La cosa ya viene algo de lejos, desde hace varios años los supermercados se incorporaron a las llamadas «marcas blancas» que consistían en que los mismos compraban productos directamente a fabricantes más o menos cercanos, les ponían un nombre cualquiera «Pepito» o «Juanita» y los vendían a precios muy por debajo de las de marcas reconocidas pues con este método ahorraban costos, generalmente con materias primas de menor calidad, menos gastos de comercialización, de publicidad, transporte… El asunto del blanqueo de marcas cobró auge a nivel mundial, ya hace unos quince años alcanzaba un 40% de las ventas de esos y otros establecimientos.

El fenómeno blanqueador funcionó dando muy buenos beneficios. En nuestro país los super, que son águilas en eso de buscar las más ganancias posibles, lo adoptaron rápido. Con el tiempo las marcas blancas evolucionaron y pasaron a llamarse marcas del distribuidor porque en lugar de llamarse «Pepitos» o «Juanitas» utilizaron los nombres de los mismos supermercados o con otros diferentes pero de su propiedad, tal como sucede aquí con la marca Bravo del supermercado de su mismo nombre, la Líder, para El Nacional, Jumbo y Jumbo Merca, las Wala y Zerca para La Sirena.

Estas marcas están teniendo mucha aceptación por el público comprador pues sus precios están por debajo y muy por debajo de las marcas de los fabricantes; por ejemplo, una lata de legumbres marca de fabricante vale 99 pesos y una igual de distribuidor está en 69, lo que significa un considerable 30% menos; en otras ocasiones estas diferencias de precios llegan al 50% y hasta más. En una época de crisis —y nosotros los dominicanos estamos siempre con alguna montada en el lomo—, para los compradores de clase media y hacia abajo estas rebajas son un factor muy importante en la decisión de compras. Por ello, ahora se ven en las estanterías de los super casi —o sin casi— más productos del distribuidor que del fabricante.

Hasta aquí todo es legal, por lo tanto nada que objetar, si bien esta situación ya ha producido tensiones significativas en el país e incluso algunos conflictos entre supermercados y sus proveedores, como los del Bravo y la panificadora Lumijor, centrándose estos en el abuso dominante y la gestión de marcas de distribuidor. Otro supermercado local importante ha tenido que trabajar la imagen de la marca de su propiedad por provenir muchos de sus productos de un país con una proyección internacional de calidad muy deteriorada.

Este blanqueamiento, si bien es legal, repetimos, genera a nuestro entender una serie de problemas con los consumidores, aunque estos los pasen muy a menudo por alto pues el dominicano promedio es poco exigente con los requisitos legítimos que deben recibir a la hora de comprar.

El primero es que las marcas de distribuidor, las de los supers, limitan la entrada a las marcas de los fabricantes para beneficio de las suyas y, por lo tanto, reducen las opciones de selección a los consumidores. Muchos productos de los fabricantes que antes abundaban en las góndolas ahora escasean o están de vacaciones permanentes. Durante veinte años he llevado la publicidad de una gran marca de alimentos de renombre mundial y conozco bien las limitaciones y trabas que tienen muchas marcas reconocidas, sobre todo internacionales, para introducirse en los grandes supermercados locales; estas dificultades reducen las opciones de compra para los consumidores.

También las importantes diferencias de precios que exhiben los productos del distribuidor con respecto a marcas del fabricante en ocasiones hacen crear dudas sobre su calidad. Estamos seguros de que muchos de los productos de los primeros, los distribuidores, serán de buena y muy buena calidad, pero la regla mental y la percepción aprendida en la larga carrera de la vida es que lo barato no es tan bueno como lo caro. Mercedes es mucho más costoso, pero mejor que Skoda y muchísimo mejor que Zastava. De manera personal, en alimentos prefiero marcas reconocidas aunque su precio sea mayor. Con el estómago, el hígado y los intestinos no se juega.

Más importante aún es el sistema de conocer el fabricante. Hasta ahora no hemos encontrado ni una sola marca de distribuidor que diga quién es el fabricante; los supermercados se limitan a poner: «País de origen: Turquía, Letonia, Italia, China, España, Trinidad y Tobago, Túnez» y otros, a manera de sello de garantía de calidad, como si en esos países no hubiera fabricantes que elaboran productos mediocres, malos o pésimos. Si los supers no ponen quién es el que fabrica nos hacen pensar —o mejor dicho, malpensar— que no quieren que lo sepamos. Por algo será. Si uno consume corn flakes quiere saber quién es el fulano o mengano que los hizo. Así de sencillo.

Otro asunto aún más grave es en el renglón alimenticio: el registro sanitario, tan necesario, que es obligatorio por ley. Uno no los ve en esas marcas de distribuidores ni por los centros de espiritistas, nada; esa línea queda en blanco y algunos, muy astutamente, ponen «en proceso», y ya sabemos que los procesos, si es que son verdad, en este dulce patio nuestro pueden durar eones, que son miles de millones de años. O sea que consumimos productos que no sabemos quién los hace y además no tienen las garantías sanitarias exigidas por la legislación vigente. Vamos bien. De maravilla. Y además entendemos que deberían mostrar no uno sino dos registros sanitarios: el del país de origen, porque si no lo tienen asimismo son sospechosos, y además el de República Dominicana, para rematar que no haya duda alguna.

Hace unos días un organismo con un curioso nombre que ahora no recuerdo, y que es del litoral de Proconsumidor, anunciaba que iba a intervenir en esos asuntos sanitarios. ¿Ahora? ¿No han tenido tiempo de abordar tan importante asunto en todos estos años? ¿Tan difícil era mirar las etiquetas o los envases y contrastar si de verdad están registrados de manera oficial? Pues ya saben dónde hay centenares de casos donde ponerle el cascabel al gato. ¿Serán capaces? Pues los gatos son muchos y muy grandes.

Los consumidores merecemos ser respetados. En las cajas de los supermercados, al pagar, miran y chequean uno por uno nuestros billetes, un acto de comprensible desconfianza, y nosotros, en otro acto de también comprensible desconfianza, deberíamos mirar los productos que compramos, uno por uno, y si no están debidamente identificados con los requerimientos anteriormente expuestos, deberíamos devolverlos.

Pero en el país de las mil fritangas, puestos callejeros de comidas, friquitakis, marchantas silvestres y demás sancochadores y freidores de carnes, víveres y bacterias, eso por ahora es como pedirle peras al olmo. Así que olmos tranquilos, sigan dando buena sombra; por ahora y por mucho tiempo no se las van a pedir. Y señores supers, pónganse claros, porque cuando no hay claridad aparece la oscuridad y eso levanta sospechas. Y muchas.

Sergio Forcadell

Publicista

Nacido en Barcelona. Catalán hasta los dientes y Publicista desde mucho antes de nacer. Candidato al Premio Nobel de la Literatura Mordaz y Pendeja.

Ver más