Como he leído en el destacado escritor Plinio Chahín, la poesía de Mallarmé suscita preguntas sobre la existencia, el lenguaje y los límites de la creación. Esa lectura me invita a acercarme al poeta desde la filosofía. Mi interés parte de la interpretación de Sartre y desemboca en una inquietud propia: ¿qué podemos esperar de nuestras obras frente al olvido? ¿Cuántas personas dedicadas al saber encontramos en ese temor un impulso para la actividad intelectual? Quiero examinar si producir conocimientos permite justificar nuestra existencia o si pedimos a una actividad humana una garantía que no puede ofrecer.
Antes de detenerme en el prólogo de Sartre a las poesías de Mallarmé, sitúo esta pregunta en el desarrollo de su psicoanálisis existencial. En un capítulo personal de mi investigación actual, examino la preocupación ética que atraviesa su pensamiento. Su interés por comprender vidas particulares pertenece a ese recorrido: estudia cómo una persona vive condiciones que no ha elegido y cómo sus conductas expresan un proyecto cuya comprensión no equivale a justificarlo moralmente.
El proyecto tampoco es necesariamente un plan pensado de antemano. Como esta perspectiva no se limita a grandes figuras creadoras, me menciono como una persona cualquiera. Reconozco en mi vida una búsqueda persistente de libertad e igualdad en las relaciones, sostenida por el deseo de saber. No ofrezco un análisis completo de mi persona, sino un ejemplo de la orientación que puede vincular actividades diferentes.
El psicoanálisis existencial se desarrolla en discusión con Freud. Sartre comparte el interés por comprender las conductas, pero cuestiona su explicación mediante el inconsciente freudiano. Esto no significa que nos conozcamos completamente: podemos vivir un proyecto sin comprender reflexivamente cómo articula nuestras acciones. Hay antecedentes en los Diarios de guerra, escritos en 1939 y 1940, y una formulación sistemática en El ser y la nada, de 1943. No se trata de una técnica clínica institucionalizada, sino de un método filosófico para interpretar las conductas y comprender el proyecto singular que las articula.
El recorrido continúa con Baudelaire, publicado en 1947, San Genet, comediante y mártir, en 1952, y el texto sobre Mallarmé, de 1953. En Cuestión de método, de 1957, Sartre desarrolla el método regresivo-progresivo, que relaciona las condiciones familiares, sociales e históricas con la manera singular de asumirlas y superarlas hacia un proyecto. A ese recorrido pertenecen también Las palabras, de 1964, y los tres tomos franceses de El idiota de la familia, publicados entre 1971 y 1972. No he leído directamente esta última obra; sí el estudio de Mariano Arias de 2005.
Todavía manoseo y huelo los libros, y me gusta compartir mis alegrías de lectura. Sigo leyendo San Genet como saboreo dátiles y pistachos: con un placer profundo, ya no del paladar, sino del intelecto. Con dificultad, recorro visualmente sus líneas, aunque pudiera escucharlas mediante la inteligencia artificial. Desde ese interés por las vidas creadoras, cuyo estudio también puede ayudarnos a comprender a personas como ustedes o yo, regreso al Mallarmé de Sartre.
Me detengo en el texto breve utilizado como prólogo de Poésies, de Gallimard, en 1966, y recogido posteriormente en Situaciones IX. Es distinto del estudio extenso que Sartre dejó inconcluso. Raymond Jean comentó aquel prefacio en Le Monde en 1966 y destacó la relación entre lenguaje y condición humana. La lectura me permite filosofar y preguntar qué sucede cuando confiamos a una obra la tarea de justificar absolutamente nuestra existencia.
Sartre escribe: «Mallarmé ya no cree en Dios» (1973, p. 146). Sin embargo, interpreta que la poesía conserva una exigencia de absoluto. La dificultad consiste en reclamar una garantía después de haber rechazado su fundamento divino. No significa que toda persona no creyente busque sustituir a Dios mediante una obra: se examina un proyecto particular.
Aquí distingo entre elegir un proyecto que dé sentido a nuestra vida y afirmar que nuestra existencia tenía necesariamente que producirse. Enseñar, escribir o luchar por la igualdad puede orientar nuestra vida, pero no demuestra que nuestro nacimiento fuera necesario. La gratuidad de la existencia, entendida como contingencia y ausencia de un fundamento que la haga necesaria, tampoco significa que la vida carezca de valor.
La tensión aparece cuando Sartre atribuye a Mallarmé la conciencia de «la absoluta vanidad y la íntegra necesidad de su obra» (1973, p. 150). Vanidad no significa aquí orgullo por una creación grandiosa: señala la inutilidad de la pretensión de abolir absolutamente el azar. La necesidad remite al orden que la poesía intenta construir frente a él. Dicho de otra manera, en esta interpretación, Mallarmé aspira a una obra que alcance lo absoluto: que transforme en un orden necesario aquello que en la existencia se presenta como fortuito. No se trata solamente de escribir una gran obra, sino de pedir a la poesía una justificación que la existencia, por sí misma, no proporciona. Pero la creación no puede garantizar esa superación del azar. El fracaso de aquella aspiración no elimina el valor de lo realizado. A partir de esta tensión planteo mi propia inquietud sobre el olvido: ¿no pedimos también una garantía imposible cuando esperamos que nuestra obra asegure la permanencia de nuestro nombre y justifique así nuestra existencia? ¿Por qué exigirle que nos salve del olvido para reconocer sus aportes?
No equiparo el proyecto de Mallarmé con una búsqueda de fama. Desde ese problema desarrollo mi propia reflexión sobre el reconocimiento presente y futuro. No cuestiono el deseo de recibirlo, sino la dependencia que puede convertirlo en condición del valor que atribuimos a nuestra obra y a nuestra vida. ¿Deseamos que perdure lo que ofrecemos o que nuestro nombre confirme nuestra importancia? ¿Cuánto hacemos depender de la aprobación de nuestros contemporáneos? ¿Cuándo el deseo de compartir se transforma en afán de engrandecernos?
Mi preocupación comienza antes del olvido: en el poder que concedemos tanto al reconocimiento actual como al juicio de la posteridad para determinar el valor de lo que hacemos. Podemos desear reconocimiento sin convertirlo en la condición para creer que nuestro esfuerzo ha valido la pena. Pero ¿cómo advertimos que hemos cruzado ese límite?
El prólogo relaciona la obra proyectada con una muerte accidental que impide realizarla. A partir de ese problema introduzco una distinción: el azar puede designar encuentros fortuitos entre acontecimientos que tienen causas; la contingencia significa que algo existe sin ser necesario. Una investigación puede alcanzar rigor sin convertir en necesarios el nacimiento de quien la realiza ni las circunstancias de su trabajo. Existo y he realizado aportes, aunque pude no haber existido. Su valor no transforma mi existencia en necesaria.
¿De qué depende, entonces, el valor de una obra? No hay un criterio único para todas. En filosofía podemos examinar el rigor de los argumentos, la claridad conceptual, la aportación al conocimiento y los problemas que permite comprender. Ni la fama demuestra por sí sola esas cualidades ni el olvido prueba su ausencia. Una obra puede dejar de circular sin que desaparezcan sus efectos en otras vidas.
Crear sentido tampoco permite dominar las condiciones futuras de recepción. Una obra necesita personas que la lean, la transmitan y la conserven. Quien escribe no puede decidir por ellas ni asegurar las circunstancias en que vivirán. Una persona puede morir y continuar siendo recordada; un libro puede conservarse y dejar de leerse. Son situaciones distintas que conviene no confundir.
El olvido, además, no depende exclusivamente del azar. Intervienen decisiones editoriales, instituciones educativas, desigualdades, exclusiones y esfuerzos de conservación. Trabajar para que una obra permanezca tiene sentido porque su transmisión requiere acciones. Desear que nos sobreviva puede expresar la esperanza de ayudar a otras personas. La exigencia se vuelve absoluta cuando esperamos que la duración de nuestro nombre demuestre que éramos indispensables.
Ahora bien, las dificultades de transmisión tampoco demuestran que lo creado carezca de valor. Una enseñanza puede seguir actuando sin que se recuerde quién la transmitió. La permanencia del nombre y la fecundidad de lo realizado no siempre coinciden. Podemos trabajar por la continuidad de nuestra obra sin convertirla en condición de todo valor. Como autora, filósofa y profesora, dejo abierta la pregunta: ¿cuánto de nuestro esfuerzo nace del deseo de comprender y compartir, y cuánto de la necesidad de que otras personas confirmen nuestra importancia?
Referencias
Arias, M. (2005). Sartre siglo XXI: Lectura materialista de L’Idiot de la famille. Eikasía. Revista de Filosofía, (1). https://doi.org/10.57027/eikasia.1.636
Chahín, P. (2026, 13 de octubre). Stéphane Mallarmé y la invención del silencio. Acento. https://acento.com.do/opinion/stephane-mallarme-y-la-invencion-del-silencio-9768770.html
Jean, R. (1966, 30 de abril). Sartre, Mallarmé et le langage. Le Monde. https://www.lemonde.fr/archives/article/1966/04/30/sartre-mallarme-et-le-langage_2697164_1819218.html
Sartre, J.-P. (1966). Préface. En S. Mallarmé, Poésies. Gallimard.
Sartre, J.-P. (1967). San Genet, comediante y mártir (L. Echávarri, Trad.). Losada.
Sartre, J.-P. (1973). El escritor y su lenguaje y otros textos: Situations IX (E. Gudiño Kieffer, Trad.). Losada.
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