Los acontecimientos acaecidos recientemente -apresamiento de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela; control del petróleo de Venezuela; lanzamiento de advertencias para obtener la posesión de Groenlandia, por el medio que sea; las amenazas a los países de Colombia, México, Cuba e Irán, con expresiones directas y contundentes por Estados Unidos- son indicios de que estamos a la puerta de problemas y procesos de alta complejidad. Por otra parte, la fortaleza mundial, adquirida por China, especialmente en el ámbito económico y de las tierras raras; su incursión progresiva en América Latina y el Caribe; y su hostigamiento permanente a Taiwán, así como las fracturas que debilitan a los países latinoamericanos y caribeños, con su mayor expresión en los resultados de la asamblea del SICA, más la debilidad que muestra la Unión Europea, nos hacen pensar que nos adentramos en un mundo invertido.

Las características más relevantes de este mundo invertido se evidencian en el uso desmedido del poder; un poder con talante colonizador marcado por las contradicciones. En el discurso hay rechazo radical a fórmulas y liderazgos dictatoriales. En la práctica, se repite la misma historia: se le dicta a las demás naciones, instituciones y personas lo que han de hacer en tiempos límites, en espacios determinados y con foco específico: el que indique el nuevo rey del universo. Asimismo, se constata, en este mundo, un rechazo total a los tratados internacionales, a las alianzas multilaterales. Parecería que constituye un sinsentido el ordenamiento mundial y el respeto a los derechos de las personas y de las naciones.

Esta situación crea un mundo donde valores centrales, como la democracia, el diálogo, el reconocimiento y el respeto de acuerdos, de normas locales y transnacionales se volatilizan y empiezan a regir y a afirmarse la ilegalidad, el tono duro e inflexible de los emperadores del norte y de Asia. Cabe preguntarse: ¿Hay que aprender a vivir en este mundo invertido? ¿Se debe asumir esta nueva tarea? ¿Hasta qué punto es posible enfrentar de forma abierta este protagonismo colonizador? ¿No hay fuerza política mundial, continental, capaz de quebrar o reducir al mínimo el peso de esta nueva colonización?

Hay dispersión en el liderazgo mundial; los intereses propios priman sobre el bienestar común. No se vislumbra claridad sobre qué  es posible hacer para que el colonialismo no sustituya al sistema democrático. En países de Europa, en América Latina y el Caribe se presentan posiciones diferentes sobre lo que está pasando. Unos se adhieren al nuevo estilo de liderazgo que violenta principios y valores centrales en las sociedades de hoy. Otros, en número reducido, les plantan cara a los representantes de la corte imperial actual; y logran, por lo menos, breves espacios de discusión. Estos momentos breves y simbólicos tienen alto significado, pues permiten recordar que las cuestiones geopolíticas, las realidades propias de los países y las que afectan al conjunto de naciones no pueden resolverse con base en descalificaciones y amedrentamiento de los otros.

Es importante subrayar la postura de Colombia, de México, de Brasil, de Uruguay y de algunos países más. Están conscientes del problema y están tratando de pensar juntos cómo ayudar a revertir el nuevo orden mundial que desestabiliza, niega la vida de los humanos y de la naturaleza, al desarrollar acciones que llevan al colapso de aquellas entidades y plataformas que de manera colaborativa diseñan políticas, construyen espacios y relaciones para que el desarrollo y los derechos humanos se potencien sin generar nuevas asimetrías en el mundo.

El aprendizaje en un mundo invertido es más difícil y complejo. Por tales razones, el aprendizaje no es para adaptarse a la cultura y a la vida del colonizador. En este artículo la colonización se asume como toda acción o proceso de un país, pueblo o cultura, orientada al dominio de los otros. De igual modo, entendemos la colonización como la acción enfocada en los intereses propios, teniendo, al mismo tiempo, como objetivo la conquista, el despojo de valores y de bienes que, sin pertenecerles, y al margen de todas las leyes o tratados, los asume como suyos.

Aprender a vivir en un mundo invertido requiere nueva visión y comprensión de la hora mundial. Es una hora indescifrable; pero, ella misma ha de aportar referentes para que las sociedades, las instituciones y las personas pasen del miedo a la construcción compartida de senderos contrarios a los que los colonizadores modernos están utilizando. Para avanzar en esta dirección, el liderazgo político mundial, regional y local tendrá que reducir las barreras que los distancian. Tendrá, también, que someter sus ambicionas a cirugías intensivas para podarlas y abrirle espacio a los derechos de los ciudadanos y de los pueblos. Tendrá, además, que hacer un uso más humano, justo y solidario del poder.

Los países latinoamericanos y caribeños deben pensar a fondo cómo contribuir para que este mundo invertido pueda transformarse en una realidad más habitable y segura para todos. Establecer ruptura para vencer el colonialismo que avanza no es tarea fácil, sobre todo por la dependencia que padecen los países del continente. Pero, contemplar el avance es, también, una postura grave. Un imperativo de este momento mundial es pensar y proponer juntos alternativas que vayan introduciendo cambios en la mentalidad, en el lenguaje, en los estilos y en las decisiones que incentivan y acentúan la postura colonialista. Esta es una nueva tarea. No se alcanzarán resultados inmediatos, pero se va preparando el terreno. Los procesos requieren tiempo, pero generalmente aportan frutos duraderos.

Dinorah García Romero

Educadora

Exrectora del Instituto Superior de Estudios Educativos Pedro Poveda (ISESP). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro Titular de la Carrera Nacional de Investigadores. Miembro de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Investigadora del ISESP. Dra. en Sicología de la Educación y Desarrollo Humano.

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