En el cruce de la célebre avenida Canebière, símbolo del puerto milenario de Marsella, con la avenida Roma se encuentra la sede de la Primavera marsellesa, una coalición de partidos de izquierda, ecologistas y ciudadanos que apoyan la candidatura del alcalde Benoît Payan para su reelección en las elecciones municipales de marzo 2026.
En el interior de la sede está el candidato Amine Kessaci. Tiene 22 años, una militancia social y ecologista curtida. Y un puñado de escoltas. Han intentado silenciar a sangre y fuego su voz que desnuda los estragos del tráfico de drogas en las barriadas de la periferia norte de Marsella, los grandes olvidadas por el Estado francés.
Amine denuncia la injusticia de su situación: “Yo no he atacado a nadie, no he atacado a personas. Ataqué a un sistema, al abandono del Estado. Quiero que se encuentren soluciones paraque la gente pueda vivir. Y me condenaron por primera vez en 2020, cuando mataron a mi hermano y lo quemaron, porque a mi hermano lo encontraron quemado en un automóvil. ¿Y ante eso, querían que me callara? Ahora han asesinado a mi hermano pequeño Mehdi porque buscan matarme a mí. ¿Y ante eso, quieren que no hable?”
Primer crimen transversal de nuestros tiempos
Roberto Saviano, figura emblemática de la lucha contra la mafia, fue invitado este año como investigador por el Instituto de criminología y derecho penal de París. Refiriéndose a los asesinatos de los dos hermanos Kessaci, afirma que se trata del “primer crimen transversal de la Francia moderna”. El periodista y escritor italiano explica que “las ejecuciones transversales siempre se producían entre criminales, en la época de la French Connection. Ahora están ocurriendo con la nueva mafia francesa matando a un chico inocente".
El autor de Gomorra precisa que no habrían matado al segundo hermano de Amine Kessaci, el hermano inocente, si su primer hermano asesinado no hubiera estado involucrado con los criminales porque “eso hizo que la organización mafiosa considerara a esa familia como una familia bajo sus reglas".
Romper la omertà o ley de silencio
En octubre de 2025, tres años después el asesinato de su hermano Brahim, Amine Kessaci publicó Marsella, seca tus lágrimas. Vivir y morir en tierra de narcotraficantes, una poderosa denuncia del poder que han recuperado las redes mafiosas tras el abandono estatal de las barriadas populares en el norte de la segunda ciudad de Francia. Un mes después Mehdi, el hermano menor que preparaba el examen para entrar a la policía, fue acribillado por dos hombres armados en moto.
“Este joven es un símbolo. Él dice que en ese territorio sí se puede hablar. Es mucho más peligroso que cualquier periodista porque demuestra que dentro del territorio puedes rebelarte”, afirma Saviano
El periodista Roberto Saviano también se rebeló en su Nápoles natal contra la Camorra, la poderosa mafia italiana. En 2006, publicó Gomorra, una formidable investigación que denuncia el horror de esos clanes mafiosos insertos en el engranaje institucional, empresarial y vital de la sociedad.
Con dos décadas de diferencia, Saviano y Kessaci rompieron la omertà o la ley de silencio que cubre a la mafia. Ambos fueron amenazados de muerte y obligados a vivir bajo protección policial.
El joven marsellés habla de esa condena injusta: “Me condenaron a vivir mi duelo y también a vivir bajo arresto domiciliario, a una vida en la que cambio de apartamento cada dos días. Tengo guardaespaldas que me rodean. Casi una decena. Me desplazo en un auto blindado y llevo un chaleco antibalas. Es injusto que, con 22 años, sea el objetivo de los grandes narcotraficantes. Solo por haber escrito tres líneas en un libro”.
El libro, un testimonio humanista
Fabrice Lextrait, artífice del arte y la cultura en Marsella, descubrió desde las primeras páginas del libro de Amine una obra literaria con un alcance político muy fuerte.
“El libro de Amine Kessaci es un testimonio humanista de lo que la sociedad actual de Marsella puede hacer en una familia popular como la suya: en la vida de un joven que se convirtió en delincuente, su primer hermano asesinado por la mafia. Un segundo hermano, víctima luego de una injusticia absoluta, diferente de la primera, pero siempre en el registro de la injusticia. Y luego él, que con todo eso, tendrá que seguir su camino junto a su madre”, dice el fundador de La Friche la Belle de Mai en Marsella.
En la lectura de Lextrait la obra de Kessaci es también un testimonio de los sobrevivientes, de cómo aquellos que deben hacer el duelo también deben velar por que ese duelo no se repita en otras familias.
El Estado es responsable
"Yo digo que este país es responsable, quizá no culpable, pero sí responsable. Responsable de haberte puesto en peligro, de habernos dejado solos”, reza en uno de los pasajes del libro de Amine Kesacci.
El autor explica que el Estado no pone un arma en la cabeza de la gente para obligarla traficar con droga, pero que “El Estado es responsable de haber permitido que estos jóvenes caigan en el narcotráfico, de haber permitido que no exista ninguna alternativa económica al tráfico de drogas y que exista esa economía subterránea mediante la retirada de los servicios públicos, la falta de acción política en ese ámbito, la falta de lucha contra la pobreza, contra el desempleo. Todo esto conduce a la situación en la que estamos hoy”.
Como muchos de los jóvenes que viven en los suburbios del norte, proviene de los cientos de miles de inmigrantes argelinos que desde mediados de los años 60 desembarcaron en el puerto de Marsella para trabajar en Francia.
Amine: “Nuestros padres, cuando llegaron con las primeras oleadas de inmigración, fueron los peones, las hormigas obreras de Francia. Todos esos padres inmigrantes que trabajaron en las rotondas, que construyeron carreteras, ciudades… fontaneros, albañiles, que hicieron todos esos trabajos duros y terminaron sus vidas enfermas, cansados, con la espalda destrozada. A todos esos padres no se les preguntó qué querían, si querían otra opción. Era eso o nada. Y ellos aceptaron ese papel, y formaron familias. Y, luego, ¿no se les da nada a cambio?”
Servicios públicos desmantelados
Los suburbios de la periferia norte de la segunda ciudad de Francia son de los más pobres del país. Tras la proliferación de colmenas de vivienda popular en la década de los 80, las llamadas ‘cités’, sus habitantes han sido poco a poco desmantelados de los servicios públicos básicos que son vectores de desarrollo.
"Cuando se eliminan escuelas, bibliotecas, oficinas de correos, el transporte de los barrios, se aíslan esos lugares, se crean zonas sin ley donde la República no existe. Esto no es posible para los miles de familias que viven allí y que no le han pedido nada a nadie, que no causan problemas y solo piden una cosa: poder vivir”, dice Amine.
Para este hijo de las barriadas vulnerables de Marsella, la exclusión social a las que han sido sometidos sus habitantes tuvo su punto radical durante la década de los años 2000 bajo la gestión de Nicolas Sarkozy como ministro del interior y presidente de la república.
"El decidió retirar los servicios públicos y la policía de proximidad. Los mismos que abogan por la represión y la seguridad total, destruyeron la fuerza disuasoria que tenía la policía en esos barrios. Ese señor eliminó la imagen de lo que podría ser el Estado de derecho en las barriadas populares. Por cierto, su eslogan era los vamos a limpiar con hidro lavadoras".
La frase de Nicolas Sarkozy evocaba a una limpieza social en los barrios más desfavorecidos -donde existen muchas viviendas sociales y viven comunidades de inmigrantes- y a cuyos habitantes trató de escoria. Su ofensiva retórica y represiva en materia de seguridad no frenó el avance de la venta de drogas ilícitas en el norte de Marsella.
“Donde yo vivía, la red de drogas estaba delante de la puerta del bloque. Incluso, entraban cuando hacía frío. Así que nos saludábamos, nos conocíamos”, relata Belaid Aroun, activista social y empresario marsellés que nació y creció en el distrito 15, símbolo de la fractura entre el norte y el sur de la ciudad. La red de transporte empezó a funcionar apenas en 2020.
“Los traficantes de drogas en mi barrio estaban mucho más presente que los servicios públicos. Ellos formaban parte integrante de la vida social. Incluso en las celebraciones, pagaban las fiestas del barrio, los regalos de Navidad. Es muy difícil poder esquivarlos porque, en realidad, son amigos. Hemos crecido con ellos. Algunos no son de Marsella, pero vienen a trabaja en las redes. Y físicamente, están con nosotros”, dice Belaid.
Un problema que oculta otros
El fenómeno de la venta de drogas en las barriadas del norte es, sin embargo, relativamente reciente. “El primer expendio de droga que vimos aparecer allí fue en 1984”, afirma Claire Duport, socióloga e investigadora en Transverscité de Marsella y el Observatorio francés de drogas y tendencias adictivas, afirma que “el primero que vimos aparecer fue en 1984."
Actualmente, lo esencial de la venta callejera de droga en Marsella, en puestos fijo y con vendedores visibles se hace en los barrios vulnerables del norte de la ciudad y en algunos del centro pauperizados o con una importante presencia de consumidores.
Pero eso es solo una realidad de la venta de drogas en la ciudad, precisa la experta. “Yo no puedo decir que sea la mayor parte porque no tenemos datos cuantitativos. Pero hay menos venta callejera en las barriadas del norte que en 2023. En 2024 hubo menos y en 2025 aún menos. En cierto modo, los expendios de droga en las calles de esos barrios vulnerables se prestan para ocultar las demás modalidades de este mercado”.
Para Duport la cuestión del tráfico de drogas ha sido instrumentalizada, sin que por ello el fenómeno dejé de representar un problema: “No digo que se está haciendo mucho ruido por algo que no es un problema. En absoluto. Digo que desde hace una década que los problemas de la venta de droga en las barriadas del norte ocupan todo el debate sobre los barrios marginales y, con ello, se oculta la cuestión de la pobreza, la salud, la vivienda. Si se habla de las ‘cités’, solo es sobre el problema de la droga. En primer lugar, en muchos de esas barriadas no hay tráfico de drogas Y, además, así se ocultan todas las dificultades que atraviesan sus habitantes”.
Coctel de miseria y racismo
El barrio La Busserine, en el norte de Marsella, la vida cotidiana de los vecinos esta engullida por la miseria y el control de los traficantes de drogas que reclutan cada vez un número mayor de menores.
“El barrio es teso. Al hijo de una mujer que trabaja con nosotros, involucrado en las redes de traficantes, le cortaron las manos y lo quemaron. Es el horror total”, cuenta María Elena Márquez, trabajadora social en Schebba, asociación que apoya a las mujeres de la Busserine.
Para ella, la causa de esta violencia social está en “la pobreza alimentada con el racismo. Por ejemplo, los muchachos deben hacer una pasantía cuando están en tercero de bachillerato y ninguna empresa los recibe porque la población magrebí, la más implicada, ha sido muy estigmatizada, entonces es muy mal visto tener un empleado magrebí.”
La segregación a la que son sometidos los jóvenes les va abriendo las puertas a la única opción laboral y de progreso económico que existe en las barriadas: las redes del narcotráfico. “No tienen acceso al empleo, ni una formación adecuada. Eso hace que desde muy temprano los soliciten para vigilar, ponen a niños de diez años a que les avisen cuando viene la policía. Así empiezan su proceso de integración a las redes de las drogas”.
Valentía y dignidad, las armas de las madres
En nivel de desempleo en los barrios del norte es muy alto. “Y los hombres cuando no encuentran trabajo se van. Entonces, hay muchas familias monoparentales”, dice María Elena Márquez.
De padres divorciados, Belaid Aroun creció en las barriadas del norte de Marsella con su madre. “los narcotraficantes hacen un trabajo psicológico con los jóvenes para suplir esa carencia. Es un trabajo de reclutamiento a largo plazo. Recuerdo que cuando era muy pequeño, con diez u once años, estábamos en contacto permanente sabíamos los nombres de todos, sabíamos cómo funcionaba, lo sabíamos todo sin estar metidos”, cuenta Aroun.
Hoy es un reconocido líder comunitario y, al mismo tiempo, es empresario. “Si no me metí es porque tuve a mi madre, que estaba sola y luchó. Ella estuvo muy presente para mí y me permitió mantenerme a flote. No estoy seguro de que, de haber salido del camino recto, hubieran podido recuperarme. En mi barrio han pasado muchas cosas muy graves. Y ahora que tengo 38 años, veo que muchos de mis amigos con los que crecí, con los que jugábamos al fútbol, han muerto o están en la cárcel”.
Amine Kessaci denuncia el intento de parte de un sector de los políticos franceses de imponer una suerte de punición colectiva para las familias de los jóvenes que caen en la delincuencia de las mafias. “Me parecen unos cobardes los que proponen quitarles las viviendas sociales a las madres con hijos que son traficantes de drogas. No existe la fuerza, ni el valor, ni las armas para luchar contra los cabecillas de las redes que están en Dubái, en Tailandia, en los Emiratos Árabes. Pero, en cambio, si hay el valor de atacar a las madres de los barrios que no tienen armas ni defensa”
A los 16 años Amine creo Consciencia, una asociación que asiste a las madres de los barrios del norte cuyos hijos son asesinados en medio de la turbulencia criminal. “Nuestras madres luchan con las únicas armas con las que cuentan: su valentía y su dignidad. Cuando se enteran de que sus hijos andan metidos en las drogas, cuando sus hijos no están en casa por la noche, ellas salen, van a los expendios de venta de droga, se plantan delante de ellos, les dicen que vuelvan a casa y recuperan a sus hijos”
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