Desde hace más de 10 años, nuestro país se ha propuesto convertirse en un destino de turismo gastronómico. Y esto surge como parte de un plan estratégico de diversificar la oferta turística dominicana, con la intención más que justificada de dar a conocer a nuestro país más allá de nuestro sol y playa. Siguiendo este objetivo, se han realizado múltiples iniciativas de promoción de nuestra oferta gastronómica en los principales mercados emisores de turistas al país.
Y es que basta recorrer la ciudad de Santo Domingo y, cada vez más, otros polos turísticos para encontrar una oferta creciente de restaurantes de alta calidad, chefs talentosos y propuestas culinarias innovadoras.
Sin embargo, debemos analizar si el hecho de tener excelentes restaurantes nos convierte automáticamente en un destino gastronómico.
El turismo gastronómico no se circunscribe a que el turista se limite a comer bien; este va mucho más allá. Se trata de una experiencia cultural que conecta al visitante con la identidad del destino a través de su cocina, sus productos locales, sus tradiciones y su gente.
Según un reciente estudio de la firma IMARC Group, el turismo gastronómico es uno de los segmentos de mayor crecimiento a nivel mundial. Se proyecta que este mercado podría alcanzar cifras multimillonarias para 2032-2035, con estimaciones que superan los 4000 millones de dólares para el año 2032. Más aún, los turistas gastronómicos gastan en sus viajes un promedio de 25 % más que otros viajeros, destinando el 35 % de su presupuesto a comer y beber. Para el 70-85 % de los viajeros, la gastronomía es un factor decisivo al momento de elegir un destino.
En nuestro país, el potencial es mayor. De acuerdo con el Ministerio de Turismo, el 84 % de los visitantes que recibimos el pasado mes de febrero valoró positivamente su experiencia gastronómica. Además, el país se ha trazado como meta posicionarse como destino gastronómico hacia el año 2030.
Sin embargo, debemos cuestionarnos qué estamos promoviendo exactamente. Porque una cosa es tener magníficos restaurantes –muchos de ellos con propuestas internacionales– y otra muy distinta es construir una oferta gastronómica auténtica, reconocible y exportable. El turismo gastronómico se fundamenta en ofrecer algo que solo puede vivirse aquí.
Muchos casos internacionales nos pueden servir de ejemplos. Perú se ha posicionado como destino de turismo gastronómico por convertir su cocina en un símbolo nacional. Otros países como España, Italia, Francia y Japón venden a través de su gastronomía la identidad de cada país.
En nuestro país, afortunadamente, ya existen señales positivas. Chefs dominicanos han comenzado a reinterpretar la cocina criolla con creatividad y visión contemporánea. Restaurantes como Hibiscus, en Jarabacoa, liderado por la chef María Marte; Aguají, en Sosúa, de la chef Tita; o Ajualá, en Santo Domingo, del chef Saverio Stassi, son ejemplos de una gastronomía dominicana que evoluciona sin perder su esencia.
No obstante, estos esfuerzos siguen siendo aislados. Nuestro verdadero desafío no se basa en lo culinario, sino en la estrategia que podamos implementar.
República Dominicana necesita definir, estructurar y posicionar una oferta gastronómica clara. Esto implica establecer: ¿cuáles son nuestros platos insignia? ¿Qué productos nos representan? ¿Qué experiencias queremos que el turista viva y recuerde?
Un plato se convierte en atractivo turístico cuando logra trascender su función alimenticia y convertirse en experiencia cultural. Cuando genera conversación, curiosidad y deseo. Esto me ocurrió recientemente en Barcelona con los calçots, cuando muchas personas preguntaban insistentemente si los había probado y me vi obligada a vivir la experiencia.
Cataluña ha hecho de productos tan simples como los calçots una experiencia cultural que moviliza turistas. Italia, Francia o Japón no venden comida: venden historia e identidad.
Promover nuestra gastronomía requiere mucho más que festivales locales o menciones en ferias turísticas. Implica una presencia internacional sostenida, la creación de rutas gastronómicas, el fortalecimiento del vínculo con los productores locales y, sobre todo, la internacionalización de nuestra cocina.
¿Por qué no pensar en restaurantes dominicanos de alta calidad en ciudades como Nueva York, Madrid o Miami, que funcionen como embajadas culinarias del país? ¿Por qué no impulsar una narrativa gastronómica país que acompañe nuestra promoción turística internacional? No solo limitarnos a invitar a probar el paraíso, sino más bien promover exactamente qué probará.
Porque al final, el turista no viaja solo para comer. Viaja para sentir, para descubrir, para contar historias. Y la gastronomía es una de las formas más poderosas de hacerlo.
Nuestro país tiene sabor, historia y talento. Ahora nos toca construir una identidad gastronómica capaz de conquistar el mundo.
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