Bajo el palio de un sol que no perdona, pero que bendice la fertilidad de sus surcos, San Juan de la Maguana ha dejado de ser el granero silencioso del sur para convertirse en un rugido de dignidad. No es solo una marcha; es el latido de una tierra que se niega a ser herida en su costado más vital. Las calles del "Granero del Sur" se tiñeron recientemente con el sudor de miles de hombres y mujeres que, con los pies firmemente hundidos en el polvo que les da la vida, elevaron una consigna que es, a la vez, oración y sentencia: “¡Agua sí, oro no!”.
El aire, denso por la determinación de un pueblo que conoce bien el valor de la cosecha, vibraba con la certeza de quienes saben que el progreso no se mide en onzas troy, sino en el flujo cristalino de los ríos que bajan de la cordillera. Para el sanjuanero, el agua no es un recurso, es el alma misma de su geografía; es el hilo de plata que borda el destino de sus hijos y la razón de ser de cada semilla que se rompe bajo el suelo para florecer en esperanza.
Sin embargo, desde las altas torres del poder administrativo, la respuesta llega con el frío lenguaje de la burocracia. El Gobierno ha optado por la cautela de los despachos, refugiándose en la espera de un "estudio de impacto ambiental y factibilidad" para definir su postura. Es una pausa que el pueblo interpreta como un silencio cómplice. Se nos habla de tecnicismos, de metodologías y de una "minería responsable" que, en el imaginario popular, suena a oxímoron, a una promesa tallada en humo.
El Valle lo sabe con la sabiduría vieja de los campos: esos estudios, a menudo financiados o impulsados por las mismas manos que buscan la concesión, suelen nacer con el veredicto escrito en sus márgenes. Para la comunidad, el resultado de estos informes es crónica de una muerte anunciada.
Saben que los papeles dirán que el riesgo es "manejable", que las sugerencias de mitigación serán "suficientes" y que el oro, ese metal inerte y codicioso, puede convivir con el agua que da la vida. Pero la fe del pueblo en la tinta de los expertos se ha secado. El pueblo sabe que, aunque el estudio sugiera medidas de responsabilidad, la naturaleza no entiende de contratos ni de mitigaciones cuando se le arranca el corazón a la montaña.
¿Cómo explicarle a un estudio de factibilidad el valor de la cuenca del río San Juan? ¿En qué columna de costos y beneficios se anota el aroma de la tierra mojada o la seguridad de que el agua que irriga los sueños del sur no será envenenada por el cianuro y la ambición?
La resistencia de San Juan de la Maguana no es una oposición al desarrollo, es una defensa de la supervivencia. Es la voz de un pueblo que ha decidido que su riqueza no se guarda en bóvedas, sino que corre libre por los canales de riego y se manifiesta en la soberanía de su agricultura.
La marcha en San Juan ha sido un bautismo de conciencia. Mientras el gobierno espera que un documento dicte lo que es éticamente evidente, la gente ya ha firmado su propio decreto en el asfalto y en el lodo. Han dicho que la vida no se negocia, que el futuro de las próximas generaciones no puede ser sacrificado en el altar del extractivismo.
San Juan de la Maguana hoy no solo siembra habichuelas; siembra dignidad. Y su mensaje es claro para quienes quieran escuchar: el oro puede brillar en la oscuridad de las minas, pero solo el agua es capaz de iluminar la vida. En este valle de resistencia, el veredicto ya ha sido dictado por la historia y por la sed: el agua es sagrada, y el pueblo, su eterno guardián.
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