James Galbraith, reconocido economista, ensayista, catedrático, y autor de alcance internacional, ha publicado “La madre de las derrotas eternas”, artículo reproducido en este periódico digital. Es un enjundioso análisis sobre la posible derrota estadounidense en el Golfo Pérsico. Me atrevo a resumirlo de la siguiente manera: el gobierno americano metió la pata y sufrirá las consecuencias.
No pretendo, ni mucho menos, cuestionar la relevante y sabia opinión del famoso economista; solo quisiera señalar dos omisiones en su trabajo, frecuentes en autores que intentan descifrar el embrollo bélico “made in USA”.
Galbraith se pregunta el por qué una estrategia de convivencia entre Estado Unidos e Irán, que considera extraordinaria, ha sido hecha trizas al escogerse la intervención armada. Dicha estrategia fue aceptada y llevada a cabo por Washington hasta los ataques recientes. A consecuencia de esa actitud guerrera, el economista y académico plantea tres posibles desenlaces:
El gobierno de la poderosa nación dejaría de funcionar como tal, por ser incapaz de idear, anunciar, implementar y ejecutar una estrategia coherente.
Un golpe de Estado silencioso: el gobierno que existía hasta hace tres meses habría sido reemplazado por un régimen diferente…
Y, tercer desenlace, la retirada forzosa: Estados Unidos termina aceptando la ESN (Estrategia de Seguridad Nacional que proclamaba la no intervención, firmada por el mismo Trump en 2025 de noviembre) y obligado a retirarse de Medio Oriente.
Estas conclusiones omiten la personalidad del principal protagonista y la existencia del Estado Profundo, “Deep state” (poderes facticos semiocultos en la trastienda de la Casa Blanca). Seguramente, de tenerlos en cuenta, hubiese llegado a una tercera y cuarta hipótesis.
La tercera, sería la posibilidad de que todo quede a expensas de la salud mental del presidente, quien, bajo la mirada indiferente de sus colaboradores- muchos de ellos incompetentes, y otros dispuestos a participar en un “folie a deux” (locura compartida), con tal de lograr propósitos políticos particulares-, imponga el disparate en sus decisiones.
Escribí en esta columna, 29/07/2024, acerca de la bien documentada advertencia que hicieran al senado un considerable número de prestigiosos sicólogos y psiquiatras del país que hoy pretende conquistar a Irán. Aseguraban que Donald Tump sufría un desorden psicológico, y que una vez en el gobierno constituiría un peligro para esa nación. Esas advertencias no produjeron suficiente interés, quedando varadas en la preocupación de unos cuantos analistas. En estos últimos meses, algunos lideres demócratas recuerdan alarmados aquellas publicaciones, que detallaron la enfermiza personalidad del líder del culto MAGA.
La salud mental de los jefes de gobierno es tan relevante como cualquier otro elemento a tener en cuenta; estudiándola, podemos encontrar explicaciones a muchas de sus decisiones. En el caso que nos ocupa entenderíamos la irracionalidad guerrera, las metas imprecisas, y esa zigzagueante estrategia desplegada por el atolondrado Alejandro Magno del siglo veintiuno.
Una cuarta hipótesis- que el mismo Gilbraith quizás insinúa en su segunda conclusión- es la de un golpe de Estado con visos de legalidad, ejecutado por el Estado Profundo.
El término “Estado profundo” indica la existencia de grupos económicos capaces de tirar la cuerda de los gobiernos, quitarlos, ponerlos, y manipularlos a su antojo. Se mantienen fuera de la vista pública pero no del poder. A ellos se atribuye la radical Agenda 2025, de claro corte ultraderechista, nacionalista, e imperial. Muchos de sus autores hoy rodean al díscolo hombre de Mar-a-Lago.
James Gilbrath no dudaría en aceptar que dos fuerzas sempiternas, la psíquica y el poder económico, pudiesen concluir o escalar la guerra del Golfo Persico. Si las cloacas del Estado consideran la salud mental del insomne habitante de la Casa Blanca como un peligro, intentaran neutralizarlo.
Esa gente no se cruzará de brazos a esperar. No se expondrán a ver a su presidente extasiado- hamburguesa y Coca Cola en mano- contemplando al mundo en llamas (Contrario al pirómano de Nerón, Trump no toca la lira ni sabe de música.)
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