En los más de 35 años que tengo de hacer este oficio de psicoterapeuta recibiendo víctimas de violencia de género, tanto niñas como adultas desde mi consulta privada, he visto la misma respuesta familiar y social frente a la mujer que decide decir que está siendo maltratada y se atreve a dar un paso más y denunciar al agresor. Puede ser una mujer con o sin educación académica; con o sin dinero; de cualquier raza, color o religión, por lo regular las personas a su alrededor no les creen, las juzgan, las cuestionan, minimizan lo que les está pasando, dudan de lo que dicen, las critican, las señalan y las dejan solas.
Las mujeres víctimas de niveles socioeconómicos altos, cuando tienen audiencias, no es suficiente con que sean víctimas, además tienen que parecerlo. Tengo pacientes que son entrenadas por sus abogadas acerca de cómo ir vestidas: tipo de peinado, calzado, cartera y accesorios ya que no pueden lucir muy arregladas, pues no basta serlo, también tienen que parecer victimas frente a los ojos de algunos jueces que son parte de la cultura y de este sistema de creencias que no apoya a las víctimas. Ellas además del dolor que provoca lo que están viviendo, tienen que “disfrazarse de la típica víctima” para que les crean.
En mi función como servidora pública a cargo del Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia por 18 años, encontramos la misma respuesta. Hasta el mes de diciembre de este año recién pasado hemos recibido 9,587 mujeres y de igual forma lo que observamos es la falta de apoyo familiar y social ya que son juzgadas no solo por ser víctimas sino peor aún, por tener la valentía de denunciar públicamente a su agresor.
En este nivel de atención la experiencia en las audiencias podría ser distinta, el trabajo más común es que la mujer desarrolle la conciencia de la necesidad de estabilizarse emocionalmente y “lucir tranquila”, pues si producto de la violencia vivida y tener que volver a encontrase de frente con el agresor llegara a tener una reacción desbordada, producto del miedo, los jueces entonces dicen que esta “loca” y pierde credibilidad frente al sistema de justicia. De nuevo, no es solo ser víctima, sino “la típica victima”, estar afectada, pero no tanto, lucir tranquila en un contexto que le recrea su trauma y rodeada de personas que deciden acerca de su vida sin entender la problemática, dejándola de nuevo sola.
Con alguna frecuencia vemos en la prensa casos públicos del contexto nacional o internacional, como el que hemos estado recibiendo información a propósito de la investigación del periódico español @elDiario.es sobre la denuncia de dos ex empleadas del artista Julio Iglesias donde lamentablemente seguimos confirmando esta percepción general de que las victimas deben demostrar que lo son a ver si les creemos o no. Es importante aclarar que justamente esta confirmación a través de pruebas le toca al sistema de justicia, pero la sensibilidad, la empatía, la solidaridad, el intentar buscar información para entender cómo ocurre la violencia y cuáles son las dinámicas de poder que se establecen, nos toca a todas y todos los ciudadanos.
En vez de juzgar, señalar o dudar qué tal sería hacernos preguntas acerca de las circunstancias que llevaron a estas mujeres a vivir esta situación: ¿De qué contexto vienen? ¿Cuáles condiciones educativas, económicas y sociales tienen que podría hacerlas vulnerables frente a un agresor poderoso y con fama? ¿Cómo nos sentiríamos si viviéramos una situación parecida? ¿Cuáles privilegios tenemos que nos protegen de estar en el lugar de ellas? ¿Cuántas más estarán en su misma situación? ¿Qué podemos hacer para evitar que estas cosas sigan ocurriendo?
Hacernos preguntas e intentar responder sí ayuda, estudiar la problemática, investigar, leer, conversar con las mujeres que nos rodean, saber qué les pasa, cómo viven las relaciones, si conocen a alguna mujer que esté viviendo o haya vivido violencia.
Explorar en nuestras familias acerca de las violencias que mujeres de otras generaciones han vivido y cómo salieron o si lograron salir ¿Qué nos dejaron como legado nuestros antepasados? para saber si corremos el riesgo de repetir patrones violentos ¿Cómo se expresa hoy la violencia en nuestra familia? ¿Cómo se vinculan los hombres y las mujeres? ¿Cómo nos apoyamos o silenciamos? si se habla de estos temas; si hay secretos familiares acerca de la violencia; si han desaparecido mujeres o murieron de una manera violenta.
Todo esto ayuda y es la reflexión a la que nos tendría que llevar los casos que se hacen públicos. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual, es decir, que una de cada tres es víctima.
De acuerdo a las estadísticas oficiales de la Procuraduría General de la República, durante los últimos 10 años (2015-octubre 2025) en República Dominicana el Ministerio Público ha recibido cada año alrededor de 84,228 denuncias de violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales. De igual modo se reportan 836 feminicidios en este mismo periodo dando un promedio de 83 mujeres asesinadas cada año por el solo hecho de ser mujeres.
Estas estadísticas nos confirman que la respuesta no es juzgar, señalar o ignorar, sino buscar información para desarrollar conciencia acerca de esta problemática ya que estas cifras nos indican que tenemos muchas, muchas víctimas y posiblemente muy cerca.
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