Este voto en las elecciones de medio mandato, ampliamente desfavorable para el campo del presidente, parece marcar el fin del trumpismo, al menos en su forma actual. Aunque los electores llevaron a los demócratas al Congreso, incluso dando la sorpresa en estados históricamente republicanos, sus votos no reflejan un respaldo súbito y masivo a las ideas de la izquierda.
También cabe recordar que los demócratas no constituyen un bloque unificado. En sus filas han emergido candidatos progresistas. Estas nuevas figuras, portadoras de reivindicaciones que en ocasiones chocan con las defendidas por los demócratas de la vieja guardia, no generan consenso. Su integración en la mayoría promete posibles tensiones internas, en un momento en que cada bando busca al sucesor de Donald Trump.
Entre los obstáculos venideros, Trump podría enfrentarse a un nuevo procedimiento de impeachment, es decir, de destitución. Sin embargo, tendría pocas posibilidades de prosperar, ya que requiere el apoyo de dos tercios del Senado.
Más segura es, en cambio, la pérdida del poder legislativo por parte de los republicanos. Gracias a su clara superioridad numérica cuando asuman sus cargos el 3 de enero de 2027, los demócratas tendrán la posibilidad de aprobar leyes con el objetivo de desmantelar, bloquear o, al menos, ralentizar las iniciativas impulsadas por la administración Trump durante los dos últimos años.
Su intención es centrarse ante todo en ampliar el acceso a la atención médica, cambiar de postura respecto a los aranceles impuestos a los socios comerciales de Estados Unidos y poner fin, lo antes posible, a la guerra con Irán, un factor determinante en la derrota de Donald Trump, según reconoció su propio vicepresidente, J. D. Vance.
Además, los demócratas también adquieren la capacidad de oponerse a cualquier nuevo nombramiento propuesto por Donald Trump para puestos de alta responsabilidad en su administración o para el Tribunal Supremo, donde ya ha situado a tres jueces conservadores. No obstante, la ola demócrata no equivale a una muerte política total para Donald Trump, que conserva varias cartas en la pugna que se avecina.
Los decretos y el veto
Si sus representantes tendrán grandes dificultades para resistir a los demócratas, el presidente conserva dos herramientas de gran peso, propias del poder ejecutivo, para gobernar: los decretos y el veto.
Garantizado por la Constitución, el veto permitirá a Donald Trump oponerse a los proyectos de ley aprobados por el Congreso y devolverlos a las dos cámaras. Para superar este obstáculo es necesario reunir una mayoría de dos tercios tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado.
En cuanto a los decretos, Donald Trump conoce perfectamente sus mecanismos. Apenas investido en enero de 2025, firmó una gran cantidad de estas órdenes ejecutivas [executive orders], que permitieron, entre otras cosas, indultar a los participantes en el asalto al Capitolio del 6 de enero.
Aunque, en teoría, sirven para orientar la acción de las agencias gubernamentales, se han convertido en "una manera de sortear al Congreso y de utilizar de forma bastante amplia los poderes presidenciales", explica Emmanuelle Perez-Tisserant, doctora en historia y especialista de Estados Unidos.
Gracias a estas herramientas, Donald Trump conserva capacidad de acción pese a su derrota en las midterms. Queda por ver si quien fue elegido con la imagen de un hombre de negocios y negociador excepcional intentará poner en práctica su famoso "arte de la negociación" en esta suerte de cohabitación a la estadounidense.
"No lo llamará compromisos, pero sin duda blandirá la amenaza del veto para intentar obtener concesiones del Congreso", sugiere Pérez-Tisserant.
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