La democracia contemporánea se proclama viva, pero realmente está para “cuidados intensivos”. Sus rituales se mantienen —elecciones, discursos, instituciones— mientras su espíritu se erosiona lentamente.
En otro artículo hurgué en sus raíces y su “evolución”. Y lo hice porque esto que observamos no es una crisis coyuntural, sino una transformación profunda: la sustitución del ideal democrático por un entramado en donde el mercado y la tecnocracia dictan las reglas. Es, sencillamente, la mentira organizada de nuestro tiempo.
El problema no es solo económico, sino político y moral. La democracia ha sido progresivamente subordinada al poder del mercado, hasta convertirse en un mecanismo funcional a los intereses de una minoría. El sistema político, lejos de orientar el rumbo colectivo, ha sido desplazado por el “estoy buscándome lo mío”.
Desde los poderes hegemónicos mundiales hasta los “patios traseros” de esas estructuras gobiernan para tranquilizar mercados, no para garantizar derechos. En ese proceso, la soberanía popular queda reducida a un concepto decorativo.
¿Cuál ha sido la trampa? El neoliberalismo ha jugado un papel central en esta mutación. Bajo la promesa de eficiencia y crecimiento, consolidó un modelo donde la desigualdad no es una falla, sino un resultado esperado. La democracia, otrora gobierno de las mayorías y ahora vaciada de contenido social, se vuelve apta para el mercado y hostil para las mayorías. Se conserva el nombre, pero se pierde la sustancia. Lo que emerge es una democracia de baja intensidad, sostenida por gente a la que no le importa ética, ni las personas y mucho menos rendir cuentas.
A este escenario se suma el ascenso de la tecnocracia. Los espacios de deliberación política han sido ocupados por gerentes, consultores y expertos que gestionan lo público con lógica estrictamente mercurial.
La discusión democrática es reemplazada por indicadores, rankings y narrativas de eficiencia. El lenguaje económico suplanta al lenguaje ciudadano. Se gobierna desde hojas de cálculo, no desde proyectos territoriales.
Las consecuencias las estamos viviendo. La concentración de la riqueza se intensifica, la pobreza se normaliza y la desigualdad se naturaliza. La corrupción deja de ser una anomalía para convertirse en sistema: socializa pérdidas, privatiza ganancias -incluyendo cuánto devolveré de lo robado para que me dejen tranquilo- y erosiona la confianza pública.
Junto a ello, el individualismo se impone como “valor” dominante. La competencia salvaje sustituye a la solidaridad, debilitando los lazos sociales que sostienen cualquier democracia real.
Es como si no reparáramos en que la ausencia de ética en la política y la economía no solo profundiza las desigualdades, sino que bloquea cualquier posibilidad de desarrollo sostenible y cohesión social. Sin una ética que oriente decisiones, la ciencia, la economía y la política se convierten en instrumentos al servicio de intereses particulares, alejados del bien común.
Estamos, entonces, ante una paradoja inquietante. La democracia, creada para limitar el poder, termina legitimándolo. Se transforma en fachada mientras avanza una tiranocracia silenciosa, privada o estatal, que gestiona lo público sin responsabilidad moral. El descontento social, la apatía política y la desconfianza institucional no son accidentes: son síntomas. Pero muchos prefieren “no verlos”.
¿Qué hacer frente a este panorama? La respuesta no es solo estructural, sino profundamente humana. Recuperar la democracia exige recuperar la ética como principio rector. No una ética abstracta, sino una ética que se evidencie en decisiones cotidianas, en políticas públicas, en prácticas económicas y en comportamientos personales. La ética es el puente entre libertad y responsabilidad.
Ser mejores personas en este contexto implica resistir la lógica del “sálvese quien pueda”. Implica rechazar la mentira organizada que nos convence de que el mercado lo resuelve todo. Supone ejercer ciudadanía activa, exigir rendición de cuentas y reconstruir el sentido de comunidad. También implica asumir que el cambio colectivo comienza por la coherencia individual.
La democracia no se salva solo en las urnas, sino en la vida diaria. Se salva cuando dejamos de normalizar la injusticia, de justificar el abuso y decidimos defender la dignidad. Cierro este SOS por la democracia de manera breve y clara: sin ética, la democracia es una palabra vacía; con ética, vuelve a ser un proyecto común. ¿Por cuál ruta seguimos?
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