Para nuestro querido hermano Pedro Hernández.
El capitalismo contemporáneo ha demostrado una notable capacidad para producir riqueza, innovación y crecimiento, pero también para concentrar el poder, precarizar el trabajo, deteriorar el medioambiente y reproducir la pobreza y la desigualdad. Suele afirmarse que el sistema produce bien, pero distribuye mal, y que bastaría con corregir el reparto mediante impuestos, transferencias y servicios sociales.
Pero esa conclusión es insuficiente. La desigualdad está presente desde la organización del proceso productivo, antes de que lleguen los impuestos y los programas sociales que intentan corregirla. Por eso, mejorar la equidad exige revisar cómo se organiza la producción de bienes y servicios, pues allí se establece quién decide, quién asume los riesgos y quién recibe los beneficios.
Una economía debe evaluarse por lo que produce, por la dirección que adopta su crecimiento y por sus resultados sociales y ambientales. También por el desarrollo de capacidades humanas, cohesión social y por la reservación del medioambiente del que dependen la vida y la propia economía.
Cuando hay desarmonía en el sistema, emergen, por ejemplo, la violencia y la delincuencia, que no obedecen a una causa única, pero a menudo expresan fracturas sociales producidas o agravadas por la exclusión, la desigualdad y la falta de oportunidades.
En la actualidad se habla de mejorar la equidad, porque sustituir el sistema no parece viable en el presente. No porque el capitalismo haya superado sus contradicciones ni el socialismo haya perdido valor como horizonte de emancipación, sino porque se ha debilitado la posibilidad de imaginar y sostener una verdadera alternativa.
Dos procesos pueden ayudar a explicar esta situación. El primero son las políticas neoliberales, que han contribuido a desregular mercados, privatizar empresas y servicios públicos, flexibilizar las relaciones laborales y financiarizar la economía.
Estos cambios han concentrado riqueza y poder, fragmentado las sociedades y debilitado la solidaridad y las organizaciones y derechos sociales. También han reforzado el individualismo y la búsqueda de soluciones personales a problemas sociales, formando ciudadanos acostumbrados a competir, asumir individualmente los riesgos y administrarse a sí mismos como empresas.
El segundo proceso es la experiencia de regímenes proclamados o reconocidos como socialistas. No son idénticos entre sí ni necesariamente representativos del socialismo teórico o de toda su tradición, pero han contribuido a asociar ese horizonte y ese nombre con autoritarismo, restricciones a las libertades, carencias materiales y concentración del poder.
Cuba, Venezuela, Corea del Norte y Nicaragua se han convertido en referencias distópicas que restan atractivo y dificultan la construcción y difusión de nuevas propuestas socialistas democráticas y participativas, menos centralizadas, más innovadoras y de propiedad social más que estatal.
De ahí que el punto de partida realista en esta coyuntura sea reformar el capitalismo existente, para reducir la pobreza y avanzar en igualdad y equidad. Esto no equivale a renunciar al cambio cualitativo, sino a reconocer las posibilidades actuales, las cuales no son estáticas y podrían alterarse en un futuro no tan distante por disrupciones derivadas de la inteligencia artificial, sobre todo la posibilidad de un gran desempleo, la hiperconcentración de riqueza y otros fenómenos sociales emergentes. El objetivo posible es una economía más distributiva e inclusiva y menos destructiva de las condiciones humanas y ecológicas.
El bien común como propósito y no solo como correctivo

En su libro Bien común: Una nueva economía que funcione para todos, Mariana Mazzucato propone orientar la economía desde el inicio de sus procesos hacia objetivos como la salud, la inclusión, la transición ecológica y la reducción de la desigualdad. El bien común debe guiar la producción, la innovación y la inversión. Es una meta definida desde el principio y no un correctivo, por lo que concebirlo como remedio para las fallas del mercado reproduce una política reactiva que muchas veces llega tarde.
Mazzucato recuerda que “los mercados siempre están configurados”. Leyes, contratos, derechos de propiedad, sistemas fiscales y regulaciones determinan, desde el inicio, cómo se financia la producción y cómo se distribuyen sus beneficios. Lo que parece espontáneo es, en buena medida, el resultado acumulado de decisiones históricas.
La cuestión no es si el Estado interviene en la economía, pues siempre lo hace, sino con qué propósito y en beneficio de quién. Su función estratégica consiste en definir objetivos, desarrollar capacidades y coordinar actores. Orientar la economía no implica administrar cada empresa, sino crear las condiciones para que los proyectos productivos individuales y colectivos sean viables y sostenibles.
La riqueza como creación social
La riqueza es una creación colectiva en la que participan el Estado, las empresas, los trabajadores y las comunidades. Atribuirla solo a la iniciativa individual oculta las contribuciones de la sociedad, como la investigación y la educación financiada con fondos públicos, el desarrollo de normas y estándares industriales, los datos de los usuarios y todo el conocimiento acumulado, que hacen posible y apoyan los procesos productivos.
La propia productividad privada descansa sobre esa base colectiva. Una empresa puede obtener ganancias ampliando las capacidades de la sociedad, pero también apropiándose del valor creado por otros mediante el poder monopolístico, la especulación, la apropiación de recursos colectivos, la captura de decisiones públicas o el traslado de costos a los trabajadores, los territorios, el Estado y la naturaleza.
Si el valor se crea colectivamente, sus beneficios no deben concentrarse exclusivamente en quienes poseen el capital. Esto no exige que todos reciban lo mismo, sino que quienes contribuyen a crearlo tengan derechos, voz y una participación razonable en sus resultados.
La cogestión, la participación en los beneficios, las cooperativas y las formas plurales de propiedad son instrumentos para pasar de una apropiación extractiva a otra inclusiva. Son formas de predistribución porque incorporan equidad al diseño mismo de los procesos productivos. Una economía justa favorece relaciones simbióticas frente a las extractivas y parasitarias.
La redistribución corrige resultados ya producidos y seguirá siendo necesaria ante enfermedades, discapacidades, desempleo y daños que no siempre pueden prevenirse, pero no puede reparar por sí sola una estructura que continúa generando exclusión. La predistribución busca distribuir desde el principio capacidades, recompensas, poder, riesgos y oportunidades.
El capitalismo no es un orden natural ni eterno, sino un modo de producción dominante en una determinada etapa histórica. Sus formas de organizar el mercado, el trabajo, las instituciones, la propiedad y la distribución de la riqueza son construcciones sociales, políticas y jurídicas.
Repetidas durante generaciones, adquieren una apariencia de inevitabilidad. La competencia, el salario, el modelo jerárquico empresarial, el financiamiento y la rentabilidad se presentan como hechos dados, aunque sean formas históricas de organizar la producción y el mercado. La antigüedad genera legitimidad e inercia, las instituciones se refuerzan entre sí y las reformas enfrentan la resistencia de quienes se benefician del orden vigente.
Cambiar ese orden no requiere sustituirlo por una planificación centralizada. Puede combinar una dirección democrática de los fines y las metas con una ejecución plural y descentralizada de los medios, que preserve la libertad de acción, la iniciativa y la innovación. Lo que se construyó de una manera puede rediseñarse de otra. El sistema admite correcciones, pero también transformaciones que lo orienten hacia fines distintos a maximizar el beneficio de quienes poseen capital.
Hacia una economía de capacidades compartidas
Transformar el capitalismo desde el origen significa incorporar la equidad a las reglas de propiedad, financiación y decisión que organizan la producción. Una reforma será superficial si solo cambia el lenguaje y mantiene los incentivos que premian la extracción, la concentración de la propiedad y la subordinación de la vida a la rentabilidad inmediata.
Las cooperativas, las empresas sociales y los proyectos públicos eficientes y responsables muestran alternativas interesantes, pero no transforman por sí solos las estructuras existentes. El cambio solo será sostenible si esas iniciativas se multiplican e impactan el marco legal, la organización social, el financiamiento, el sistema educativo y los mercados. Una verdadera transformación solo será posible si es amplia e integral.
La propuesta exige aumentar la participación social sin burocratizar ni perder eficacia en las decisiones, proteger a las personas durante las transiciones, sustituir sectores obsoletos sin abandonar a quienes dependen de ellos y reducir la concentración del poder económico sin frenar la innovación empresarial.
En un mundo de salarios bajos, economías de escala y tecnologías avanzadas, las conquistas sociales solo se sostendrán si se apoyan en capacidades productivas eficientes y renovadas. Un sistema más justo, pero incapaz de competir con éxito, terminará debilitado bajo la presión mundial, perdiendo parte de sus conquistas sociales. El modelo no sobrevivirá por sus buenas intenciones y el desafío es demostrar que una economía más justa puede ser también más productiva y competitiva.
Asimismo, el bien común no puede depender de la generosidad ocasional de los gobiernos, de la responsabilidad voluntaria de algunas empresas ni de la esperanza de que el crecimiento repare sus propios daños. Se requiere un marco jurídico, un diseño institucional, una estructura productiva y políticas sociales capaces de reducir la pobreza actuando desde la fuente de los procesos que reproducen el sistema.
El cambio comenzará cuando dejemos de aceptar que la realidad actual es inevitable y asumamos que el futuro es una página en blanco donde “Otro mundo es posible”. Para ello, la prosperidad debe dejar de concentrarse en unos pocos y convertirse en una posibilidad compartida.
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