La liturgia de lo ordinario se desarrollaba bajo los arcos de la Iglesia de la Anunciación. Era miércoles, 27 de agosto de 2025, poco antes de las 8:30 de la mañana. El aire olía a cera, a madera vieja y a la promesa de un nuevo año escolar. Era la primera misa del colegio, una tradición de décadas en esta parroquia del sur de Minneapolis. Los niños, con sus uniformes verde oscuro, se movían en los bancos, un mar de inquietud contenida. En las filas traseras, feligreses octogenarios, los pilares de la comunidad, inclinaban la cabeza. Era un cuadro de normalidad, de un santuario que se creía inmune al mundo exterior.

El sonido que rompió la paz no fue, al principio, el de trompetas apocalípticas. Fue confuso, esporádico. Dentro de la iglesia, la incredulidad duró apenas un instante. El estruendo de los cristales rotos fue seguido por la cadencia de un rifle, una escopeta y una pistola, disparados desde el exterior hacia los bancos donde estaban sentados los niños.

El caos se apoderó del santuario. Chloe Francoual, de once años, corrió para salvar su vida, empujando una mesa contra la puerta de un cuarto en el sótano, carcomida por la culpa de haber dejado atrás a una compañera. Weston Halsne, de quinto grado, sintió el calor de la pólvora en su cuello mientras un amigo recibía un disparo al intentar protegerlo. En medio del terror, surgieron actos de una valentía instintiva: los profesores se convirtieron en escudos humanos, los adultos protegieron a los niños y los niños mayores a los más pequeños.

Cuando los disparos cesaron, las sirenas tomaron el relevo. La escena era de un trauma congelado. Los niños salían en fila, con los rostros manchados de lágrimas. Para algunos, el alivio del reencuentro nunca llegaría. Una niña de 8 años y un niño de 10 yacían muertos en los bancos donde habían estado rezando. Otros diecisiete, catorce de ellos niños, estaban heridos. El santuario había sido violado.

La amarga ironía en la declaración del alcalde de Minneapolis, Jacob Frey —"No digan simplemente que esto se trata de pensamientos y oraciones. Estos niños estaban literalmente rezando"— resuena como una acusación profunda. Cuando la violencia irrumpe en un espacio sagrado, ataca el propio concepto de santuario. En una sociedad donde la confianza social se ha desintegrado y las instituciones públicas han fracasado, los espacios de fe se convierten en los últimos refugios. La profanación de la Iglesia de la Anunciación no es una intrusión de la violencia en una sociedad sana. Es la expresión lógica de una sociedad que está, en sí misma, fundamentalmente enferma.

El espectáculo de las secuelas

En las horas que siguieron, se puso en marcha una maquinaria bien engrasada, no para comprender la violencia, sino para controlarla. El aparato del Estado y sus socios mediáticos comenzaron el ritual de enmarcar la narrativa, un ejercicio diseñado para individualizar la culpa y desviar la atención de las causas sistémicas.

El primer filtro fue el lenguaje. El jefe de policía de Minneapolis, Brian O’Hara, calificó el acto de "absolutamente incomprensible". Esto no es una simple expresión de horror; es una maniobra ideológica. Etiquetar un suceso como "incomprensible" lo sitúa fuera del análisis racional. Lo convierte en una aberración monstruosa, un acto de mal puro, en lugar de un resultado predecible de condiciones sociales concretas. La incomprensibilidad se convierte en un cortafuegos contra la investigación sistémica.

Con la causa sistémica fuera de la mesa, la narrativa se centró con una intensidad febril en la patología del individuo: Robin Westman, de 23 años. El objetivo era construir un monstruo tan singularmente depravado que su existencia explicara la atrocidad. Los "escritos perturbadores" y los vídeos de YouTube se convirtieron en la pieza central. Frases como "¿Dónde está tu Dios?" garabateadas en cargadores, junto con insultos racistas y homenajes a otros terroristas, se presentaron como ventanas a un alma retorcida. El público fue invitado a un juego de salón de psicología amateur, una actividad que distrae y es, en última instancia, inútil para comprender las fuerzas sociales que producen tal desesperación.

Casi inmediatamente, los informes de los medios de comunicación destacaron la identidad transgénero de Westman. Este hecho se convirtió en una potente herramienta de distracción, desencadenando una predecible tormenta de fuego en la guerra cultural. El discurso público se desvió hacia un debate sobre la identidad de género, alejándolo de cualquier análisis estructural de la economía política. Se redujo un complejo suceso socioeconómico a una anécdota en la guerra cultural, asegurando que no se hicieran preguntas más profundas.

A las pocas horas, el director del FBI, Kash Patel, declaró que el tiroteo estaba siendo investigado como "un acto de terrorismo doméstico y un crimen de odio contra los católicos". Este encuadre es una maniobra estratégica. Un tiroteo perpetrado por un individuo alienado, utilizando armas compradas legalmente, apunta a un fracaso del contrato social interno. Al reformularlo como "terrorismo", el Estado transforma al autor de un síntoma de decadencia interna en un enemigo ideológico. Esto permite al Estado desplegar su familiar aparato de seguridad, convirtiendo un problema de salud social en un problema de seguridad nacional y justificando la expansión del poder estatal.

Las venas de la historia

La sangre en el suelo de la iglesia no apareció de la nada. Fluye a través de las venas de la historia. La violencia no es un error en el sistema americano; es su software original. En 1783, George Washington escribió que para la expansión continental "el salvaje, como el lobo, se retiraría; ambos son bestias de presa". Aquí, en la fundación de la república, está el código fuente: la deshumanización para justificar la eliminación en aras de la ganancia económica. El principio de que la violencia es una herramienta legítima para el progreso del imperio está grabado en la piedra angular de la nación.

La cultura de las armas no surgió orgánicamente. Fue fabricada. Tras la Guerra Civil, los fabricantes de armas se enfrentaron a una crisis de mercado. A través de una publicidad ingeniosa, inventaron al "hombre de verdad", al vaquero cuya identidad estaba ligada a su revólver. Convirtieron un arma de fuego de una herramienta de granja en un símbolo de libertad y virilidad. El objetivo era el beneficio. El resultado fue la saturación de una sociedad con los instrumentos de la muerte.

Hubo un tiempo en que la solidaridad tenía una forma institucional. En 1983, el 20.1% de los trabajadores estadounidenses pertenecían a un sindicato. Los sindicatos eran un contrapeso a la tiranía corporativa. Pero a partir de la década de 1980, una guerra concertada por parte de las empresas y el Estado se libró contra el trabajo organizado. Para 2024, solo el 9.9% de la fuerza laboral estaba sindicada. Esto no fue un simple cambio económico; fue un acto de violencia de clase. Fue la destrucción deliberada de la institución que proporcionaba un sentido de comunidad, propósito compartido y poder colectivo, dejando a millones de personas atomizadas y vulnerables.

La cosecha de esa vulnerabilidad ha sido la desesperación. Una epidemia silenciosa de "muertes por desesperación" —suicidio, sobredosis y enfermedades relacionadas con el alcohol— ha barrido el país. En el año 2000, la tasa era de 22.7 por cada 100,000 estadounidenses. Para 2017, se había duplicado. En 2021, 176,386 vidas se perdieron por esta plaga. El suicidio de Robin Westman en el aparcamiento de la iglesia no fue un acto aislado de patología. Fue una muerte más entre cientos de miles, que se distinguió solo porque, en su desesperación final, decidió llevarse a otros con él.

La arquitectura de la alienación

La violencia de Westman fue la expresión microcósmica de la violencia macrocósmica infligida a la población estadounidense durante la era neoliberal. Esto no es una tragedia; es una arquitectura.

A partir de la década de 1980, y como respuesta para contrarrestar el proceso civilizatorio de la década de 1960: “demasiada democracia”, el contrato social se hizo pedazos. Se produjo un gran desacoplamiento. Entre 1975 y 2010, los ingresos de las familias del 20% inferior aumentaron un mísero 3.7%, mientras que los del 5% superior se dispararon un 57%. La desigualdad de la riqueza se volvió aún más obscena. Este cambio radical no fue un accidente. Fue el resultado de decisiones políticas deliberadas: recortes de impuestos masivos para los ricos, financiarización de la economía, reeducación de los jóvenes, desregulación financiera y, sobre todo, un asalto implacable a los movimientos activistas que surgieron en la década de 1960, desde las luchas por los derechos civiles, los derechos de las mujeres, los movimientos pacifistas, hasta el movimiento obrero.

La desigualdad económica no solo crea dificultades materiales; corroe el tejido social. La confianza interpersonal, el pegamento que mantiene unida a una sociedad, se ha disuelto. En 1972, el 46% de los estadounidenses decía que "se puede confiar en la mayoría de la gente". Para 2018, esa cifra se había desplomado al 34%. La confianza en las instituciones se ha derrumbado aún más. Una población económicamente insegura, políticamente impotente y socialmente desconfiada es la población ideal desde la perspectiva del poder privado concentrado, incapaz de montar un desafío colectivo.

La ideación suicida de Robin Westman, evidente en sus escritos, no es el producto de una mente singularmente enferma. Es la expresión personal de una enfermedad social masiva. La arquitectura de la alienación crea las condiciones en las que la vida se vuelve insoportable. El tiroteo en la Iglesia de la Anunciación es lo que ocurre cuando esa desesperación, en lugar de volverse hacia dentro, se vuelve hacia fuera en una explosión de violencia espectacular.

Cuando la guerra viene a la casa

Un imperio que proyecta una violencia sin precedentes en el extranjero no puede esperar permanecer inmune dentro de sus propias fronteras. La mentalidad, las tácticas y el trauma de la guerra imperial inevitablemente se filtran de vuelta a la metrópoli.

A través de programas como el 1033 del Departamento de Defensa, el gobierno ha canalizado un flujo constante de equipo militar de grado de combate desde los campos de batalla de Irak y Afganistán a los departamentos de policía locales. Esto es mucho más que una simple transferencia de hardware; es una transferencia de mentalidad. Cuando la policía está equipada como soldados, empieza a pensar como soldados. Las comunidades a las que sirven, especialmente las de color empobrecidas, se convierten en territorio enemigo que hay que ocupar.

Si la militarización de la policía trae a casa las herramientas del imperio, el veterano traumatizado trae a casa su coste psicológico. El Estado invierte sumas incalculables en entrenar a jóvenes para que maten, los sumerge en la brutalidad de las guerras imperiales y luego los devuelve a una sociedad atomizada que ofrece poco apoyo. Un estudio del consorcio START encontró que la experiencia militar es el predictor individual más fuerte de si una persona cometerá un acto de violencia masiva. Una sociedad no puede glorificar la violencia en el extranjero y esperar que sus ciudadanos la aborrezcan en casa.

Crear la mañana

La masacre en la Iglesia de la Anunciación, lejos de ser "incomprensible", es el resultado perfectamente lógico del sistema que se ha diseccionado aquí. Robin Westman no fue solo un monstruo. Fue un Frankenstein creado por la arquitectura de la alienación, un monstruo de la guerra que vuelve a la casa, un “killing machine” programado.

En la estela de tal horror, el discurso público se llena de las soluciones habituales: control de armas, reforma de la salud mental, más vigilancia policial. Estas son las respuestas de un sistema que se niega a examinarse a sí mismo. Son distracciones, diseñadas para parchear los síntomas sin desafiar nunca sus causas fundamentales. La verdad es que no hay una solución política simple, porque la violencia no es un problema político; es el resultado de un orden social y económico fundamentalmente violento.

Al final, volvemos a la imagen de los niños rezando, momentos antes de que su mundo se hiciera añicos. Parafraseando al escritor Jorge Luis Borges en Ficciones (1944) volvemos a la pregunta: "¿Somos soñados por alguien o somos el sueño de alguien?".

La respuesta a la violencia de Minneapolis no es esperar a que los que están en el poder anuncien una mañana mejor, que no llegará. La única respuesta auténtica es comenzar la difícil y revolucionaria tarea de crearla, empezando con un nuevo Contrato Social. Esto no se hace a través de la violencia, que solo reproduce la lógica del sistema, sino a través de la reconstrucción paciente de las mismas cosas que el sistema ha destruido: la solidaridad social, los lazos comunitarios y el poder colectivo. Es la tarea de desmantelar el imperio en el extranjero y en casa, y de construir, desde abajo, un mundo en el que ningún niño tenga que temer que sus oraciones sean interrumpidas por el sonido de los disparos.

*José M. Santana. Former Noam Chomsky Research Associate at MIT

José M. Santana

Economista e investigador.

Jose M. Santana Investigador Asociado del Profesor Noam Chomsky de MIT. @JoseMSantana10

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