Hay formas de corrupción que deterioran la economía, otras que erosionan la política y algunas que, de manera silenciosa, comprometen la vida misma. Cuando los recursos sustraídos pertenecen al sistema de salud pública, la corrupción deja de ser un problema administrativo o jurídico para convertirse en un caso límite del Estado: una frontera ética que no admite ambigüedades.

Lo ocurrido recientemente en el tribunal, en torno al caso SeNaSa, no debe leerse únicamente como un episodio judicial más. El proceso —con sus medidas de coerción, su lenguaje severo y la reacción social que ha suscitado— constituye un momento de visibilidad institucional. No es el origen del problema, sino el punto en el que una serie de fallas acumuladas se vuelven imposibles de ocultar.

Los tribunales no producen corrupción; la revelan. Llegan cuando los mecanismos preventivos han fallado y cuando la corrección interna ya no fue posible. En ese sentido, la audiencia celebrada no inaugura el caso SeNaSa: lo expone. Que un juez haya utilizado expresiones como “traición” o “crueldad” no es un recurso retórico aislado; es la constatación de que se trata de decisiones que afectaron la capacidad del Estado para garantizar un derecho fundamental.

En una institución como SeNaSa, los recursos no son cifras abstractas. Están destinados a sostener cobertura médica para miles de dominicanos de ingresos limitados. Cada peso mal utilizado no es solo una irregularidad contable: puede traducirse en una consulta que no se realiza, un medicamento que se retrasa o una familia que enfrenta incertidumbre frente a una enfermedad. Cuando la corrupción toca el sistema sanitario, el daño no es simbólico: es humano.

En todo sistema democrático existen advertencias, debates y cuestionamientos. Forman parte de la vida institucional. Sin embargo, lo que define la solidez del Estado no es la existencia de alertas, sino la capacidad de procesarlas con rigor y actuar con transparencia. La apertura de un proceso judicial no es suficiente. Y por eso, lo que espera la sensatez es que el Estado esté resuelto a sostenerlo hasta sus últimas consecuencias. La lucha contra la corrupción no puede ser selectiva sin dejar de ser lucha.

En contextos de alta sensibilidad social —como la salud—, el liderazgo no se mide por declaraciones, sino por decisiones verificables. Permitir que la justicia actúe es necesario. Garantizar que las investigaciones avancen sin privilegios, que las responsabilidades se individualicen y que los recursos sustraídos regresen a su función original es indispensable.

En su reciente intervención ante la Asamblea Nacional, el presidente afirmó que continuará la lucha contra la corrupción “cueste lo que cueste”, recordando su compromiso moral ante la memoria de su padre y ante Dios. Esa afirmación no pertenece únicamente al terreno simbólico. Introduce un parámetro de coherencia. Decir que la lucha seguirá “cueste lo que cueste” implica aceptar que habrá costos políticos y administrativos. La verdadera prueba de esa determinación no aparece cuando el señalamiento es cómodo, sino cuando las decisiones generan incomodidad y exigen firmeza.

La credibilidad institucional no se construye proclamando principios, sino sosteniéndolos cuando resultan exigentes. Un Estado no se fortalece por anunciar investigaciones, sino por cerrarlas con verdad, justicia y reparación.

La reacción social frente al caso SeNaSa tampoco surge de la nada. Es heredera de un aprendizaje colectivo. Desde la Marcha Verde hasta la Plaza de la Bandera, la ciudadanía desarrolló una memoria activa frente a los abusos de poder. Esa memoria no siempre se expresa de forma ruidosa, pero permanece alerta cuando percibe que se vulneran bienes especialmente sensibles.

El verdadero desafío no está en la apertura del proceso, sino en su desenlace. Si este caso concluye con sanciones firmes, recuperación de fondos y ajustes que refuercen los mecanismos de supervisión, será una señal de madurez institucional. Si se diluye o se fragmenta en responsabilidades parciales, el costo para la confianza pública será profundo.

En salud pública, el tiempo perdido también tiene consecuencias irreversibles. Por eso, este no es solo un expediente judicial. Es una prueba ética del funcionamiento del Estado.

La historia no evalúa intenciones. Evalúa efectos.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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