Casi todos recordamos la primera vez que una palabra nos dolió más de lo que esperábamos: en el patio de la escuela, en la esquina del barrio, o dentro del propio hogar, cuando una frase repetida terminó sustituyendo el nombre por una etiqueta. "El gordo", "la flaca", "el negro", "el cuatro ojos", "el bruto". Casi nunca se pronunciaban con intención de destruir a alguien. Sin embargo, muchas de esas palabras sobrevivieron más tiempo que quienes las dijeron, y permanecieron silenciosamente en la memoria de quien comenzó a preguntarse si aquella palabra describía solo una característica o si, en realidad, decía quién era.

Ese mecanismo no desaparece con los años; solo cambia de escenario. Se repite en el trabajo, cuando alguien deja de ser reconocido por su nombre para convertirse en "el problemático". Aparece en la iglesia, donde una persona termina siendo recordada más por un error pasado que por su propio nombre. Se instala incluso en el matrimonio, cuando una debilidad repetida deja de verse como una lucha compartida y comienza a definir a la persona.

Nombrar no es solo distinguir a alguien de los demás; el lenguaje rara vez es neutral. No solo identifica: también interpreta. Y cuando una palabra se repite durante años, termina reduciendo una vida compleja a un único rasgo. Dejamos de ser alguien que atraviesa una dificultad para convertirnos en "el difícil"; dejamos de ser alguien que experimentó un fracaso para convertirnos en "el fracasado". La experiencia deja de ser un episodio y comienza a ocupar el lugar de la identidad.

Es ahí donde el sufrimiento encuentra uno de sus caminos más silenciosos. No necesita inventar un lenguaje nuevo; le basta aprovechar uno que ya conocíamos. Toma una pérdida, una enfermedad, un fracaso, y procura convertirlos en el nombre con el que comenzamos a comprendernos. El problema ya no consiste únicamente en sufrir, sino en permitir que una circunstancia ocupe el lugar desde el cual interpretamos toda nuestra vida.

No deja de ser significativo que Paul Ricoeur describiera la identidad humana como una identidad narrativa: no comprendemos quiénes somos únicamente por lo que vivimos, sino por la historia mediante la cual interpretamos lo vivido. Toda vida necesita un relato, y todo relato necesita una voz que lo cuente. La cuestión decisiva es saber qué voz terminará interpretando la nuestra.

Podría pensarse que se trata de un simple proceso psicológico. Pero el verdadero conflicto no es que el sufrimiento cambie nuestra percepción de la realidad, sino que pretende ocupar un lugar que no le corresponde: el de interpretar quiénes somos. Sin hacer ruido, el dolor deja de narrar una experiencia y comienza a pronunciar un juicio sobre la persona. Es ahí donde surge la pregunta que atraviesa este ensayo: ¿quién tiene realmente autoridad para decir quién soy?

Ese proceso casi nunca ocurre de manera consciente. Nadie decide una mañana llamarse fracasado o incapaz; es un lenguaje que se instala lentamente. Cada decepción añade una palabra, cada herida modifica discretamente la forma en que interpretamos nuestra historia, hasta que dejamos de discutir con esa voz porque comenzamos a confundirla con la verdad.

La pregunta deja entonces de ser psicológica para volverse una cuestión de autoridad. Si las palabras terminan modelando la identidad, ¿quién tiene derecho a pronunciarlas: la experiencia, el fracaso, la opinión ajena, ¿o existe una voz con mayor autoridad que todas ellas? Resulta significativo que la Escritura no responda con una definición, sino con una escena.

Después de luchar toda la noche, Dios se dirige a Jacob con una pregunta inesperada: «¿Cuál es tu nombre?» (Gn. 32:27). La escena desconcierta. Dios no necesita información; conoce perfectamente quién tiene delante. Entonces, ¿por qué preguntar? La primera palabra que Dios dirige a Jacob aquella noche no es una promesa, sino una pregunta: antes de hablar sobre el futuro, lo conduce a pronunciar el nombre bajo el cual ha vivido hasta ese momento.

La respuesta parece sencilla: «Jacob». Pero esa palabra encerraba mucho más que un dato de identificación. Era la historia de un hombre que había confiado demasiadas veces en su propia astucia, que había engañado a su hermano y huido de su pasado, y que ahora regresaba cargando el peso de su propia historia. Al pronunciar su nombre, Jacob no informaba a Dios quién era: confesaba desde qué historia había aprendido a comprenderse.

Solo entonces Dios respondió: «No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido» (Gn. 32:28). Con frecuencia leemos este pasaje como si el centro fuera el cambio de nombre. Pero quizá el verdadero centro sea otro: Dios no borra el pasado de Jacob ni elimina sus consecuencias. Lo que cambia es la autoridad desde la cual esa historia será interpretada — no porque Jacob la haya merecido, sino porque esa autoridad nunca dependió de sus méritos. Ahí está la gracia: no en borrar el pasado, sino en negarle a ese pasado el derecho de tener la última palabra.

Todos llegamos, tarde o temprano, a nuestro propio Jaboc: no siempre junto a un río, pero sí luchando con las palabras que otros pronunciaron sobre nosotros y con las que nosotros mismos terminamos creyendo. "Soy un fracaso". "Ya no sirvo". "Mi historia quedó marcada para siempre". Lo más peligroso no es haber sufrido, sino permitir que el sufrimiento ocupe un lugar que nunca le perteneció: el de interpretar quiénes somos.

El Nuevo Testamento lleva esa misma pregunta hasta su máxima profundidad. Antes de iniciar su ministerio, Jesús desciende a las aguas del Jordán para ser bautizado. Todavía no ha realizado ningún milagro ni llamado a un discípulo. Aun así, se escucha una voz del cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mt. 3:17). Esa declaración no describe lo que Jesús hace, sino quién es. El Padre no espera el éxito del Hijo para declararlo amado, porque esa identidad no nace en el Jordán: nace en la eternidad y allí simplemente se hace audible. La filiación antecede al ministerio; la identidad precede a la prueba.

Por eso Getsemaní ocupa un lugar tan decisivo. Ahí, aquella palabra pronunciada en el Jordán queda envuelta por circunstancias que la contradicen: el Hijo amado será traicionado, abandonado, juzgado como blasfemo y condenado como un criminal. Todo parece negar la declaración del Padre. Pero el Evangelio muestra algo extraordinario: en Getsemaní no cambia la identidad de Jesús; cambian las circunstancias en las que esa identidad debe permanecer. La cruz no tiene autoridad para renombrarlo. Lo único que hace la prueba es confirmar la fidelidad de Jesús a la palabra que ya había recibido del Padre. Las circunstancias pueden herirnos y cambiar el rumbo de nuestra historia, pero nunca poseen el derecho de pronunciar la última palabra sobre nuestra identidad. El lenguaje no solo comunica; también forma: por eso una palabra repetida durante años termina convirtiéndose en la manera en que alguien se comprende a sí mismo.

Vivimos en una cultura que nombra con rapidez y comprende con lentitud. Reducimos a las personas por su apariencia, sus errores o sus fracasos, y convertimos una característica en identidad y un episodio en biografía. Lo verdaderamente peligroso no es que existan esas voces, sino concederles la autoridad para decir quiénes somos.

La Escritura propone un camino distinto. Jacob descubre que su pasado no tiene la última palabra; Jesús atraviesa Getsemaní sin permitir que el sufrimiento contradiga la voz del Padre. En ambos casos, la identidad permanece sostenida por una palabra anterior a las circunstancias: antes que nuestras heridas, antes que nuestros logros y antes que nuestros fracasos, existe una palabra de Dios que nos llama y nos conoce.

Por eso, después de toda pérdida, de toda decepción y de toda noche oscura, la pregunta decisiva no es cuánto tardará en terminar el sufrimiento. La verdadera pregunta es otra: ¿qué voz tendrá autoridad para interpretar mi vida? Porque, al final, todos terminamos viviendo de acuerdo con la voz que reconocemos como verdadera. Quizá la esperanza cristiana consista en aprender a escuchar, por encima del ruido de las circunstancias y de las etiquetas que el mundo impone, la única voz que tiene autoridad para decir, con verdad, quiénes somos.

 

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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