El turismo ha sido promovido durante décadas como uno de los instrumentos más poderosos del desarrollo económico. Genera empleo, atrae inversión, dinamiza sectores productivos y posiciona a los países en el escenario internacional. En el caso dominicano, su contribución es indiscutible: es el principal generador de divisas y uno de los pilares del crecimiento nacional.

Sin embargo, siempre nos hemos preguntado si ese crecimiento realmente llega a las comunidades que reciben a los turistas. Estamos claros de que, en la medida en la que llegan más turistas, significa que se crean también más oportunidades y, en términos macroeconómicos, esto es cierto.  El problema es que, cuando descendemos del nivel país al nivel comunidad, la realidad se vuelve considerablemente más compleja. El impacto del turismo no se distribuye de manera automática ni equitativa.

Pero, ¿quién se beneficia realmente? Un hallazgo que se ha hecho de forma recurrente en estudios recientes es que los beneficios del turismo tienden a concentrarse en algunos actores: grandes cadenas hoteleras, muchas de ellas internacionales, inversionistas con capacidad de capital y los segmentos formales del mercado laboral.

Mientras tanto, una parte significativa de la población local queda al margen o participa de manera limitada, generalmente en condiciones de informalidad, con baja remuneración o escasa estabilidad laboral.

En lugares donde más del 50% de la economía local es informal, como ocurre en muchas comunidades turísticas del país, la capacidad de insertarse en la cadena de valor turística se reduce. No por falta de interés, sino por falta de acceso, formación y financiamiento. Por esto, el resultado es un modelo donde el turismo crece… pero no necesariamente incluye.

El empleo es uno de los indicadores más utilizados para justificar el impacto positivo del turismo. Sin embargo, no todos los empleos son iguales. En muchos de nuestros destinos turísticos predominan los trabajos operativos, con limitada movilidad social y con ingresos que no siempre permiten mejorar significativamente la calidad de vida. Esto no invalida el valor del empleo turístico, pero sí obliga a replantear su calidad y su capacidad real de transformar las condiciones de vida de las comunidades receptoras.

Una de las conocidas consecuencias del desarrollo del turismo en un país es la profundización de desigualdades territoriales. En destinos turísticos exitosos, es común observar una dualidad: zonas altamente desarrolladas, con infraestructura de primer nivel, y comunidades cercanas con déficits en servicios básicos, oportunidades económicas y calidad de vida. Esta coexistencia de riqueza y vulnerabilidad no es casual, es el resultado de un modelo donde el desarrollo turístico no siempre se articula con el desarrollo local.

Nuestro país ha sido, efectivamente, un caso de éxito en cuanto al aumento de llegada de turistas. Pero ese éxito no ha sido homogéneo. Mientras destinos como Punta Cana han alcanzado niveles de desarrollo impresionantes, comunidades cercanas aún enfrentan altos niveles de informalidad, limitaciones en acceso a servicios básicos y baja participación en las cadenas de suministro turístico. Sin embargo, esto no significa que el turismo no impacte positivamente. Lo hace. Pero su impacto es parcial, desigual y, en muchos casos, insuficiente para transformar estructuralmente las comunidades.

El impacto del turismo en las comunidades no es un mito. Pero tampoco es la realidad idealizada que muchas veces se comunica. Es una realidad condicionada. Por esto, y bajo el entendido de que el turismo puede ser una herramienta poderosa de desarrollo local, es necesario que se diseñen políticas públicas que integren a las comunidades en la cadena de valor del sector. Además, se debe fomentar la formalización y el acceso al crédito, invirtiendo en educación y capacitación y promoviendo una planificación territorial inclusiva.

Nuevos destinos turísticos, como son los casos de Miches, Cabo Rojo y Punta Bergantín, están compelidos a priorizar la integración de sus comunidades, evitando repetir las experiencias vividas por destinos ya tradicionales.

Por lo tanto, el verdadero desafío que tiene nuestro país es lograr que el desarrollo del turismo transforme vidas, no solo estadísticas. Porque  un destino no puede considerarse exitoso si las comunidades que lo sostienen no avanzan al mismo ritmo.

Magaly Toribio

Mercadóloga y Hotelera

Magaly Toribio, Hotelera y mercadóloga por convicción, politóloga para intentar entender el mundo, amante de las palabras y la buena lectura. Ex- viceministra de turismo, reconocida en múltiples ocasiones por los principales gremios del sector turístico nacional e internacional. Experta en marketing turístico y gestión sostenible de destinos turísticos. Investigadora, académica y consultora privada de empresas, universidades y destinos turísticos. Presidente de la empresa TARGET Consultores de Mercadeo y creadora de la primera empresa del país suplidora de soluciones de movilidad para turistas con discapacidad, Scooters DR.

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