El presidente estadounidense Abraham Lincoln, en su memorable discurso en Gettysburg en 1863, en medio de plena guerra, proclamó, entre otras ideas, que todos los seres humanos han sido creados iguales. Aquella afirmación influyó en miles de investigadores, incluidos los científicos norteamericanos Robert Sapolsky y Steven Pinker, quienes plantearon que los primeros humanos, que eran cazadores y recolectores, se comportaban de manera muy violenta, pero, con el tiempo, muchos de los peores comportamientos desaparecieron, mientras que los mejores se fueron volviendo más frecuentes.
Los Estados han contribuido a este proceso evolutivo mediante la promulgación de leyes, el equilibrio de fuerzas y la promoción de los derechos humanos. Y algo más, la expansión del comercio y el intercambio cultural.
Relatos de la Biblia afirman que en la antigüedad el precio del pecado era la muerte. Según los historiadores, aproximadamente medio millón de personas murieron en el Coliseo romano, donde los prisioneros eran desmembrados, torturados y devorados por animales. En la Edad Media, los ejércitos y ciertos grupos religiosos de Europa y Asia destruían pueblos, asesinaban a los hombres y esclavizaban a las mujeres y los niños.
Estudios recientes sugieren que, en los últimos diez mil años, el cerebro humano ha evolucionado, especialmente el lóbulo frontal, asociado con la conciencia y la personalidad, y desde donde emanan las funciones superiores, como pensar, confiar, colaborar y reconocer las ventajas de la paz sobre la guerra.
La Segunda Guerra Mundial, que concluyó en 1945 con más de setenta millones de muertos, fue el período más sangriento de la historia. Desde entonces, ha existido una paz relativamente duradera en Occidente, aunque afectada por conflictos como la Guerra de Vietnam y la Guerra de Corea, así como por las víctimas causadas por los “campos de reeducación” y las hambrunas en China y la Unión Soviética durante los regímenes de Mao Zedong y Joseph Stalin.
En estos días de abril recordamos la injusta intervención militar estadounidense al suelo patrio, que dejó un saldo significativo de vidas humanas, daños materiales y psicológicos. Voy a poner el ejemplo del entrenador brasileño que abordó a nuestra gloria en natación, doña Maritza Creus, y le dijo que, siendo un militar, lo enviaron a nuestro país en 1965 y participó en hechos de sangre, y, arrepentido, le pidió perdón para aliviar su conciencia, puesto que consideraba que no tenía derecho a comportase así en un país libre e independiente.
Recientemente, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha denunciado la existencia de una mayor concentración de riqueza, que los superricos, que pagan bajos impuestos, la transfieren mediante herencias.
En definitiva, aunque continúan unas guerras y actúan “lobos solitarios” y trastornados mentales, como el que irrumpió en el área cercana al presidente estadounidense durante la cena brindada a los corresponsables en la Casa Blanca la noche del pasado 25 de abril, los expertos, no obstante, sostienen que vivimos la época más pacífica de la historia de nuestra especie. Aunque parezca paradójico, hay menos personas violentas y el mundo es más seguro. Lo que ocurre es que lo contrario, la violencia, hace más ruido, como lo sentenció el psicólogo Daniel Kahneman, al afirmar que la mente recuerda más los hechos negativos, incómodos e intensos.
Que cesen las guerras y las intervenciones militares y reine la paz.
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