Hablar del mal es, de alguna manera, hablar de nosotros mismos. Desde que el ser humano comenzó a preguntarse por el origen de sí mismo, por ende, de sus desgracias debido a la injusticia, al sufrimiento y la muerte, el mal ha ocupado un lugar central en sus explicaciones sobre la naturaleza del mundo.
Para algunos tiene un origen sobrenatural; para otros, nace de la propia condición humana. Pero cualquiera que sea la respuesta que adoptemos, hay algo que parece indiscutible: el mal nos acompaña desde los albores de nuestra existencia. En la cosmogonía judeocristiana se dice que, Lucifer, aquel ángel favorito que quiso igualarse al Creador debido a su infinita soberbia, fue condenado junto a sus huestes al fuego del abismo eterno.
Más tarde, en el Jardín del Edén, el mal volvería a presentarse a la criatura que Dios había creado a su imagen y semejanza bajo la forma de una serpiente para violar un pacto: “no comerás del fruto prohibido”. Fue cuando el hombre y la mujer sucumbieron a esa bestia rastrera y, por su desobediencia, entraron en la historia de las lamentaciones, el sufrimiento y la muerte.
Desde entonces el mal ha adoptado innumerables rostros. Ha estado presente en las guerras, en persecuciones de toda laya, en la esclavitud, en los genocidios, en la tortura, en la crueldad cotidiana y en todas aquellas formas de violencia mediante las cuales unos individuos convierten a otros en instrumentos de su crueldad.
Y resulta particularmente desconcertante el comprobar que al extraordinario desarrollo de la ciencia y de la técnica no lo haya conseguido desterrar. El hombre ha aprendido a viajar tan lejos tanto como su imaginación lo ha podido llevar, a conocer mejor el universo y a dominar las fuerzas extraordinarias de la naturaleza, pero todavía, que se sepa, no ha aprendido a dominar ni un ápice ni sus instintos más elementales ni mucho menos a sus propios demonios.
Quizás por eso resulta tan perturbadora la pregunta que plantea Tu maldad y yo, de la escritora dominicana Ninoska Velázquez. Porque este libro no se limita a contemplar el mal desde las alturas de la teología o de la filosofía; lo aproxima, lo hace cotidiano, en otras palabras, lo coloca a nuestro lado.
Aquí el mal no es necesariamente Lucifer, ni el tirano barbudo y con turbante que tan populares han vuelto los medios corporativos occidentales, ni el asesino de masas al estilo Pinochet, Hitler o Stalin. Puede ser el supuesto amigo que nos aconseja mientras secretamente trabaja contra nosotros; el maestro que, en lugar de orientarnos, nos confunde deliberadamente; la persona encantadora que consigue nuestra confianza para utilizarla en perjuicio nuestro; y, quizás en su expresión más dolorosa, puede encontrarse dentro de la propia familia: en aquel padre, el hermano, un hijo, la pareja o el pariente cercano que conoce nuestras debilidades y sabe utilizarlas para someternos o destruirnos.
Esta es una de las grandes inquietudes del libro: “el mal no siempre tiene apariencia de mal”.
Hay personas cuya peligrosidad reside precisamente en su capacidad para ocultarla, para mimetizarla como ciertos animales los cuales adoptan los colores y las formas del ambiente circundante para pasar inadvertidos, y lo propio sucede con estas personalidades, quienes consiguen confundirse con el medio social que las rodea.
Pueden mostrarse amables, generosos, cultos, seductores, incluso profundamente preocupados por los demás. Aprenden a decir lo que el otro necesita escuchar. Saben cuándo acercarse, cuándo retirarse y, sobre todo, saben construir una imagen de sí mismos que dificulta enormemente descubrir sus verdaderas intenciones.
Y aquí aparece una de las observaciones más interesantes de Ninoska Velázquez: “La maldad más eficaz no siempre es la que golpea de frente, sino aquella que consigue que su víctima dude de sí misma”.
Porque destruir a una persona no significa acabar físicamente con ella. A veces basta con erosionar lentamente su autoestima, sembrar dudas, manipular sus afectos, aislarla de quienes podrían ayudarla y convencerla de que aquello que está viviendo es culpa suya. El victimario puede permanecer entonces aparentemente limpio de toda responsabilidad, mientras la víctima termina cargando con una culpa que no le corresponde.
En ese territorio se mueve la autora cuando se aproxima a la personalidad psicopática. Y conviene aclarar algo que el libro pone de manifiesto: “el psicópata no tiene que ser necesariamente un asesino en serie, un criminal sanguinario o un personaje salido de una película gore”. Puede llevar una vida apacible perfectamente integrada en la sociedad. Puede ser inteligente, excepcionalmente brillante, educado, atractivo y un profesional exitoso.
Puede incluso despertar la más genuina admiración. Lo que le falta, sin embargo, es algo mucho más profundo: “la empatía hacia el prójimo”.
Puede comprender intelectualmente lo que otra persona siente, pero eso no significa que le importe. Puede reconocer el dolor ajeno sin experimentar por él la más mínima compasión. Y cuando los demás son contemplados únicamente como instrumentos para alcanzar sus propios fines, el prójimo deja de ser un semejante y se convierte en una pieza más del tablero.
Esa ausencia de empatía conduce invariablemente a una de las grandes cuestiones morales del libro: “¿qué ocurre cuando una persona puede hacer daño y al mismo tiempo no experimentar ningún conflicto interior por haberlo hecho?”
La literatura y la historia nos han mostrado que muchas veces el mal no necesita siempre de monstruos. A veces necesita simplemente de individuos capaces de convencerse de que aquello que hacen no tiene importancia.
Hannah Arendt encontró una expresión extraordinariamente poderosa para explicar este fenómeno al analizar el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén: “La banalidad del mal”. Eichmann intentó presentarse no como un criminal responsable del exterminio de millones de seres humanos, sino como un simple funcionario que cumplía órdenes y firmaba documentos. El horror aparecía así despojado de toda la dimensión demoníaca: convertido en trámite y rutina; en aburrida y desapasionada burocracia.
Y quizás allí encontremos una de las mayores paradojas de la maldad, es decir, que se puede convivir con ella.
La parábola de la rana y el escorpión expresa de manera sencilla y a la vez categórica este concepto. “El escorpión necesitaba cruzar un charco pues no sabía nadar, por lo que convenció a la ingenua rana para que lo transportase en su lomo. La rana, lógicamente, temía, pues el escorpión la podría picar en el trayecto, pero terminó cediendo al confiar en su palabra. A mitad del charco, sintió instantáneamente un dolor punzante en su costado, era la ponzoña que invadía todo su cuerpo -el escorpión la había herido mortalmente-. Cuando ella, entre estertores, le preguntó por qué la había engañado si ambos iban a morir, él sólo se limitó a responder de la única manera que podía hacerlo: mi querida amiga, nunca te mentí, es que en esencia no puedo escapar a mi propia naturaleza”.
Más allá de la moraleja tradicional, esta historia nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿hasta dónde debemos confiar en las palabras cuando los actos nos están revelando lo contrario?
Porque una de las enseñanzas que parecen desprenderse de Tu maldad y yo, es que conocer al otro no consiste solamente en escuchar lo que dice, sino en observar lo que hace, cómo trata a quienes no necesita, cómo reacciona cuando pierde el control, cómo utiliza la confianza que se deposita en él y qué ocurre cuando sus intereses chocan con los nuestros.
Ninoska Velázquez escribe desde la observación y desde una intuición que no necesita revestirse de excesivos aderezos técnicos ni conceptuales para resultar penetrante. Su mirada es directa, descarnada y, en ocasiones, desconcertante. No pretende tranquilizarnos ante la existencia del mal, sino advertirnos sobre su proximidad.
Pero quizás lo más valioso de este libro sea que, al hablarnos de los otros, también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Porque sería demasiado sencillo colocar el mal siempre en el otro lado, convertirlo en patrimonio exclusivo de los perversos y reservar para nosotros la cómoda condición de inocentes.
La frontera entre el bien y el mal puede ser más compleja de lo que quisiéramos admitir. Todos tenemos la capacidad para hacer daño, para ser egoístas, para actuar movidos por la vanidad, el resentimiento o el deseo de poder. La diferencia quizás no esté en carecer de oscuridad, sino en reconocerla y decidir qué hacer con ella (Ya el psicólogo suizo Carl Gustav Jung acuñó ese término para hacernos conscientes de esa parte oscura que deberíamos integrar a fin de convertirnos en seres humanos completos y conscientes, y que denominó muy atinadamente como “la sombra”).
Por eso Tu maldad y yo no es únicamente una reflexión sobre quienes hacen daño, es también una invitación a reconocer las señales distintivas, a defender nuestra dignidad y a no confundir amabilidad con bondad ni seducción con afecto, y a recordar que la verdadera condición humana no se demuestra por la inteligencia, el éxito o la capacidad de convencer, sino por la manera en que tratamos a los demás cuando nada podemos obtener de ellos.
03 Ninoska Velázquez se adentra en ese territorio oscuro sin dejarse devorar por él y consigue transformar sus observaciones en una escritura clara, sincera y profundamente humana.
Tu maldad y yo entra así en nuestras letras por una puerta que no es solamente la literaria, sino también la moral: la puerta que conduce hacia esas regiones insondables del alma donde conviven nuestras luces y sombras.
Porque al final, acaso, el mayor peligro no sea que el mal exista.
Quizás sea que, algunas veces, aprenda a sonreír, a abrazarnos y a llamarse nuestro más leal y fiel compañero.
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