Durante décadas, la República Dominicana hizo un esfuerzo extraordinario por acercarse al mundo. Hubo que abrir rutas aéreas, conquistar mercados, construir hoteles, formar personal, aprender a recibir y convencer a millones de personas de que valía la pena venir hasta aquí.
Lo vivimos casi como una necesidad geográfica. Una isla que quería desarrollar el turismo tenía primero que resolver cómo llegar a ella. Conocí de cerca aquellos años en que una nueva conexión aérea con Europa podía significar la apertura de un mercado que antes prácticamente no existía.
Medio siglo después, el panorama es otro. El país dispone de aeropuertos internacionales, una extensa planta hotelera, conexiones frecuentes con América y Europa, buenos servicios de telecomunicaciones y una experiencia de hospitalidad que constituye ya parte de nuestra cultura económica. Quizás ha llegado el momento de preguntarnos qué otros usos podemos dar a esa capacidad acumulada.
La República Dominicana recibe congresos, convenciones, encuentros empresariales, reuniones gubernamentales y acontecimientos internacionales cada vez con mayor frecuencia. Punta Cana se ha convertido en una plaza conocida para ese tipo de actividades. Santo Domingo lo ha sido tradicionalmente. Santiago comienza también a ocupar un espacio propio.
Del 7 al 9 de octubre, por ejemplo, Santiago de los Caballeros recibirá el 41.º período de sesiones de la CEPAL, con representantes gubernamentales, organismos internacionales, empresarios, académicos y otros actores de América Latina y el Caribe. Que un encuentro de esa naturaleza pueda realizarse allí dice algo importante sobre la madurez alcanzada por nuestra infraestructura de recepción.
El proyectado Centro de Convenciones de Santo Domingo añadiría otra pieza importante. Sus terrenos ya fueron adquiridos y el proyecto ha avanzado en términos institucionales y de diseño, aunque al comenzar septiembre las obras físicas todavía no habían comenzado. No hace falta adelantar la realidad. Basta observar la dirección en que nos estamos moviendo.
Aeropuertos, hoteles y centros de convenciones suelen verse como infraestructura turística y comercial. Lo son. Pero también pueden convertirse, cuando las circunstancias lo requieran, en infraestructura al servicio de otra actividad menos visible: la diplomacia.
Esta misma semana, el Ministerio de Relaciones Exteriores y UNITAR iniciaron un programa para fortalecer la diplomacia económica dominicana. Es una iniciativa necesaria. Un país abierto al comercio, la inversión y los servicios internacionales necesita diplomáticos capaces de acompañar esos intereses. Pero podemos aspirar a desarrollar otra competencia complementaria.
La República Dominicana podría consolidarse como un lugar confiable donde conversaciones difíciles encuentren condiciones favorables para comenzar.
No hablo de proclamarnos mediadores universales ni de pretender resolver conflictos que pertenecen a otros. La mediación formal solo existe cuando las partes la aceptan y la solicitan. Hablo de algo anterior y quizás más útil: capacidad de convocatoria.
Hay momentos en que dos gobiernos, organizaciones o sectores necesitan hablar, pero no encuentran fácilmente dónde hacerlo. Una sede puede resultar demasiado vinculada a una de las partes; otra puede ser políticamente inconveniente; otra, simplemente incómoda desde el punto de vista logístico. Ahí puede aparecer una plaza como la República Dominicana.
Tenemos conectividad. Tenemos capacidad hotelera. Tenemos experiencia organizando encuentros internacionales. Podemos ofrecer seguridad, comunicaciones, servicios de interpretación, salas adecuadas y espacios donde una conversación formal pueda continuar durante una cena o en una reunión más pequeña, lejos de las cámaras. Quien haya trabajado en turismo sabe que esos detalles importan.
Una estancia agradable no resuelve una diferencia política, comercial o diplomática. Pero puede crear mejores condiciones para que quienes tienen que resolverla permanezcan sentados alrededor de una mesa el tiempo suficiente para comenzar a entenderse.
El activo más difícil, sin embargo, no se construye con hormigón ni se compra instalando mejores equipos. Es la confianza.
La República Dominicana se encuentra en una posición singular. Somos caribeños y latinoamericanos. Tenemos una relación histórica, económica y humana intensa con Estados Unidos. Conservamos vínculos culturales profundos con Europa y aumentamos nuestras relaciones con otras regiones. Esa combinación no nos convierte automáticamente en intermediarios de nadie, pero sí nos permite relacionarnos con riberas distintas sin tener que renunciar a la propia.
Podemos hacer de esa condición una ventaja. Diálogo, concertación, búsqueda de consenso y compromiso podrían formar parte de una especialización diplomática dominicana cultivada deliberadamente a través de los años.
No tendría que comenzar con grandes instituciones ni nuevos edificios. Buena parte de la infraestructura ya existe. Lo que habría que desarrollar es la capacidad profesional: diplomáticos formados en negociación y facilitación, dominio de idiomas, conocimiento de regiones y culturas, protocolos adecuados para encuentros sensibles, discreción y, sobre todo, continuidad entre gobiernos.
Porque una reputación diplomática no se decreta. Se acumula.
Un encuentro puede comenzar en Santo Domingo y continuar en Washington. Otro puede tener su primera conversación en Punta Cana y terminar meses después en Europa. Dos partes pueden reunirse discretamente en Santiago y descubrir apenas que existe un punto sobre el cual vale la pena seguir hablando. Nada de eso constituiría un fracaso dominicano porque el acuerdo final se firmara en otra parte. Nuestra contribución podría haber ocurrido mucho antes.
Durante décadas aprendimos a traer el mundo hacia nosotros. Primero fueron viajeros; luego inversiones, negocios, congresos y grandes encuentros internacionales. Podríamos comenzar ahora a añadir otra dimensión: ofrecer al mundo un lugar donde encontrarse.
No necesitamos decidir por nadie ni garantizar resultados que dependen de otros. Basta con desarrollar una reputación de país accesible, hospitalario, discreto y confiable, donde hablar sea un poco más fácil cuando hablar se ha vuelto difícil.
No todos los caminos hacia un acuerdo tienen que terminar en la República Dominicana. Bastaría con que algunos de los más difíciles aprendieran a comenzar aquí.
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