“Creo que [los agentes] subestimaron la importancia del lugar y del rito”: el patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, zanja con estas palabras el mayor lío diplomático de Semana Santa. En un discurso ante la prensa, organizado antes de la polémica internacional, excusa a los policías israelíes que le impidieron a él y a otros tres religiosos entrar –por la guerra y las medidas de “seguridad”– al Santo Sepulcro para oficiar la primera misa de Domingo de Ramos.

Aunque, aclara, las autoridades católicas de Tierra Santa no necesitan ningún “permiso” de Israel para entrar en su histórica “casa”, en la que la tradición cristiana sitúa la muerte y resurrección de Jesús. “No es un privilegio, sino el reconocimiento de un derecho largamente establecido […] Es importante recordar que miles de millones de creyentes en todo el mundo miran a Jerusalén y a las oraciones que se celebran en los lugares santos. Lamentamos lo que pasó. [A la vez] ha permitido mostrar la sensibilidad que los lugares santos tienen en este período”, afirma.

Se refiere a los días cúspide de las liturgias, que van de Jueves Santo a Domingo de Pascua. También, a las restricciones israelíes de reunión y cierre de la Basílica, como ocurre con el Muro de los Lamentos (lugar sagrado de los judíos) y la Mezquita de Al-Aqsa (el tercer lugar más sagrado de los musulmanes).

“Es muy triste ver así de vacía la Ciudad”

Es inédito que estos días solo accedan a la iglesia líderes religiosos, monjes y algunos fieles locales, y que los rezos sean transmitidos únicamente por internet. Cero eventos en el Monte de los Olivos, cero Vía Crucis, cero peregrinos. Pero, sobre todo, el panorama es una Ciudad Vieja sin alma.

“Es muy triste ver así de vacía la Ciudad. Deseo que el próximo año sea mejor, que la guerra termine y haya paz en Jerusalén”, dice Issa Kassissieh que, como el cardenal, es referencia entre estas murallas. Cada diciembre, es el Santa Claus de Tierra Santa. Pero hoy, como residente y palestino cristiano, confía en que Dios revertirá este silencio.

Un silencio que evoca a los parones por la pandemia de Covid-19, al dolor por la matanza israelí en Gaza y otras guerras con Irán. Es lo que siente, entre suspiros, Ghassan, un vecino del barrio cristiano, fiel y guía turístico, que está sentado y fuma un cigarro al compás de la lluvia.

“No hay alternativa al turismo, para nosotros, los guías o las tiendas de souvenirs, los restaurantes y hoteles. Nos afecta gravemente. Lo sobrellevamos con sensibilidad porque nos parte el corazón ver Jerusalén así”, comenta.

Ghassan critica asimismo cómo cada una de las entradas del casco antiguo está rodeado de policías que limitan el paso. Mientras lo dice, un franciscano entra al Santo Sepulcro ante la mirada de un agente israelí. Esta vez, sin embargo, sin incidentes.

Es la mayor Anti Semana Santa que ha vivido Jerusalén.

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