En los últimos años se ha venido manifestando de manera progresiva, pero sostenida, una crisis de legitimidad del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. El entramado institucional que dio lugar a la Organización de las Naciones Unidas y a los múltiples organismos que integran la arquitectura del llamado sistema universal muestra hoy signos evidentes de desgaste y desconfianza. A diferencia de ocasiones anteriores, no se trata de un cuestionamiento episódico, de expectativas incumplidas ni de un simple déficit de credibilidad, sino de una erosión estructural del consenso político y normativo que permitió su emergencia y funcionamiento durante décadas.

Una de las causas centrales de este deterioro reside en una transformación estructural de la comunidad internacional: la redistribución efectiva de poder a escala planetaria y la emergencia de nuevas potencias que reclaman su espacio en la arquitectura global. El diseño institucional del orden internacional se edificó sobre una correlación de fuerzas históricamente situada, en la que un grupo reducido de Estados vencedores asumió el rol de guardianes del orden mundial. Esa hegemonía quedó cristalizada en órganos como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y en mecanismos de privilegio institucional que no siempre han resultado suficientes para una legitimidad fundada en la justicia o la eficacia de sus decisiones para proteger bienes comunes de la humanidad.

La presente reflexión surge de un ejercicio teórico y de la observación prolongada de estas dinámicas desde la periferia insular, pero encontró un detonante concreto en las palabras pronunciadas por el primer ministro de Canadá durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos en enero de 2026. Más allá de la coyuntura del discurso, sus planteamientos pusieron en evidencia, con una claridad poco habitual en escenarios diplomáticos, la fragilidad de los consensos que han sostenido el sistema internacional contemporáneo. Estás expresiones operaron como catalizador para ordenar un conjunto de ideas que venían gestándose de manera dispersa y que aquí se articulan como una auditoría crítica del orden internacional vigente y de la narrativa de legitimidad que lo acompaña.

El diseño institucional del sistema internacional respondía a una lógica de poder concreta, propia de un mundo que, aunque formalmente multilateral, descansaba en una estructura jerárquica relativamente estable. Sin embargo, el escenario contemporáneo es sustancialmente distinto. La emergencia y el reposicionamiento de nuevas potencias ―algunas con clara vocación hegemónica, otras como actores intermedios con creciente capacidad de incidencia desde el Sur Global― han puesto en evidencia la fragilidad de un sistema que no fue concebido para reconocer ni integrar una distribución del poder más diversa y claramente multipolar. Hoy no estamos ante un mundo organizado en torno a un centro predominante como el Consenso de Washington o una distribución dual como en los tiempos de la Guerra Fría, a pesar de los anhelos persistentes de glorias pasadas, sino frente a una pluralidad de fuerzas que disputan protagonismo político, económico y estratégico en la esfera mundial.

La persistencia de estructuras institucionales que no reflejan esta nueva cartografía del poder internacional alimenta una crisis profunda de legitimidad. Se mantiene la ficción de un orden diseñado para una correlación de fuerzas que ya no existe, mientras las nuevas realidades de poder quedan insuficientemente representadas o directamente excluidas de los espacios decisorios centrales. Esta disonancia entre estructura y realidad erosiona la capacidad del sistema para presentarse como un marco equilibrado de gobernanza mundial y contribuye de manera decisiva al quiebre del consenso precario que alguna vez lo sostuvo.

A esta fractura estructural se suma ―como elemento crítico― la crisis interna de las sociedades occidentales. No porque las tensiones globales puedan reducirse a una lectura occidentalizada, sino porque el diseño mismo de este sistema es deudor, en gran medida, de una matriz histórica, política y cultural de fuerte impronta occidental. Cuando ni siquiera en las sociedades que impulsaron este orden existe hoy un compromiso suficiente sobre su legitimidad, resulta aún más difícil sostenerlo en un escenario internacional marcado por una mayor pluralización del poder y por profundas divergencias ideológicas que no pueden comprenderse plenamente a partir de etiquetas tradicionales.

Las polarizaciones internas que atraviesan a muchas democracias ―en torno a la agenda pública, al rol del Estado, a la noción de derechos, a los límites de la soberanía y a los modelos de convivencia― se proyectan inevitablemente en el plano internacional con un mayor radicalismo que la mera lucha de intereses. De ahí que la legitimidad del sistema universal no sea socavada solo por factores externos o conflictos entre naciones, sino que también concurren en su desmoronamiento las controversias internas de los propios Estados que históricamente se presentaron como sus principales garantes. Esa pérdida de objetivos compartidos a lo interno de las naciones debilita la capacidad para sostener un discurso coherente en defensa del orden internacional y refuerza la lucha de poder hegemónico entre potencias tradicionales y emergentes.

Félix Tena de Sosa

Abogado

Analista jurídico con estudios especializados en derecho constitucional y más de 15 años de experiencia en instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales. Docente universitario de derecho constitucional, derechos humanos y filosofía del derecho. Apartidista, librepensador, socioliberal, moderado y escéptico.

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