Santo Domingo vive una realidad que afecta a millones de personas cada día: el caos vehicular. Lo que en apariencia podría interpretarse como simples “taponamientos”, en realidad es la manifestación visible de un problema urbano mucho más profundo.
La congestión no surge por casualidad; es consecuencia de años de crecimiento desordenado, decisiones incompletas y una relación poco equilibrada entre la ciudad, el transporte y las personas. Entender este fenómeno exige examinar su origen, su impacto y, sobre todo, las alternativas que permitirían construir una movilidad más eficiente.
Una ciudad que creció sin un plan claro
El primer elemento que explica el tránsito de Santo Domingo es su crecimiento urbano acelerado y poco planificado. Durante décadas, la ciudad creció verticalmente sin que existiera una hoja de ruta que organizara dónde vivir, dónde trabajar o cómo desplazarse entre un punto y otro. Esto sumado a una expansión territorial, necesaria pero también poco planificada ha provocado que la mayoría de los desplazamientos dependan del vehículo privado (en ausencia de un transporte urbano de calidad) pues las distancias son grandes y las conexiones entre barrios no están claramente definidas.
El resultado es un modelo que obliga al ciudadano a incorporarse diariamente a un sistema vial incapaz de soportar su propia demanda.
A esta estructura dispersa se suma un segundo factor: el aumento constante del parque vehicular. La falta de opciones de transporte público eficientes ha llevado a muchas familias a adquirir uno o más vehículos. El automóvil se percibe como la única forma de garantizar movilidad, aun cuando su uso masivo provoca el problema que luego todos sufren.
La ecuación es simple: más vehículos que calles disponibles significan más congestión. Y en Santo Domingo, la incorporación anual de automóviles supera con creces la capacidad de ampliación de la infraestructura vial.
Un transporte público desconectado
Aunque la ciudad cuenta con elementos modernos como el Metro y el Teleférico, persiste un problema esencial: la falta de integración. Los distintos sistemas de transporte —autobuses, corredores, vehículos interurbanos y motoconchos— funcionan como islas, sin una planificación REAL que los articule. Esto debilita la confianza del ciudadano en el transporte colectivo y refuerza el uso del vehículo privado.
Sin rutas coordinadas, horarios confiables ni un sistema de pago unificado, resulta difícil que la población opte por dejar su automóvil en casa.
Esto es una lectura particular del tema; el autor se hace responsable – y doliente- de sus opiniones.
Continuará…
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