Hace algunos años visité Końskie, el pueblo donde nació mi madre, en Polonia. Buscaba las huellas de mi familia y de una presencia judía prácticamente borrada. El hombre que nos servía de guía, y que se suponía tenía menos prejuicios contra los judíos que muchos de sus conciudadanos, se detuvo frente a una de las pocas casas judías que quedaban.
«Esta era la casa de un “buen” judío», nos dijo. ¿Un buen judío? La explicación llegó enseguida: “daba monedas a los pobres”.
Dentro de esta forma de pensar, es obvio que destacar la existencia de judíos “buenos” (como por excepción), es partir del supuesto de que la mayoría no lo es.
Lo verdaderamente terrible de aquella frase no era solamente que aquel hombre distinguiera entre judíos buenos y malos. Era que lo hiciera en un pueblo donde los judíos habían sido exterminados.
Esta semana, leo en el preriodico Hoy, un artículo titulado «Haitianos buenos y otros haitianos». En ese momento, la frase que escuché en el pequeño pueblo polaco retornó a mi memoria golpeándome frontalmente.
No pretendo comparar la historia de los judíos europeos con la situación de los migrantes haitianos. Lo que reconozco es un mecanismo que atraviesa países, épocas y sociedades: la costumbre de clasificar a los seres humanos según su pertenencia a un grupo y conceder a algunos el privilegio de ser considerados buenos.
El buen judío. El buen haitiano. El buen musulmán. El buen migrante.
¿Buenos según quién? ¿Y qué deben hacer para merecer semejante reconocimiento?
En Francia conocemos esta manera de razonar. El musulmán integrado, discreto en sus prácticas religiosas, que no incomoda, suele convertirse en un «buen musulmán». En Estados Unidos se distingue entre los migrantes trabajadores, agradecidos y respetuosos de las reglas y aquellos que supuestamente representan una amenaza. En República Dominicana hacemos lo mismo con los haitianos.
La fórmula parece incluso generosa: “No tengo nada contra ellos”. “Conozco algunos muy buenos”. “Usted es diferente, trabajador, de lo’ bueno’ ”.
Un dominicano puede ser generoso o mezquino, honesto o delincuente, culto o ignorante, católico, evangélico, ateo o devoto de san Miguel. Su comportamiento no determina necesariamente nuestro juicio sobre todos los dominicanos. En cambio, cuando alguien perteneciente a un grupo que consideramos ajeno comete un delito o protagoniza un incidente, su nacionalidad, su religión o su origen pueden convertirse en parte de la explicación.
Deja de ser un individuo responsable de sus actos para convertirse en representante de los suyos. Por supuesto que hay buenas y malas conductas. Podemos condenar al que delinque, sancionar al que viola la ley, discutir políticas migratorias y establecer reglas de entrada y permanencia. Sin embargo, ninguna de esas facultades nos autoriza a atribuir características morales a una población entera ni a decidir quién merece nuestra aceptación según su origen o sus creencias.
Hay, además, algo particularmente perturbador porque sabemos que ni siquiera pertenecer a la categoría de los «buenos» ofrece protección.
El judío de Końskie había merecido, a ojos de nuestro guía, el calificativo de bueno porque ayudaba a los pobres. Pero cuando una sociedad convierte a una población en objeto de persecución colectiva, poco importa que sus integrantes hayan sido buenos vecinos, trabajadores honestos, ciudadanos ejemplares o personas generosas. El buen judio se fue en cenizas como los malos.
La historia europea nos ha enseñado hasta dónde puede llegar la deshumanización. Esto significa que debemos prestar atención a los mecanismos que permiten justificar la exclusión, la humillación y, eventualmente, la violencia contra aquellos que hemos convertido en «los otros». Las palabras no son inocentes.
Cuando se presenta a una población como peligrosa por naturaleza, incompatible con nuestra cultura o indigna de convivir con nosotros, se contribuye a crear un clima en el que sus derechos se desvanecen.
Quizás por eso me produjo tal impresión encontrarme nuevamente con aquella distinción que en su tiempo me parecio una bofetada. Porque ese certificado de buena conducta es precario. Quien se arroga el derecho de concederlo también puede retirarlo. Y cuando la hostilidad se vuelve colectiva, ni siquiera los buenos están a salvo.
La dignidad humana no se gana por buena conducta. Tampoco se pierde por pertenecer a un pueblo, profesar una religión o haber nacido del otro lado de una frontera.
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