Por Clea Broadhurst, corresponsal de RFI en Pekín
Desde 2017, el Gobierno central ha prohibido el carbón para la calefacción doméstica en gran parte de Hebei, con el fin de combatir los picos de contaminación invernal que asfixiaban regularmente la capital. Esta política forma parte de la “guerra por el cielo azul”, una prioridad política para las autoridades chinas.
Para sustituir este combustible tan contaminante, el Estado ha impuesto el gas natural, considerado más limpio. En algunos casos, equipos locales confiscaron por la fuerza las antiguas estufas de carbón en las aldeas. Al principio, generosas subvenciones permitieron amortiguar el impacto financiero para los hogares.
Deterioro de la situación
Antes, la calefacción con carbón costaba entre 2.000 y 3.000 yuanes por invierno (entre 245 y 370 euros). Con el gas, la factura ronda ahora los 5.000 yuanes (610 euros) y puede llegar hasta los 10.000 yuanes (más de 1.200 euros) en las casas mal aisladas.
Desde este invierno, se han reducido o incluso eliminado numerosas ayudas. Al mismo tiempo, el precio del gas ha aumentado considerablemente, debido a las tensiones en los mercados mundiales de la energía, especialmente desde la guerra en Ucrania.
Al mismo tiempo, algunas empresas energéticas dan prioridad a sus clientes industriales, más rentables, en detrimento de los hogares. Pekín también ha flexibilizado el control de los precios, permitiendo a los proveedores repercutir el aumento de los costes. El resultado: la factura se dispara para los hogares que ya se encuentran en una situación precaria.
Impacto concreto para los habitantes
En algunos pueblos, la calefacción representa ahora entre el 30 % y el 50 % de los ingresos anuales. Los jubilados viven con pensiones irrisorias, a veces inferiores a 13 euros al mes, y solo encienden la calefacción unos minutos por la noche.
Muchos pasan el día al sol para calentarse, duermen bajo varias mantas o cortan totalmente el gas para ahorrar. Algunos incluso vuelven a quemar leña a escondidas, a pesar de la prohibición.
Las zonas rurales se ven especialmente perjudicadas: el precio del gas suele ser entre un 10 % y un 20 % más alto que en Pekín, y las ayudas son mucho menores que para los habitantes de las ciudades o los antiguos funcionarios. Las desigualdades son flagrantes.
¿Qué revela esta crisis?
Revela una transición ecológica autoritaria y desigualitaria. Oficialmente, Pekín se niega a dar marcha atrás en la prohibición del carbón para preservar sus objetivos climáticos. Pero sobre el terreno, las normas se están relajando silenciosamente, sobre todo para los más mayores.
¿El futuro? La electricidad, con bombas de calor. El problema: varios miles de euros de instalación, sin ayuda pública. Inaccesible para la mayoría de los hogares rurales. Como resultado, después de pagar el gas, muchos renuncian a cambiar de nuevo. China se está volviendo ecológica, pero no al mismo ritmo para todos.
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