En la política, nada es casual. Ni las palabras, ni los silencios, ni —mucho menos— la imagen. Este jueves ha sorprendido la vicepresidenta Raquel Peña en el segundo día de Americas Investment Forum con un cambio notable en su estética habitual: ondas suaves que enmarcan su rostro en forma de corazón, comenzando desde la mandíbula, suavizando la frente y equilibrando el mentón.

Una decisión que podría ser banal o sublime, pero que leído en clave política, dice más de lo que parece. No se trata de moda. Se trata de hablar sin palabras.

Más allá de la inauguración: cuando la imagen es el mensaje

La vicepresidenta Raquel Peña ha construido su perfil público sobre una agenda de presencia territorial: inauguraciones de obras, visitas a comunidades vulnerables, entrega de equipos, recorridos por zonas afectadas. Es la política de la proximidad física, del apretón de manos y la foto en el barrio.

Pero hay una forma de cercanía que no requiere desplazamiento. Una que opera todos los días, en cada aparición pública, en cada imagen que circula en redes sociales y medios de comunicación. Es la cercanía que construye la imagen personal: el tono, la gestualidad, el vestuario y, en este caso, el peinado.

El efecto de las ondas es una figura que se percibe más cercana, más humana, más "de aquí".

El cambio de Peña no pasó desapercibido. Las ondas suaves —conseguidas con herramientas de calor o técnicas sin calor sobre cabello liso— reemplazaron el estilo más estructurado y formal que ha caracterizado su imagen institucional. El resultado es un rostro que se percibe más accesible, más cálido, más cercano. Y eso, en política, tiene un nombre técnico.

El capital que nadie contabiliza, pero todos perciben

En 2012, la socióloga británica Catherine Hakim publicó Erotic Capital: The Power of Attraction in the Boardroom and the Bedroom —traducido al español como Capital erótico: el poder de fascinar a los demás—, una obra que sacudió los estudios de género y sociología política al plantear una tesis que documentó con afán: la belleza, el encanto y la presencia física constituyen una forma de capital tan real y tan estratégica como el capital económico o el cultural.

Hakim identificó seis componentes de este capital: la belleza, el atractivo sexual, la vitalidad, la simpatía, la presentación personal y la sexualidad. Y argumentó que, lejos de ser un privilegio superficial, quienes lo poseen y lo gestionan conscientemente obtienen ventajas concretas en el mercado laboral, en la vida social y —de manera especialmente relevante— en la arena política.

Lo que Hakim describió no es nuevo en la práctica. Es nuevo en el nombre.

Las ondas y lo que dicen

Desde la década de 1920 hasta las tendencias actuales, las ondas han sido el peinado de la mujer que quiere ser vista como accesible sin perder autoridad. No es el cabello liso de la ejecutiva distante, ni el rizo apretado de la militante combativa, precisa Hakim. Las ondas son el punto medio: movimiento sin descontrol, feminidad sin fragilidad, calidez sin informalidad.

Para un rostro en forma de corazón —frente ancha, mentón más fino—, las ondas que comienzan desde la mandíbula cumplen además una función estética precisa: equilibran las proporciones, añaden volumen donde el rostro se estrecha y crean un marco visual que suaviza sin borrar la presencia. El efecto es una figura que se percibe más cercana, más humana, más "de aquí".

En términos de Hakim, Peña está activando su capital de presentación personal. Y lo está haciendo en un momento políticamente calculado, cuando a lo interno del partido oficialista se dirime quién estará al frente en la carrera presidencial.

La cercanía como estrategia, no como accidente

Raquel Peña es, hoy por hoy, una de las figuras presidenciales más visibles del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Con el presidente Luis Abinader en su segundo mandato y el horizonte del 2028 comenzando a dibujarse en el tablero político dominicano, la vicepresidenta construye —acto a acto, imagen a imagen— un perfil propio.

Una que opera todos los días, en cada aparición pública, en cada imagen que circula en redes sociales y medios de comunicación. Es la cercanía que construye la imagen personal: el tono, la gestualidad, el vestuario y, en este caso, el peinado.

En ese contexto, el cambio de imagen no es un capricho estético. Es parte de una narrativa de construcción de liderazgo que busca diferenciarse del protocolo sin alejarse del poder. Las ondas comunican: soy parte del gobierno, pero también soy cercana a ti.

Es la misma lógica que llevó a Hillary Clinton a abandonar los trajes de pantalón rígidos en ciertos momentos de campaña, o que impulsó a Jacinda Ardern a aparecer amamantando en público. La imagen personal de una líder política es siempre un texto que sus asesores —y ella misma— escriben con cuidado.

Lo que aparenta ser superficial también es político

Hakim fue criticada, y con razón en algunos puntos, por reducir la complejidad del género a una transacción de atractivo. Pero su aporte central sigue siendo válido: ignorar el capital de la imagen en el análisis político es una ingenuidad que los propios actores políticos no se permiten.

Los equipos de comunicación de cualquier candidato o candidata trabajan la imagen con la misma rigurosidad con que trabajan el discurso. La ropa, el peinado, el maquillaje, la postura: todo está pensado. Pretender que no es así —o que analizarlo es reduccionista— es, paradójicamente, la postura más reduccionista de todas.

Raquel Peña sabe lo que hace. Y lo que hace, esta semana, es ondas.

El detalle que anticipa el relato

En política, los cambios de imagen suelen anteceder a los cambios de etapa. No siempre. Pero con suficiente frecuencia como para prestar atención.

El nuevo peinado de la vicepresidenta llega en un momento en que su agenda pública se ha intensificado, su presencia en medios ha crecido y su nombre circula con más naturalidad en conversaciones sobre el futuro del oficialismo. Puede ser coincidencia. Puede ser estrategia. Probablemente sea las dos cosas al mismo tiempo.

Lo que es seguro es que, en República Dominicana de julio de 2026, una mujer que aspira a ser tomada en serio en la política no puede darse el lujo de descuidar ningún frente. Ni el discurso, ni la agenda, ni —como bien sabía Catherine Hakim— el espejo.

Elvira Lora

Subdirectora

Periodista especialista en investigación, documentación y derechos humanos. Doctora en Periodismo & Comunicación de la #UAB. Productora transmediática y fundadora de una plataforma de periodismo feminista Ciudadanía Fémina.

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