Continúa ventilándose en plataformas y redes sociales el controvertido conflicto ético y legal sobre el tratamiento del autismo. Lamentablemente, ya sin sosiego, esa discusión mediática ha sustituido el incumplido deber de instituciones públicas y profesionales. Sin lugar a duda, es tema digno de aclararse pues atañe al ejercicio de la medicina.

Practiqué una especialidad durante cincuenta años, quizás puedo asistir a racionalizar la discusión. Intentaré hacerlo enfocando la disputa en tres preguntas, que no pueden evitarse.

La primera, preguntarse si es ético fungir como experto en varias enfermedades sin el entrenamiento requerido; ajeno a necesaria exigencias y supervisiones académicas. ¿Acaso es válido presentarse como experto confiando en una experiencia clínica personal?

Hipócrates, el del juramento, mandó jurar lo siguiente: No operaré a nadie por cálculos, sino que dejaré esto a los cirujanos especialistas”.  Enfatizaba, dos mil años atrás, que una cosa es saber de cirugía y otra del corazón o de infecciones. En otras palabras; “Zapatero a sus zapatos”

A paso seguido – manteniendo la debida cordura y objetividad – considerar una segunda pregunta: ¿qué estatus otorgarían a quienes utilizan tratamientos de dudosa efectividad- basados en resultados sintomáticos carentes de seguimiento científicos probatorios?  ¿Ejercen de manera correcta o incumplen reglas establecidas? Una u otra…

Meditando sobre las dos interrogantes anteriores, es imposible dejar fuera el daño psicológico. De no incluirse, quedaría debilitada la discusión: ignorar la dualidad cuerpo y alma, el dúo diferencial de nuestra especie es negar un punto ciego. Una vez aceptada esa realidad existencial- que no puede no aceptarse-, entonces enfrentar la tercera pregunta: ¿Constituye la falsa esperanzas un daño psicológico?  La respuesta es fácil, puesto que ofrecer ilusiones de curación, mentir sobre la espera, termina dañando al individuo.

Quien fuese filosofo e historiador de la medicina, el galardonado ensayista y catedrático español, Pedro Lain Entralgo, razona de la siguiente manera en su libro “Filosofía de la esperanza”:El conflicto ético de la falsa esperanza en medicina radica en la tensión entre el deber de no mentir (veracidad) y el deseo de no dañar emocionalmente (beneficencia) al paciente. Generar expectativas poco realistas bloquea la asimilación de la realidad vulnerando la autonomía del paciente al privarlo de información veraz para decidir sobre su futuro…”

Sin importar el tipo de truco o rejuego que se intente con ella, falsear las expectativas de tratamiento es inaugurar un daño. Por consiguiente, de no incluirse la esperanza en las premisas de argumentación, la polémica queda invalidada.

Sea en base a carisma, medicamentos, rituales, o cirugías falsas (como las de aquellos “cirujanos” filipinos, que incluso creo llegaron a operar al mismísimo presidente Balaguer), Ilusionar a través de sugestiones- o confiado en el 30% del efecto placebo- es mostrar vocación de engaño. ¿Acaso no es charlatanería hacer creer que se cura lo que no se cura?…

Entiendan los aguerridos defensores del “Laissez-faire” ético, que existe y rige una deontología medica-; asignatura obligatoria en las facultades de medicina-, a la que deben atenerse sin contemplación los diplomados. En ella no caben laxitudes acomodaticias. (De paso, conviene enterarse de las consecuencias sufridas, en países civilizados, cuando se violenta esa estricta guía ética.)

Quienes a capa y espada defienden uno de los protagonistas del enredo, no pueden dejar de lado que, al nacer el oficio médico, nacieron reglas específicas de conducta profesional. Exigencias que persiguen evitar daño al paciente, y dignificar la profesión.  “Primun non noceré” es un dogma en medicina desde antes que Cristo naciera.

El tema, repito, es de suma importancia y no puede discutirse contaminado por la amistad, el compadrazgo, bonhomías, ni espíritu de grupo. No se trata de un debate entre políticos perdona todo. Aquí, lo que importa es aclarar si, aun sabiendo que se juega con la esperanza del enfermo, seguiremos contemporizando.

Segundo Imbert Brugal

Médico psiquiatra

Psiquiatra, observador socio- político, opinador. Aficionado a las artes y disciplinas intrascendentes de trascendencia intelectual.

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