Por Andrés Mourenza, desde Kapiköy (frontera entre Turquía e Irán)
Las autoridades iraníes han logrado el control de la situación tras varias semanas de protestas, que las fuerzas de seguridad han ahogado a sangre y fuego. Y una calma tensa reina en el país, con piquetes de policías y guardias revolucionarios armados en las principales avenidas del país, según explica un iraní de Teherán, la capital, que ha salido del país en los últimos días.
Si bien las líneas telefónicas y el servicio de SMS a nivel nacional se restablecieron durante la semana pasada, se han cumplido ya diez días sin internet y, aunque el domingo volvieron temporalmente algunos servicios digitales, posteriormente volvieron a ser cerrados, según el observatorio de monitorización NetBlocks.
Debido a este silencio impuesto sobre el país, el paso fronterizo de Kapiköy, entre Irán y Turquía, se ha convertido en una de las pocas ventanas a través de las que obtener información de primera mano sobre lo que ha ocurrido en Irán. El paso de Kapiköy, entre montañas nevadas y a temperaturas de hasta diez grados bajo cero, lo cruzan cada día cientos de personas: algunos son comerciantes de las ciudades del noroeste de Irán o pequeños contrabandistas que cargan un máximo de tres cartones de tabaco, alguna lata de aceite de girasol u otros productos para venderlos nada más llegar al lado turco de la frontera y así hacer frente a la terrible situación económica, que ha empeorado en los últimos meses, con un alza de precios de en torno al 50 % anual y la depreciación de la moneda nacional, dos factores que hicieron estallar las protestas el pasado 28 de diciembre. Pero también hay quienes salen del país para tomar vuelos hacía países de la Unión Europea -cancelados desde territorio iraní-, para buscar internet y poder informar a sus familias en el extranjero de que están bien -tras más de una semana incomunicados- o para huir de la represión.
“¡Muerte a Jamenei!”
La noche del jueves 8 de enero, Zahra cenaba en su casa de Teherán con unos amigos cuando detectaron que internet no funcionaba. Hasta ese día, las protestas se habían ido extendiendo por todo el país y, aunque hubo disturbios y algunos muertos, la represión no había sido significativa. Parece que las autoridades habían dejado hacer, aunque de las protestas económicas se había pasado a demandas políticas con eslóganes como “¡Abajo el dictador!” y “¡Muerte a Jamenei!” (el Líder Supremo). Hasta ese día. “Cortaron internet para poder matar libremente”, dice Zahra sin poder aguantar unas lágrimas de rabia. Tanto su nombre como el del resto de los iraníes que han ofrecido su testimonio han sido modificados para no ponerlos en peligro. Todos los que acceden a hablar tienen muchísimo miedo a las represalias que el régimen iraní pueda tomar contra ellos o contra sus familias.
Ella y otros iraníes con los que ha hablado RFI coinciden en que, esta vez, la represión ha sido diferente a anteriores olas de protestas, como las de 2009 contra el presunto fraude electoral, las de 2019 contra el alza del precio del combustible o las de 2022, tras la muerte de la joven Mahsa Amini a manos de la Policía de la Moral por no llevar bien colocado el velo islámico (desde aquella protesta, aunque sigue siendo legalmente obligatorio llevarlo para las mujeres, de facto se permite no cubrirse la cabeza y muchas mujeres no lo hacen). Esta vez, dicen varios iraníes con los que hemos hablado, todo el mundo conoce a algunos muertos, lo que da idea de la escala de la represión.
“Mis parientes del barrio de Tehranpars [parte del área metropolitana de la capital] me han contado que el viernes [9 de enero] había cadáveres por las calles. Un amigo de otro barrio me contó que tuvieron que buscar durante horas el cuerpo de un familiar de tantos que había [en una morgue de la capital]. Y otro me ha contado que, en su ciudad, todos tienen un amigo o un pariente que ha sido asesinado”, relata Reza, habitante de Teherán.
“Han matado a mucha gente, el régimen tiene que caer”
Grupos de policías armados, Basij (una milicia paramilitar) y miembros de la Guardia Revolucionaria cargaron contra los manifestantes en todo el país. “Los agentes atacaron a la gente con armas de fuego y cuchillos, deteniendo y matando a todos los que podían”, explica Alí, que participó en las protestas de una localidad del extrarradio de la capital. También en Tabriz, importante ciudad del norte de Irán, hubo una represión atroz. Un vecino de la ciudad describía lo sucedido comparándolo a “una guerra”. Un matrimonio también de Tabriz, de unos 60 años, hablaba de lo ocurrido con terror en los ojos: “Golpes, disparos, muchas detenciones”.
Las autoridades han reconocido que ha habido al menos 3.000 detenidos, si bien organizaciones de derechos humanos consideran que hay muchos más. Según la ONG Iran Human Rights (IHR), con sede en Noruega, están documentados al menos 3.428 manifestantes muertos, si bien otras organizaciones elevan el recuento a más de 10.000.
El Gobierno iraní habla más de 3.000 muertos, pero dice que son personas favorables a la República Islámica que han sido asesinados por “terroristas” y por vándalos que atacaron vehículos, hogares y mezquitas en unos disturbios organizados por Estado Unidos e Israel. “Eso de que nos apoya Israel es una estupidez”, dice Alí: “Los que estábamos en la calle somos todos iraníes. Yo mismo he visto cómo los propios policías destrozaban coches con palos para culparnos a los manifestantes”. De hecho, todos los iraníes con los que ha hablado RFI culpan exclusivamente al régimen de las muertes, si bien uno, Reza de Teherán, también reconoce que hubo “violencia” por parte de los manifestantes, y eso le llevó a no unirse a ellas.
Todos coinciden también en que el régimen ha perdido toda legitimidad. “Han matado a mucha gente, el régimen tiene que caer”, afirma Zeynab, pero también cree que no se ve solución a la vista: “El mundo nos ha dejado solos”.
Compartir esta nota