Mientras pasaban las horas, tic, tac, tic, tac, y se acercaba el gran momento del ataque de Estados Unidos a Irán a las 8:00 p. m. del martes 7 de abril, el reloj se paró 90 minutos antes. Las palabras del presidente Trump de que borraría toda una civilización, devolviendo a Irán a la edad de piedra, indicaban claramente que su intención podría ser un devastador ataque nuclear.
Con destruir sus plantas eléctricas, refinerías de gas y petróleo, carreteras y puentes, no se elimina a una civilización, ni se impediría el infierno que desataría Irán acabando con lo que quedaba de petróleo y gas en el Oriente Medio, incluyendo las plantas desalinizadoras, dejando sin agua potable a millones de personas.
Si 13 mil incursiones aéreas sobre el territorio iraní no lograron el objetivo inicial de la guerra, las palabras de Trump indicaban claramente que su plan era usar armas nucleares, única forma de acabar con una civilización. Horas antes del plazo final, los medios comenzaron a especular sobre esa posibilidad hasta que la Casa Blanca lo negó. Pero conociendo al presidente Trump, esa incógnita quedará despejada en los libros de historia.
Una hora y media antes del plazo final, y mientras la diplomacia mundial, incluyendo la ONU, se movilizaba para detener un ataque cuya magnitud y alcance eran desconocidos, finalmente el reloj se detuvo.
Con Paquistán a la cabeza de la negociación, se llegó a un acuerdo, aún incierto, para que el presidente Trump diera un nuevo plazo de 15 días, suspendiendo toda acción militar contra Irán y viceversa, a cambio de abrir el estrecho de Ormuz. Israel lo aceptó a regañadientes. Pero hay unos puntos en ese acuerdo que me parecen casi imposibles de cumplir.
Eliminar las bases de Estados Unidos en Oriente Medio nunca sucederá, como pretende Irán. Tampoco una indemnización de 100 mil millones para resarcir los daños causados por los bombardeos de Estados Unidos e Israel. Cobrar dos millones de dólares por cada barco que cruce el estrecho de Ormuz es también una ilusión, aunque con ese dinero podría reconstruir una parte de la infraestructura destruida.
Las redes comenzaron a inundarse de falsos supuestos: IRÁN GANÓ LA GUERRA. Pero la realidad es que Irán perdió la guerra porque quedó casi destruida por completo. La diferencia estuvo en que Estados Unidos e Israel pensaron que la guerra terminaría en un par de semanas descabezando a la cúpula política y militar de Irán, incluyendo al ayatolá Ali Jamenei, y esperando una rebelión del pueblo, sin tener un plan B en la mano. Pero Irán no sucumbió y se trazó una meta, una estrategia, que al final le dio resultados. Destruir las instalaciones de gas y petróleo del golfo Pérsico y cerrar el estrecho de Ormuz, mientras los hutíes cerraban el estrecho de Bab el-Mandeb en el mar Rojo, secuestrando el 33 % del crudo mundial.
¿Resultados? Un petróleo que llegó cerca de los 120 dólares el barril, camino a los 150 dólares, y el gas duplicando su precio en pocos días. Un caos económico global. El anuncio de la suspensión de los combates disparó los mercados bursátiles en pocos segundos y el petróleo cayó más de un 20 %.
Para Israel la guerra fue una derrota porque los objetivos aún están lejos de alcanzarse, y para Estados Unidos resultó en un desastre económico que se reflejará en sus indicadores en los próximos meses (deuda, inflación, empleo y crecimiento). En lo político, algo peor. La posible derrota de los republicanos en el Senado y la Cámara Baja en las elecciones de noviembre. HAY UN CESE AL FUEGO, PERO LA GUERRA NO HA TERMINADO.
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