (como siempre se debe ser), definitivamente me sentí mejor y más serena después de nuestra conversación. Pero al reflexionar más sobre ello, me di cuenta de que lo que me había ayudado no era tanto la palabrería psicológica generada por la inteligencia artificial (IA), sino tener a una amiga ahí para hablar conmigo, con toda su amabilidad, incertidumbre e imperfección.
Lo que me molestó fue lo aferrada que parecía estar mi amiga a ciertos términos concretos durante nuestra conversación, a los que recurría una y otra vez como si fueran un respaldo autorizado de lo que decía. Como procedían de una máquina y no de un ser humano, se presentaban sin los matices ni las vacilaciones que cabría esperar de un terapeuta de carne y hueso y, de algún modo, acababan tratándose como si fueran la verdad absoluta.
Pero las palabras nunca pueden capturar por completo toda la verdad. De todos modos, por lo general hay varias versiones de la verdad, especialmente cuando se trata de dinámicas interpersonales, pero el chatbot, siempre complaciente, no te lo dice, lo que te hace confiar demasiado en tu versión (y en la de él). Además, hay ciertos sentimientos, experiencias y energías que son inefables y más elusivos que las palabras que buscan definirlos.
Y aunque el lenguaje puede ser increíblemente útil para ayudarnos a dar sentido a cómo experimentamos el mundo, a nosotros mismos y a los demás, empieza a resultar contraproducente cuando nos aferramos tanto a las palabras y las etiquetas que comienzan a limitar y distorsionar nuestra experiencia de la realidad. El lenguaje puede convertirse en un obstáculo para la auténtica autorreflexión y exploración personal. Se puede volver una forma de mantener los sentimientos incómodos encerrados en el cerebro en lugar de fomentar una introspección más profunda y encontrar formas de sanar que involucren también al cuerpo.
Además, las palabras pueden tener por sí mismas un efecto patologizante. Incluso antes de la llegada de los chatbots, la explosión de interés en los temas de salud mental y la repentina incorporación a la cultura popular de términos que antes se habrían reservado para la oficina del psiquiatra ya habían comenzado a cambiar la forma en que las personas se comprenden a sí mismas. No, ese hombre que acaba de romper contigo sí está interesado en ti, solo que tiene un estilo de apego evitativo (y probablemente también sea narcisista). No, no es que seas desorganizada, tienes trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). De hecho, hoy en día es tan común ser «neurodivergente» que a veces parece más neurodivergente no serlo.
Cuando volví a hablar con mi amiga para preguntarle si su chatbot terapeuta le seguía resultando tan útil como antes, me sorprendió bastante su respuesta. Cada vez más, me dijo, su experiencia es que es «como comer cartón cubierto de chocolate; parece que sabe bien, pero luego me despierto después de tres horas y me doy cuenta de que, en realidad, no me ha alimentado». Cuando habla con su terapeuta de carne y hueso, me contó, se da cuenta de «lo poco vivo que es el chatbot, y de que sentirse vivo en una dinámica es realmente importante».
En un estudio realizado hace un año, el 37 % de los adultos británicos habían utilizado un chatbot de IA para recibir apoyo de salud mental. Es casi seguro que esa cifra sea mayor ahora, y estoy segura de que está ayudando a muchas personas. Pero vale la pena recordar que un terapeuta de IA simplemente no posee ese tipo de «voz honesta» que «permite que coexistan dos verdades»; y, sea como sea, nunca puede ir más allá de sus palabras.
Jemima Kelly. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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