Lo que durante casi tres décadas fue una referencia nacional de planificación estratégica y concertación institucional en Santiago, hoy pareciera deslizarse peligrosamente hacia un escenario de desorden, improvisación y debilitamiento democrático dentro del Consejo para el Desarrollo Estratégico de Santiago (CDES).
La actual presidencia y su equipo, electos hace más de un año en medio de cuestionamientos por la exclusión de juntas de vecinos, diputados y regidores, parecieran haber sustituido la cultura de institucionalidad del CDES, por una lógica cerrada, centralizada y poco accesible.
Lo preocupante no es únicamente el estilo de gestión, sino el posible desmontaje gradual de uno de los espacios de mayor legitimidad técnica y social construidos en Santiago.
La ciudad debe mantenerse alerta. Existe el riesgo de que una estructura concebida para articular consensos territoriales, termine convertida en un aparato excluyente y desconectado de la sociedad civil. Más grave aún, diversos sectores advierten que se intentarían modificar los estatutos “a la medida” de la actual conducción, formalizando la exclusión de organizaciones comunitarias y actores históricamente fundamentales para la gobernanza territorial.
Durante años, las asambleas del CDES fueron ejemplo de rigor organizativo, legalidad y pluralidad. Sus procesos eran certificados por abogados y observadores institucionales como válidos, participativos y ajustados a la Ley 122-05 y a los estatutos internos.
Sin embargo, al día de hoy, 22 de mayo de 2026, ninguno de los 75 miembros y socios habría sido convocado formalmente a la Asamblea Ordinaria correspondiente, pese a que los estatutos establecen claramente que esta debe celebrarse dentro de los noventa días posteriores al cierre del ejercicio social.
La convocatoria debía realizarse con quince días de anticipación, acompañada de agenda formal y comunicación escrita o publicación en medios de circulación nacional. Hasta el momento, no existe evidencia pública de cartas, publicaciones o anuncios oficiales. El silencio institucional resulta incompatible con la tradición democrática que caracterizó históricamente al CDES.
En República Dominicana, la palabra “tollo” describe un trabajo mal hecho, improvisado, desordenado o chapucero. Y lamentablemente, ese concepto parece ajustarse cada vez más a la situación actual. No se trata únicamente de retrasos administrativos: se percibe una peligrosa pérdida de método, de comunicación y de respeto a las normas mínimas de gobernanza institucional.
En el trabajo o reparaciones “tollo”, se refiere a una obra mal ejecutada, por ejemplo, “ese plomero, carpintero o electricista hizo un tollo”. Por su parte, persona "tollosa" se describe a alguien que es descuidado o desordenado en hacer las cosas. Se indica que, en otros países como España o Chile, “tollo” puede referirse coloquialmente a un charco o un hoyo.
“Tollo” tiene más sentido en español, porque en nuestro idioma existen algunas palabras que se asemejan, a las cuales se parece “tollo” que se escriben con el dígrafo elle (ll). Tales como “atolladero” que se trata de un espacio donde todo lo que pasa por ahí, se convierte en desorden. Asimismo, “atollar”, es cuando se encuentra algo organizado y se convierte en caos.
No hay que sorprenderse si este “tollo” dominicano tiene relación semántica con la palabra que se mencionó en la última oración del párrafo inmediatamente anterior a este, es decir “atolladero”, pues ella conlleva “dificultad” y “embarazo” en su definición, y además, por lo de la suciedad que implica el “lodazal” del atolladero.
El Diccionario del español dominicano, solo consigna el “tollo” descrito de esta manera. Las características de esta voz son suciedad, desorden, lío o enredo. Se aplica a la labor realizada con descuido. El tollo dominicano produjo un derivado, “tolloso”, que es la persona que se distingue por ser desordenada, descuidada y chapucera.
Diversos escritores profesionales, lingüistas y filólogos como Max Uribe, especifican que “el sufijo abundancial “oso” de “tolloso”, denota en este caso, como en casos similares, plenitud de lo significado por el primitivo: esto es, “exceso de suciedad y chapucería”.
Alcanzado este grado del estudio del tollo y sus denominaciones conexas, hay que citar un verbo que ha pasado inadvertido para muchos estudiosos del habla de los dominicanos, es “entollar”, que debe aceptarse con estas acepciones: “ensuciar, desordenar, trabajar descuidadamente”. En algunas situaciones este verbo dominicano, “entollar”, se usa con el sentido manifiesto de “dañar”, sobre todo cuando se refiere a desempeñar con negligencia una labor o terminar con descuido un trabajo.
Más allá de la lingüística y la filología, el problema adquiere una dimensión aún más delicada cuando se considera el patrimonio técnico acumulado por el CDES. Lo que podría estar en riesgo no es un simple archivo administrativo, sino uno de los sistemas de inteligencia territorial más importantes del país: más de 625 estudios e investigaciones originales, alrededor de 1,643 mapas y productos cartográficos, más de 227 proyectos estructurados y una vasta plataforma de datos estratégicos que durante décadas ha servido de soporte para decisiones públicas y privadas en Santiago.
Diversos técnicos y colaboradores se preguntan si la actual conducción posee la experiencia, la capacidad técnica y el rigor profesional necesarios para administrar adecuadamente ese patrimonio institucional. La pérdida, fragmentación o deterioro de esa memoria estratégica significaría un retroceso histórico para la planificación territorial de Santiago.
A esto se añaden denuncias preocupantes sobre prácticas impropias de un organismo técnico y plural, incluyendo alegadas grabaciones clandestinas de reuniones internas. La conducción de una entidad estratégica requiere confianza, ética pública y reputación científica; no métodos que alimenten la desconfianza y el deterioro del clima institucional.
El verdadero peligro no es únicamente el caos administrativo. Es la posibilidad de que el CDES abandone su esencia como espacio de inteligencia estratégica y concertación social para convertirse en una estructura cerrada, personalista y divorciada del interés colectivo.
La próxima Vigésima Octava Asamblea Ordinaria será una prueba decisiva. Allí se podrá determinar si todavía existe voluntad de rectificación, apertura y retorno a los principios fundacionales de participación, transparencia y rigor técnico que dieron prestigio al CDES. Santiago necesita instituciones sólidas, no experimentos improvisados ni “tollos” institucionales que comprometan décadas de construcción colectiva
Compartir esta nota