El historiador que interpreta nuestro pasado, cuestiona el presente y advierte sobre los peligros del futuro.

En una época fascinada por las máquinas inteligentes y angustiada por el porvenir, Yuval Noah Harari ocupa un lugar singular: es un historiador que ha conseguido convertir preguntas académicas en conversaciones planetarias.

Pero su éxito plantea otra pregunta: ¿estamos ante un visionario o ante un narrador brillante que a veces confunde posibilidades con certezas?

Nacido en Israel en 1976, doctorado en Oxford y vinculado a la Universidad Hebrea de Jerusalén, Harari alcanzó reconocimiento internacional con Sapiens. Su tesis central resulta provocadora: el predominio humano no se explica únicamente por la inteligencia, sino por nuestra capacidad para cooperar mediante relatos compartidos.

Naciones, religiones, monedas e instituciones funcionan porque millones de personas aceptan determinadas ideas y reglas.

En Homo Deus trasladó esa mirada hacia el futuro de la biotecnología; en 21 lecciones para el siglo XXI examinó los conflictos del presente; y en Nexus, publicado en 2024, exploró las redes de información y sus vínculos con el poder.

Sus libros conectan historia, filosofía y tecnología sin exigir al lector una formación especializada.

Ahí reside su mérito: vuelve accesibles problemas enormes y obliga a preguntarse quién controlará los algoritmos, cómo se protegerán las libertades y qué sucederá cuando las decisiones automatizadas afecten el empleo, la política o la medicina.

Su presencia en el Foro Económico Mundial de Davos y en espacios académicos como Oxford muestra hasta dónde ha llegado su influencia.

Sin embargo, el alcance de una voz no garantiza la solidez de todas sus afirmaciones.

El filósofo Galen Strawson reprochó a Sapiens sus generalizaciones y señaló un ejemplo concreto: la explicación de Harari sobre la batalla de Navarino, en 1827, atribuye demasiado peso a los intereses de acreedores británicos y simplifica el proceso de independencia griega. La investigadora Darshana Narayanan también ha cuestionado el uso de afirmaciones científicas insuficientemente sustentadas.

Nexus recibió objeciones similares. El crítico Steven Poole discutió sus pronósticos extremos sobre la inteligencia artificial; otros comentaristas señalaron la escasa atención dedicada al capitalismo y a las empresas que desarrollan esas tecnologías. Es una crítica relevante: no basta con temer a los algoritmos; también debemos examinar quién los diseña, financia y utiliza.

Estas objeciones no anulan sus aportaciones. Señalan, más bien, la frontera que separa un hecho probado, una interpretación plausible y una especulación sobre el mañana.

Harari resulta más valioso cuando abre debates que cuando sus hipótesis se leen como profecías.

En medicina, por ejemplo, un sistema puede detectar patrones invisibles al ojo humano y mejorar decisiones clínicas. Pero una predicción estadística jamás debería confundirse con una sentencia sobre una persona.

La tecnología debe ampliar el cuidado, no sustituir la escucha, la prudencia ni la responsabilidad profesional.

Tal vez su legado no consista en predecir con exactitud nuestro destino, sino en recordarnos que el conocimiento técnico carece de brújula moral propia. Construir sistemas más poderosos no significa construir sociedades más justas.

La pregunta decisiva, entonces, no es si las máquinas llegarán a pensar como nosotros, sino si nosotros conservaremos el juicio crítico para decidir qué mundo queremos construir con ellas.

Rafael Santos Badía

Ministro Educación Superior

Ministro de Mescyt Político, abogado y maestro. Licenciado en Derecho. Maestrías en Diplomacia y Derecho Internacional y Derecho Administrativo. Especialista Economía Política y Derecho Laboral y Sindical. Experiencia y conocimientos sobre el sector sindical, el tripartismo y el sistema político, le han permitido participar activamente en la formulación de políticas educativas y laborales de la República Dominicana

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