El segundo mandato de Trump arrancó el 20 de enero de 2025 con una escena que marcó el tono de lo que vendría después. En una aparición distendida en el Despacho Oval, el presidente indultó a cientos de simpatizantes condenados por el asalto al Capitolio de 2021, enviando una señal inequívoca sobre su concepción del poder y de la lealtad política.

Desde ese primer día, el ritmo no se ha detenido. En apenas horas firmó más de treinta decretos ejecutivos, restableciendo el estado de emergencia en la frontera con México, retirando a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud y del Acuerdo de París, y recortando derechos de minorías, fondos de ayuda internacional y presupuestos universitarios. El país entró así en una etapa de gobierno por decreto que ha tensionado los contrapesos democráticos justo cuando se aproxima al 250.º aniversario de su independencia.

En los meses siguientes, Trump lanzó una ofensiva sin precedentes de órdenes ejecutivas, declaraciones provocadoras y directivas destinadas a perseguir a sus adversarios políticos. “Hay solo una cosa: mi propia moral”, respondió al The New York Times cuando se le preguntó si existían límites a su poder, una frase que para muchos resume el espíritu de este primer año.

Indignación y ríticas por los operativos de ICE

Las sacudidas no se limitaron al frente interno. La política migratoria de Trump, especialmente el uso intensivo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), ha generado una ola de críticas y controversias. En enero de 2026, un agente del ICE mató a tiros en Minneapolis a Renee Nicole Good, una mujer de 37 años que se encontraba en su vehículo durante una redada migratoria, lo que desató protestas masivas y llamados a rendir cuentas por parte de defensores de derechos civiles que consideran excesivo el uso de la fuerza por parte de agentes fuertemente armados. Las autoridades federales sostienen que actúan en “defensa propia”, versión rechazada por líderes locales y observadores, que ven en estas operaciones una escalada que provoca miedo y desconfianza en las comunidades afectadas. Organizaciones como la ACLU han pedido la retirada de los efectivos y un alto a las redadas masivas, mientras que la ONU ha pedido una investigación independiente sobre el uso de fuerza letal por parte de ICE.

En febrero, una reunión televisada con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, derivó en un intercambio humillante que provocó conmoción diplomática y reforzó el respaldo europeo a Kiev. Meses después, la Casa Blanca anunció un ambicioso "plan de paz" de 20 puntos para Gaza, presentado por Trump como histórico, aunque la violencia persistente evidenció la distancia entre el relato oficial y la realidad sobre el terreno.

Trump también reactivó viejas obsesiones estratégicas. Retomó su proyecto de "conseguir Groenlandia", presionando al gobierno danés y desatando una crisis en el Atlántico Norte, que justificó en nombre de la defensa del "mundo libre". Paralelamente, ordenó una intervención militar en Venezuela, presentada como una ofensiva contra el "narcoterrorismo", con el objetivo declarado de detener y derrocar a Nicolás Maduro. Para sus críticos, detrás de ese discurso se impone una lógica de beneficio económico: el acceso privilegiado al petróleo venezolano y a los recursos minerales estratégicos de Groenlandia, en especial las tierras raras.

Negocios para beneficio personal 

Esa lógica se extiende también al plano personal. Diversos analistas sostienen que Trump ha utilizado la presidencia como una herramienta de enriquecimiento sin precedentes. En el último año, su fortuna habría pasado de unos 4.300 millones a más de 7.000 millones de dólares, impulsada por contratos internacionales, acuerdos mineros y vínculos con regímenes cuestionados que beneficiarían tanto a sus negocios privados como a los intereses económicos de Estados Unidos.

La Casa Blanca, por su parte, ha comenzado a transformarse en un escaparate de esa fusión entre poder, negocios y ostentación. Trump ordenó la demolición del ala este para construir un salón de baile valorado en unos 250 millones de dólares y promovió el cambio de nombre del Kennedy Center a "Trump Kennedy Center", alimentando un culto a su personalidad que atraviesa su segundo mandato.

En el frente interno, la confrontación alcanzó de lleno al mundo académico. Bajo la bandera de la lucha contra lo "woke", la administración lanzó una ofensiva contra universidades como Columbia y Harvard, imponiendo recortes masivos, controles ideológicos y nuevas formas de censura que, según expertos, instauran una ortodoxia conservadora inédita en la educación superior estadounidense.

¿Límites en 2026?

A punto de cumplir 80 años, la hiperactividad política de Trump parece responder tanto a la ambición como al temor al declive. Entre narcisismo y deseo de permanencia, este primer año retrata a un presidente empeñado en dejar su marca en contratos, edificios e imágenes, como si buscara una forma de eternidad política.

El mayor punto de inflexión podría llegar en noviembre, con las elecciones legislativas de medio término. Aunque tradicionalmente funcionan como un referéndum sobre el presidente en funciones, estas elecciones serán, más que nunca, un veredicto personal sobre Trump. Sus índices de aprobación siguen siendo bajos, mientras la Casa Blanca intenta convencer a un electorado golpeado por el costo de vida de que sus planes económicos están dando resultados.

Si los republicanos sufren una derrota, persisten las dudas sobre la reacción del presidente, dada su negativa a aceptar los resultados de 2020. Algunos analistas consideran, sin embargo, que perder el control de la Cámara de Representantes lo dejaría políticamente debilitado, limitando su margen de maniobra en los dos años restantes de mandato.

Con Venezuela, Irán, Groenlandia, Ucrania y Gaza en el centro de su agenda, el presidente del lema “Estados Unidos Primero” parece hoy más volcado que nunca hacia la política exterior. "Políticamente es un problema, porque mucha de la gente que votó por él no votó para esto, sino para que se enfocara en la economía. Y ha pagado un precio alto por ello", resume un experto.

Un año después de su regreso al poder, Trump no solo ha vuelto a dividir a Estados Unidos: ha reabierto viejas tensiones globales, cuestionado límites institucionales y puesto en cuestión los métodos de aplicación del poder federal.

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