Durante la ceremonia de firma del acuerdo el 17 de enero, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, abogó por “un comercio justo en lugar de aranceles”. Se trata de una “señal clara a favor del comercio internacional” en un contexto de “tensiones”, afirmó Santiago Peña, presidente de Paraguay, que ocupa la presidencia rotatoria del bloque sudamericano.
Este tratado elimina los aranceles aduaneros en más del 90 % del comercio bilateral y favorece las exportaciones europeas de automóviles, maquinaria, productos químicos, vinos y bebidas alcohólicas. A cambio, facilita el acceso al mercado europeo de la carne, el azúcar, el arroz, la miel y la soja sudamericanos.
Los agricultores europeos, perdedores
Los grandes perdedores, aunque hay excepciones, son los agricultores europeos, que han protestado mucho en las últimas semanas. No en vano, los países agrícolas como Francia y Polonia encabezaron la oposición a este acuerdo. Los ganaderos, en particular, temen la competencia de la carne barata procedente de Brasil o Argentina.
Tienen la sensación de haber sido sacrificados para ofrecer un nuevo mercado a los automóviles alemanes, y es cierto que Alemania, cuya industria está sufriendo las consecuencias de la actual guerra comercial entre Washington y Pekín, ve en ello una alternativa, al igual que España y Portugal, que por razones históricas ya mantienen fuertes vínculos con estos países.
Sectores económicos que salen ganando: vino y licores
Sin embargo, para algunos sectores económicos franceses, el tratado con Mercosur debería ser beneficioso. Empezando por varios sectores agrícolas. Es el caso de los vinos y licores, una de las principales exportaciones francesas. Se eliminarán los aranceles del 27 % que aplican los países de Mercosur a estos productos.
Para acompañar la copa de vino tinto, el queso francés también se suma a la lista de ganadores. Al igual que otros productos lácteos europeos, como los yogures, la mantequilla o la leche en polvo, se beneficiará de una reducción progresiva de los aranceles aduaneros. Más que para los pequeños productores europeos, el acuerdo es sobre todo un negocio de oro para los grandes grupos lácteos como Lactalis o Danone. Podrán abastecerse directamente de leche de los productores sudamericanos.
Las repercusiones esperadas por la Comisión Europea
El sector del lujo también se beneficiará: la reducción de los aranceles aduaneros sobre los vinos de gran calidad o la confección beneficiará a grupos franceses como LVMH.
La industria europea también saldrá ganando: es el caso de los equipos eléctricos franceses, la petroquímica y, por supuesto, los automóviles europeos, especialmente los alemanes. Por último, la Comisión Europea espera repercusiones en el sector de los servicios, entre los que se encuentran las telecomunicaciones o el transporte marítimo.
En cuanto a Sudamérica, Argentina se congratula por estas nuevas perspectivas para la carne de vacuno y el vino argentinos, y Brasil por los nuevos mercados para su petróleo y su soja. Cabe señalar que, por el momento, las relaciones comerciales entre los dos bloques son equilibradas: el volumen de intercambios representa más o menos 60.000 millones por cada lado.
¿Qué pasará tras la firma del acuerdo?
Ahora le corresponde al Parlamento Europeo examinar este texto. La votación de los eurodiputados podría estar reñida y no se producirá antes de la primavera. De momento, el miércoles 21 de enero, los parlamentarios deben pronunciarse sobre si recurrir o no al Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Un grupo de unos 150 diputados quiere preguntar a los jueces sobre la conformidad de este acuerdo con los tratados europeos.
Si se aprobara esta resolución, habría que esperar la decisión del tribunal antes de proceder a una votación global. Esto podría llevar varios meses. Algunos agricultores europeos siguen oponiéndose firmemente a este texto. Tienen previsto hacer oír su voz el martes 20 de febrero manifestándose ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo.
Por parte del Mercosur, las cosas son mucho más sencillas. El acuerdo debe ser ratificado por los parlamentos de todos los países miembros, un proceso que debería desarrollarse con más tranquilidad que en Europa. La mayoría de los gobiernos pueden contar con un apoyo parlamentario suficiente.
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