Las Antillas han sido escenario de algunas de las gestas revolucionarias más radicales de la modernidad. Dos de ellas —la Revolución Haitiana, culminada el 1ro de enero de 1804, y la Revolución Cubana, triunfante el 1ro de enero de 1959— comparten una fecha simbólica y, asimismo, un destino trágico: ambas inauguran una esperanza histórica sin precedentes y ambas desembocan, con el paso implacable de Cronos, en formas memorables de empobrecimiento, desencanto, agobio y agonía.

La literatura, lejos de celebrarlas de manera acrítica, ofrece dos meditaciones mayores sobre el sentido de estos acontecimientos históricos.  El reino de este mundo (1949), de Alejo Carpentier, y The Old Man and the Sea (1952), de Ernest Hemingway, funcionan como reflexiones profundas sobre un heroísmo que no logra traducirse en reconocimiento digno y justo de los pueblos, ni en bienestar social sostenible y ni siquiera en una referencia simbólica incontrovertible.

Aunque distintas en estilo y contexto, ambas obras permiten leer el 1 de enero antillano no solo como un comienzo, sino como una paradoja sin fin.

Haití: la revolución absoluta y el reino de la desolación

La Revolución Haitiana fue la más radical de la modernidad: esclavos que derrotan imperios y fundan un Estado libre. Un acontecimiento histórico, sin duda. La justicia parece consumarse. Sin embargo, los caminos de la historia son enrevesados. El nuevo país queda atrapado en una espiral de aislamiento, deuda, violencia política y pobreza estructural, como si su independencia hubiese inaugurado una modalidad ontológica de insolvencia nacional.

En ese contexto, Carpentier construye su novela no desde el instante del triunfo, sino desde su resaca histórica. A través de Ti, Noël, el pueblo observa cómo el poder cambia de manos sin cambiar de lógica. Su comprensión final resulta devastadora:

“Y comprendía, ahora, que el hombre nunca sabe para quién padece y espera”. 

La frase no es metafísica: es histórica.

Ti Noël constata que el sufrimiento persiste bajo nuevos regímenes. Toussaint Louverture restablece el trabajo forzado; Henri Christophe erige un reino sostenido por el látigo. La independencia no desemboca en justicia material. La revolución triunfa, pero el pueblo permanece atrapado en el “reino de este mundo”: ese espacio donde la grandeza política no garantiza la dignidad cotidiana, sino un incesante repertorio de desdichas.

Carpentier lo formula con claridad casi doctrinal al cierre de su obra:

“La grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es.”

La frase no celebra el poder, sino una resistencia ética que, aun siendo admirable, resulta insuficiente para redimir a una sociedad entera.

Así, Haití entra al siglo XIX libre y empobrecido; se adentra en el XX del mismo modo y podría añadirse que persiste en el XXI en condiciones aún más precarias, con la única expectativa —por ahora— de una nueva intervención extranjera.

Ese mundo —el histórico, el político— no es el de la redención, sino el de la repetición.

Hasta prueba en contrario —sin negar que exista lo que todavía no acaba de llegar—, el Haití posterior a 1804 confirma la intuición de Carpentier: una revolución puede ser moralmente justa y, aun así, fracasar en producir una vida digna. Heroica e infeliz, la población enfrenta la adversidad y persevera entre culpas persistentes y reconciliaciones siempre huidizas.

Cuba: la epopeya prolongada y la presa devorada

El 1ro de enero de 1959, Cuba irrumpe en la historia con una épica comparable. La caída de Batista, la entrada de los barbudos en La Habana y el liderazgo de Fidel Castro generan una esperanza de alcance continental. Como en Haití, se trata de una revolución de los excluidos contra un orden tan corrupto como dependiente.

The Old Man and the Sea, escrita pocos años antes, no habla de revolución. No obstante, su estructura simbólica permite una lectura sorprendentemente afín. Santiago, viejo pescador cubano, logra capturar un marlin gigantesco tras una batalla titánica. Es una victoria real, heroica. Sin embargo, durante el regreso, los tiburones devoran el pez hasta dejar solo su esqueleto.

En su momento de mayor lucidez moral, el pescador afirma:

“But man is not made for defeat. A man can be destroyed but not defeated.”

Es decir: “El hombre no está hecho para la derrota; puede ser destruido, pero no derrotado”.

La metáfora es poderosa. La gesta y el heroísmo existen, son indiscutibles; pero —como suele ocurrir en los asuntos humanos— ello no garantiza la conservación de sus frutos.

La Revolución Cubana, como el viejo pescador, resiste, persevera, no se rinde. Pero en su negativa a soltar el pez —a soltar el poder, a reformarse, a corregirse— termina aferrándose a un símbolo vacío.

El proyecto revolucionario conserva su forma, su retórica y su mito fundacional; sin embargo, en ese prolongado trayecto pierde la capacidad de alimentar, material y espiritualmente, a la población y, con ella, a todo un continente de irredentos.

Hemingway insiste en el carácter solitario de esa resistencia:

“He was rowing steadily and it was no effort for him since he kept well within his speed.”

Que, traducido al castellano, significa: “Remaba con firmeza y no le suponía ningún esfuerzo, ya que se mantenía dentro de su velocidad.

Santiago continúa, aunque ya no exista ganancia posible. La obstinación es, al mismo tiempo, virtud y condena. Del mismo modo, el proyecto revolucionario cubano se prolonga más allá de su eficacia histórica, aferrado a una ética del sacrificio que le impide soltar el pez antes de que sea devorado por los tiburones.

No obstante, como Santiago, la revolución cubana está exhausta. Es digna, incluso altiva, pero llega al final de la faena empobrecida y dependiente de seres más estoicos que revolucionarios.

Se proclama un pueblo libre, con independencia de las circunstancias; pero su libertad es tan abstracta que apenas transforma la vida concreta. Su credo sigue siendo el de siempre: todo puede perderse, excepto el pensamiento ‘revolucionario’.

En lo que respecta a las gestas revolucionarias, pocos admiten que su ciclo vital pueda concluir como el del Quijote: aquel otro hijo de la literatura universal que recorrió la Mancha deshaciendo entuertos, antes de recobrar la cordura al final de sus días.

Dos literaturas, una advertencia

La diferencia entre Hemingway y Carpentier es crucial. El primero escribe desde la contención ética: su héroe es destruido sin ser deshonrado. El segundo, en cambio, lo hace desde la sospecha histórica: su revolución triunfa sin volverse justa.

Ambos coinciden en lo esencial: el heroísmo no garantiza el bienestar, la obstinación puede convertirse en una forma de ceguera.

En Haití, la revolución devora a sus hijos mediante el poder. En Cuba, el tiempo despedaza a la revolución misma. En ambos casos, el resultado es similar: estructuras imponentes —palacios, fortalezas, discursos, consignas— sostenidas por la precaria vida cotidiana de sus poblaciones.

Los monumentos de Henri Christophe y el esqueleto del pez de Santiago son imágenes hermanadas por la ilusión: grandeza visible, vacío material, miseria compartida y honor simbólico.

Que ambas revoluciones culminen un 1ro de enero no es un detalle menor. El inicio del año simboliza el comienzo absoluto, la tabla rasa, la promesa de un mundo nuevo, incluso de una vida nueva. A pesar de lo cual, las Antillas mayores parecen condenadas a transformar ese inicio en la liturgia inofensiva de un mito gastado.

Tanto en Haití como en Cuba, el relato revolucionario se vuelve intocable y el valor de la gesta, dogmático. Cuestionarlo equivale a traicionar el origen. La literatura, más libre que el discurso político, se atreve a formular la pregunta censurada: ¿qué valor tiene una revolución que no mejora la vida concreta de la gente?

Por supuesto, ni Carpentier ni Hemingway niegan la grandeza del gesto inicial. Pero ambos muestran que la dignidad simbólica no sustituye el sustento cotidiano, ni la historia absuelve a fuerza de retórica o buenas intenciones.

Las revoluciones antillanas comparten, así, una misma estructura trágica: nacen como rupturas absolutas y terminan como sistemas encerrados en sí mismos. La literatura no las ridiculiza; las humaniza al mostrarlas en su límite.

El viejo sigue soñando con leones. Ti Noël continúa caminando bajo nuevos amos. Y el 1ro de enero, en las Antillas, seguirá siendo una fecha donde la esperanza y la tragedia renacen aunadas: una liberación política que no logra abolir las jerarquías sociales ni garantizar una vida más próspera y sostenible para “los de abajo”.

En conclusión, en Haití la tragedia es inmediata; en Cuba, progresiva. En ambos lares antillanos, la repetición convierte la fecha fundacional en un mito exhausto, mientras la realidad se apaga lentamente.

Carpentier lo comprendió al mostrar que el poder revolucionario, una vez instalado, reproduce el abuso. Hemingway lo intuyó al mostrar que la victoria moral nunca reemplaza a la presa.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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