La guerra encuentra a la economía dominicana en una etapa de desaceleración, menor holgura y mayores restricciones para absorber nuevos impactos externos: la pilla, dicho en clave caribeña, en la bajaíta.
La primera entrega mostró por qué la distancia geográfica dejó de ser refugio. Esta segunda examina no solo cómo viajan los impactos de una guerra lejana, sino las condiciones en que encuentran a la economía dominicana. El conflicto no crea todas las fragilidades; las expone, las acelera y las hace más costosas.
Durante décadas, la República Dominicana se expandió a buen ritmo, significativamente por encima del promedio regional y mundial. Pero esa trayectoria —aún reciente— no oculta el cambio de ritmo que ya estaba en curso antes de que la guerra contra Irán añadiera nuevas presiones.
Si el crecimiento de décadas anteriores —en torno al 5,2 %— se compara con un vehículo avanzando a 100 kilómetros por hora, el promedio de 2022-2024, cercano al 4,1 %, equivaldría a unos 78 kilómetros por hora. En 2025, con un crecimiento de apenas 2,1 %, la aguja del velocímetro cayó a alrededor de 40 kilómetros por hora. No es una simple variación estadística: es una señal de menor impulso y menor capacidad para absorber shocks externos.
Tiene menos margen fiscal, menor capacidad de respuesta, más presión sobre hogares y empresas, y menos espacio para amortiguar los golpes sin que estos lleguen rápidamente a los precios, los ingresos y la vida cotidiana.
1. De la distancia que no protege a la economía que desacelera
La primera entrega partía de una paradoja: Irán está lejos, pero sus efectos pueden sentirse cerca. Entre Santo Domingo y el frente de guerra median miles de kilómetros; sin embargo, la economía global ha convertido la distancia física en una medida cada vez menos útil para estimar el impacto de los conflictos.
Las guerras contemporáneas no viajan solo con tropas o misiles. Viajan por los mercados de petróleo, los fletes marítimos, los seguros internacionales, los fertilizantes, las expectativas financieras y la formación de precios. Sobre todo, viajan por la velocidad con que los mercados reaccionan y la tecnología transmite información, temor e incertidumbre en tiempo real.
Por eso esta guerra resulta particularmente sensible. No ocurre en cualquier zona del mundo, sino en una región crítica para la energía, las rutas comerciales y la estabilidad geopolítica global. Una alteración en ese espacio se transforma rápidamente en presión sobre el petróleo, el transporte, los alimentos, las cadenas de suministro y, finalmente, los precios.
Ahí está el puente entre la primera y la segunda entrega: los impactos no llegan a todas las economías del mismo modo. Golpean con mayor fuerza allí donde existen vulnerabilidades previas, alta dependencia externa y márgenes reducidos de respuesta.
La República Dominicana es una economía abierta. Importa combustibles, insumos, bienes intermedios, fertilizantes, alimentos y una parte importante de aquello que sostiene su actividad productiva y su consumo cotidiano. Por eso, cuando sube el petróleo, no sube solo la gasolina. Se encarece el transporte, la electricidad, la producción, la distribución, los alimentos y el costo general de vivir.
La guerra está lejos. Pero entra por la factura eléctrica, el supermercado, el tanque de gasolina, el costo del crédito, la cautela empresarial y la ansiedad de los hogares.
2. La cadena: energía, alimentos, precios y crédito
El impacto económico de una guerra de este tipo no se produce por una sola vía. Opera como una cadena: primero se alteran los mercados energéticos y las expectativas; luego suben los costos de producción y transporte; después aumentan los precios; más tarde se endurecen las condiciones financieras y, finalmente, se enfrían la inversión, el empleo y los ingresos familiares.
El petróleo es el canal más visible. Cuando sube el precio del crudo, se encarece una parte fundamental del funcionamiento económico. Transportar mercancías, producir bienes, refrigerar alimentos, operar industrias y generar electricidad cuesta más. En una economía dependiente de combustibles importados, ese impacto se transmite con rapidez.
Pero no es solo energía. También están los alimentos. Una guerra que presiona fertilizantes, granos, aceites, transporte marítimo y seguros internacionales termina impactando el costo de producir y llevar alimentos a los mercados. El consumidor no siempre ve toda la cadena, pero sí siente el resultado: la misma compra cuesta más y el dinero rinde menos.
A esa presión se suma el crédito. Cuando la inflación amenaza con repuntar, los bancos centrales suelen actuar con cautela. Las tasas permanecen elevadas o bajan más lentamente. El crédito se encarece, las empresas postergan inversiones y los hogares piensan dos veces antes de endeudarse.
En ese punto, la guerra deja de ser solo una noticia internacional y se convierte en una condición económica interna. No porque el país participe directamente en el conflicto, sino porque participa en los mercados que ese conflicto altera.
La cadena puede resumirse así: incertidumbre geopolítica, presión sobre energía e insumos, aumento de costos, inflación, tasas más altas, menor inversión, desaceleración, empleo más frágil, ingresos reales más débiles y mayor malestar social. No son fenómenos aislados. Se encadenan.
Y cuando la economía ya venía perdiendo velocidad, esa cadena pesa más.
3. Cuando la guerra llega al bolsillo
La expresión puede parecer fuerte, pero es precisa: no estamos en la guerra, pero la guerra puede estar en nuestros bolsillos. No en forma de explosión, sino de precio; no como misil, sino como factura; no como frente militar, sino como restricción cotidiana.
La guerra se siente cuando llenar el tanque cuesta más, cuando el transporte arrastra detrás los precios de los productos y cuando el supermercado obliga a sustituir marcas, reducir cantidades o posponer compras. Se siente cuando el mismo ingreso familiar compra menos o cuando las empresas dudan si invertir, contratar o simplemente resistir.
También se siente en la ansiedad económica. En tiempos de incertidumbre, las decisiones se vuelven más defensivas. Las familias cuidan más el gasto. Las empresas moderan sus planes. Los consumidores dudan si comprar ahora o esperar. Los trabajadores temen que la desaceleración termine afectando el empleo.
Ese es uno de los impactos menos visibles, pero de los más importantes: la incertidumbre modifica comportamientos. Y cuando hogares y empresas se vuelven cautelosos al mismo tiempo, la economía pierde dinamismo.
Por eso la guerra no debe analizarse únicamente como un acontecimiento externo. Para una economía como la dominicana, su importancia está en cómo puede amplificar problemas internos: bajo crecimiento, presión fiscal, dependencia energética, vulnerabilidad alimentaria, informalidad laboral y limitada capacidad de protección de los hogares más expuestos.
La guerra no crea esas fragilidades. Las revela. Las intensifica. Las vuelve menos manejables.
Y aquí aparece el punto central de esta segunda entrega: el problema no es solo que el shock venga de fuera; es que llega cuando la economía ya no corre a la velocidad de antes. Una cosa es recibir viento en contra cuando se avanza a 100 kilómetros por hora. Otra muy distinta es recibirlo cuando se avanza a 40. La resiliencia no es la misma ni es igual.
Epílogo: La guerra también se mide en precios
Las guerras suelen contarse por sus frentes, sus armas, sus alianzas y sus víctimas directas. Pero en el mundo actual también deben medirse por sus efectos económicos: el precio del combustible, el costo de los alimentos, la factura eléctrica, el crédito más caro, la inversión que se posterga y el salario que pierde capacidad de compra.
La República Dominicana no está en el campo de batalla. Pero sí dentro de la red global que transmite sus consecuencias. Y esa red distingue cada vez menos entre lo lejano y lo cercano cuando se trata de precios, mercados y expectativas.
Por eso esta guerra importa. Porque llega a una economía abierta, dependiente de insumos externos y en un momento de menor impulso. Porque puede encarecer la vida, estrechar los márgenes de decisión y aumentar la presión sobre hogares, empresas y gobierno.
La guerra está lejos en el mapa. Pero cuando vivir cuesta más, la distancia desaparece.
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