Por Stéphane Geneste
Desde hace varias semanas, la guerra en Oriente Medio preocupa al mundo entero. Todos los ingredientes para una crisis mayor están presentes. Y, sin embargo, un país parece estar mejor que los demás: China. ¿Por qué?
En primer lugar, porque Pekín ha tomado una decisión estratégica clara: mantenerse alejada del conflicto. A diferencia de Washington, China adopta una postura cautelosa. Esta posición tiene una doble ventaja. Por un lado, evita costes militares y políticos significativos. Por otro lado, permite a China posicionarse como un actor estable en el escenario internacional, especialmente con los países del "Sur global". En otras palabras, mientras Estados Unidos se centra en Oriente Medio, Pekín mantiene la vista puesta en sus prioridades estratégicas.
A primera vista, China debería haber sido especialmente vulnerable. El país es el mayor importador mundial de petróleo, y gran parte de sus suministros pasan por el Estrecho de Ormuz, que ahora está bajo tensión. Pero Pekín parece haber anticipado este escenario. China ha acumulado importantes reservas de petróleo, diversificado sus proveedores y, sobre todo, ha invertido fuertemente en alternativas: carbón, energías renovables y energía nuclear.
Un problema convertido en ventaja
Una cifra resume esta estrategia: China importa solo el 24% de la energía que consume. A modo de comparación, esta tasa alcanza el 47% en Francia y el 67% en Alemania. Como resultado, la economía china ahora parece más resiliente que muchas otras frente al choque energético.
Mejor aún, la subida del precio del petróleo está jugando a su favor. Cuando la gasolina se vuelve demasiado cara, los consumidores recurren a coches eléctricos, un sector dominado en gran medida por China. La misma lógica se aplica a los paneles solares y a los aerogeneradores. La crisis del petróleo se está convirtiendo así en una verdadera oportunidad de negocio para Pekín.
Esta resiliencia también se basa en otro pilar: la autonomía industrial. Desde hace varios años, China ha hecho de la independencia económica una prioridad. El objetivo es claro: dominar las cadenas de suministro globales y reducir la dependencia de materias primas extranjeras. Hoy en día, esta estrategia está dando frutos. Mientras muchos países están experimentando interrupciones logísticas, China está menos expuesta. Incluso puede producir ciertos materiales industriales sin depender del petróleo, en particular utilizando carbón. Esto supone una ventaja considerable en el contexto de una crisis energética global.
¿China, gran ganadora de verdad?
Pero no es tan sencillo. La economía china sigue dependiendo en gran medida de las exportaciones. Una crisis global prolongada podría frenar la demanda y afectar su industria. También existe el riesgo energético a largo plazo. A pesar de su progreso, una crisis duradera podría afectar sus costes de producción. Finalmente, queda una paradoja: China se beneficia de un orden mundial que critica regularmente. Si este equilibrio se debilitara a largo plazo, podría volverse en su contra.
Por el momento, China parece ser uno de los países mejor posicionados para afrontar la guerra en Oriente Medio. Sin intervenir directamente, aprovechó las tensiones, mejoró sus activos industriales y fortaleció su imagen internacional. Pero más que una victoria, es ante todo una demostración de preparación. En un mundo incierto, Pekín puede que no gane la guerra, pero probablemente sea la mejor preparada para aprovecharla.
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