Es muy común oír comparar al ciudadano común y, que tiene cierta edad, decir la educación de antes era mejor que la de ahora, en una añoranza a las épocas doradas que él percibió en la escuela según sus condiciones personales para asistir a un centro educativo.
para pensar el lugar de la escuela en el mundo contemporáneo es necesario comenzar por considerar las transformaciones que atraviesan nuestras sociedades. Bien sabemos que los procesos de cambio de los últimos treinta años en el mundo del trabajo, de las redefiniciones del lugar del Estado y de lo público y lo privado, la preeminencia del mercado, los cambios tecnológicos y comunicacionales; y también de las importantes reestructuraciones en las relaciones sociales, en las identidades individuales y en el conjunto de instituciones que caracterizaron a la modernidad, entre ellas, y en particular, la escuela.
Uno de los aspectos centrales de estas transformaciones es la pérdida de los soportes colectivos, lo que ha dado lugar a procesos denominados “individualización de lo social”
En ese contexto, los individuos que antes actuaban, pensaban y sentían en el marco de estructuras sociales y normativas, ahora tienen que hacerlo en la contingencia e incertidumbre del capitalismo flexible, caracterizado por la pérdida de las certezas tradicionales vinculadas al trabajo y a la sociedad salarial (Svampa, 2000)
En términos del sociólogo francés Robert Castel (1996, 2004), el individuo aparece fragilizado por falta de recursos materiales y protecciones colectivas y, en ciertos sectores, esa vulnerabilidad se transforma en desafiliación o exclusión. La progresiva individualización de lo social tiene su correlato en la responsabilización individual por la propia biografía y en la despolitización de las cuestiones comunes.
En este articulo utilizamos el concepto de inclusión en función del vínculo de los individuos con la escuela, y no necesariamente en función de personas con algún nivel de discapacidad como hasta ahora se utiliza generalmente en psicología educativa, es decir es la diversidad desde el enfoque sociológico.
Así, el modelo de sociedad integrado por la acción política de un Estado capaz de articular e incluir al conjunto de la población, y de construir un lazo social y un campo común en el que se inscribían desigualdades y diferencias, se ha transformado (Tiramonti, 2004). Las relaciones político estatales de la ciudadanía han sido desplazadas por la centralidad de las relaciones y los actores del mercado. Esto implica una redefinición de lo público, que es entendido ahora más como la sumatoria de los intereses individuales que como la construcción de lo común, que –en los términos políticos tradicionales– estaba mediada por el Estado, los partidos políticos, los sindicatos, etcétera.
Hasta los años 90 la escuela en sentido general mantenía el criterio de igualdad y esa igualdad se manifestaba, y aun se manifiesta, de muchas maneras, los mismos libros para todos, el mismo currículo para todos y sin embargo después de que llega la globalización individuos, ambia y la perspectiva es que las personas son diferentes y cada cual es dueño de su progreso y desarrollo y surge el concepto de diversidad, esta diversidad es entendida desde el punto de vista de los grupos sociales y no desde las discapacidades de los individuos, es decir la vemos desde una perspectiva sociológica.
Algunas visiones sostienen que la escuela poco ha cambiado desde sus orígenes y que la persistencia de su formato permitiría reconocerla en cualquier tiempo y lugar. Si bien es cierto que muchos elementos resisten el paso del tiempo, esta aparente inmovilidad de las escuelas no es tal. Los cambios en el contexto sociocultural tienen implicancias para los sujetos (alumnos, docentes y demás miembros de la comunidad escolar), para los vínculos que se establecen entre ellos, para el conocimiento y el proceso de transmisión, y para las dinámicas que atraviesan lo escolar.
Frente a esos cambios y a las dificultades que se presentan, suelen oírse voces nostálgicas de un pasado “dorado” y romantizado, que ven el presente como “crisis” y que pretenden volver el tiempo atrás, “cuando aprendí las cosas eran distintas, había respeto en la escuela, cuando Trujillo era mejor”, Pero, en otras oportunidades, prima el discurso opuesto, que sostiene que no sería deseable regresar a la escuela tal cual la concibió la modernidad. Esto Porque la contemporaneidad también se nos presenta como oportunidad para revisar algunos de los fines y supuestos históricos, básicamente aquellos vinculados al tratamiento de las diferencias que planteaba la modernidad, al vínculo con el saber que establecía y al tipo de autoridad que instituía.
Con esto no estamos juzgando a la vieja escuela sino describiendo las realidades en que se desarrolla y los contextos diferentes en que se producen las acciones.
Hoy, ese modelo que históricamente fue considerado una “buena escuela” se encuentra en pleno proceso de redefinición por los desafíos que las transformaciones contemporáneas presentan en cuanto a la transmisión de contenidos, la organización del aprendizaje y los criterios de verdad y realidad. Los niños-alumnos son sujetos de derechos, y se multiplican sus modos de acceso (televisión, internet) y de relación (menos progresivos y acumulativos, más fluidos, con multiplicidad de soportes al mismo tiempo) con el conocimiento y la información. Hasta no hace tanto tiempo, la escuela, los docentes y –en términos generales– los adultos éramos quienes introducíamos progresivamente a los niños en el mundo adulto, en sus claves y en sus “secretos”. Esto se manifiesta aún en diferentes realidades, como pueden ser las escuelas en las localidades más pequeñas, de los ámbitos rurales y de las grandes ciudades, donde también es posible identificar cuestiones comunes que las atraviesan.
Ante esta realidad que nos permea y que muchas veces nos desborda, desplegamos –como docentes y como escuelas– una multiplicidad de alternativas. Algunas veces, intentamos replegarnos, aislarnos del entorno y trabajar para sostener el espacio de aquella “cultura”, con mayúsculas, instituido históricamente. En otras oportunidades vemos la posibilidad de apostar por la apertura y el diálogo con esos nuevos lenguajes que se hacen presentes en nuestras escuelas e intentamos trabajar prestando atención a esas nuevas formas de ser niño hoy.
En este sentido, en el aula se comienzan a generar momentos de reflexión respecto de los discursos mediáticos, de los programas de televisión o los juegos de computadora, y los docentes se abren a debatir y dar herramientas para permitir que sus alumnos realicen lecturas críticas que enriquezcan su mirada, y a trabajar con la imagen como soporte, entre otros recursos.
Para esto se necesita también una mentalidad abierta del maestro y sobre todo, y necesariamente tiene que creer y estar convencido que el conocimiento que tiene el alumno es necesario para desarrollar el momento de clase de manera que se puedan complementar los saberes y que el en mundo de hoy más que tener el conocimiento en la cabeza vale mucho saber dónde está.
En ningún caso acusamos a la vieja escuela de excluyente, sino que su estructura respecto algunos sectores marginados no permitía la inclusión como he escrito en otro artículo, cultura escolar y cultura comunal.
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