Yo solía pensar que la Iglesia católica tenía una concepción un tanto restrictiva de las mujeres. Por ejemplo, hay más mujeres que hombres yendo a misa y, sin embargo, no podemos ser ni siquiera diaconisas, no se diga nada de sacerdotisas, cuyo solo apelativo hace pensar en brujería; ni obispas, palabra que nunca he leído o escuchado en mi vida.
A la mayoría de las primeras santas se les tenía en cuenta por su influencia positiva en la formación de sus hijos y, en ocasiones, maridos y, a través de ellos, en países o imperios enteros. A la madre de la Virgen María se la conoce como Santa Ana. Santa Elena (270-329) fue la madre del futuro emperador Constantino. Ella se convirtió al cristianismo e influyó tanto en su hijo que él mismo primero aceptó y luego impuso el cristianismo en todo el imperio bajo su mando. Santa Clotilde (474-545) estuvo en la raíz del catolicismo en Francia: convirtió al marido, que era rey, y este, como Constantino, influyó en los demás. Santa Mónica (332-387) fue la madre de Agustín de Hipona y la persona que más rezó por él, consiguiendo que, de llevar una vida disoluta, él se convirtiera en un gran teólogo. Por su parte, Santa María de la Cabeza, fallecida en 1175, fue la esposa de San Isidro Labrador y aunque ambos buscaron hacer el bien por separado, en los dos se valora la dedicación y capacidad de interesarse por los demás. Santa Rita de Casia (1381-1457), la de las causas imposibles, es elogiada por haber influido para que sus hijos no vengaran la muerte de su padre, así como haberse dedicado a la vida de oración y mantener el orden y la tranquilidad a su alrededor.
Paulatinamente, se empezó a integrar la capacidad intelectual de las mujeres como motivo de santidad. Es el caso de Santa Teresa de Ávila (1515 – 1582), Sor Juana Inés de la Cruz (1648 – 1651) y Santa Teresa Benedicta de la Cruz, cuyo nombre secular era Edith Stein: filósofa nacida en Breslavia, entonces parte de Alemania y hoy Wrocław, Polonia; militante por el derecho al voto de las mujeres; convertida al catolicismo, y asesinada en el campo de concentración nazi de Auschwitz en 1942, fue canonizada en el año 1999. En esa misma línea, se acaba de abrir el expediente para la canonización de Sigrid Undset (1882-1949), ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1928.
Un comentario de un sacerdote que era embajador, delegado permanente del Vaticano ante la UNESCO me abrió la mente a nuevas consideraciones. Lo escuché decir que nos retaba a todos a encontrar una institución pública o privada que tuviera más mujeres en puestos de poder administrativo que la Iglesia católica. Nos quedamos callados porque, aunque la cantidad de escuelas y hospitales administradas por la iglesia es tan grande que probablemente sea el tamaño de la institución y no las convicciones feministas lo que determine la veracidad de esta aseveración, era evidente que el hombre había anotado un punto.
Para contextualizar, un informe de 2025 de la Confederación Interamericana de Educación Católica indica que, en ese año, 229,000 centros educativos de diversos niveles eran manejados por esta institución religiosa. El informe no precisa la división por género, pero, aunque solo el 10 % de estos centros estuvieran dirigidos por mujeres, ellas representarían un verdadero batallón. En comparación, JPMorgan Chase, un banco que siempre figura entre los de mayor cantidad de activos en los EE. UU., tiene 5,000 sucursales en ese país, y Schwarz, la cadena de distribución de alimentos más grande de Alemania, cuenta con 14,000 tiendas. Definitivamente, no son números comparables. La respuesta de aquel sacerdote puede ser matizada y tal vez la necesidad tiene cara de hereje.
Tomará siglos, pero si tenemos en cuenta que toda la organización se fundó sobre las buenas intenciones de un pescador temperamental que vivía en los confines del Imperio romano, con pocas posibilidades de trascender fronteras y, sin embargo, logró extenderse hacia Europa, América, y más allá de los lugares de Asia y África donde vivió Jesús, entonces podemos considerar que esta nueva hazaña también es posible.
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