El desafío que viene perfilando el país año tras año no parece nada halagüeño. La presión económica, el cinturón de pobreza asfixiante en las principales ciudades del país, la delincuencia galopante, la falta de esperanza, el aburrimiento existencial, son algunos de los puntos oscuros de nuestra sociedad hoy en día.
Desde que tengo uso de razón, la misma situación se repite una y otra vez. Corrupción, falta de institucionalidad, gobiernos sin credibilidad, campañas políticas repletas de mentiras. Pareciera que el tiempo y las circunstancias están orbitando y detenidas por décadas en nuestra latitud, y también que se extiende más allá de ella.
A mi corta edad, mientras compartía el exilio de mi padre, percibí los problemas acuciantes, además de peligrosos y preocupantes, que acontecían en esta pobre isla desde la lejanía. Para mí era como una especie de monstruo que se nos venía encima, o una gran sombra que cubría los problemas nacionales. Y así, entre esos temores y miedos transcurrió mi niñez, mi pubertad y mi adolescencia, una vez nos trasladamos a la República Dominicana.
Ya adulta, y en el proceso de 50 años de vida consciente, aparte de participar indirectamente de las luchas internas de esta sociedad, herencia del oficio de mi padre, desde su temperamento, su pasión por el país y su entrega incondicional por los mejores intereses de esta tierra que lo vio nacer, así convivimos con él. Convertimos en tarea propia la reivindicación de los derechos de todos los dominicanos, como él bien hizo a lo largo de su probada vida. Muy a pesar de tener una gran familia a sus espaldas, a expensas de arriesgar su vida, solo la muerte detuvo su queja y su crítica en defensa del país.
También tuve la dicha o desdicha de criarme en un ambiente cargado de información y crítica, en el que las noticias, antes de que llegaran a los medios, irrumpían en el seno familiar. Temas de manejo adulto, todo lo cual induce a reflexionar acerca de qué ha pasado después de tantos años.
Lo antes dicho no habrá valido de nada si mi paso por la vida no ha producido ningún cambio. Desde mi infancia, situación que arrastramos hasta el presente, advertí que los problemas fundamentales del país siguen siendo los mismos. Su vigor hacia lo catastrófico, hacia el abandono absoluto de los valores fundamentales, de las instituciones y, en consecuencia, del pueblo mismo, son tan actuales como entonces.
¿Cómo se puede sostener en el tiempo una sociedad en semejante situación? No alcanzo a darme cuenta de hacia dónde nos dirigimos en estos momentos, o si es esto lo que queremos como nación. Los gobiernos, desde la instauración democrática hasta el presente, han fracasado, con excepción de los gobiernos del Dr. Leonel Fernández, con obras de verdadera importancia como legado. Pero aún nos encontramos a medio camino de la necesaria consolidación de un sistema de derechos y bienestar de nuestra gente, con sentido de totalidad.
En las principales ciudades de nuestro país podemos percibir alguna apariencia de progreso. La monumental infraestructura del paisaje urbanístico, incluidos los polos turísticos, diríamos que, a simple vista, estamos ante un país de primer mundo, o poco menos. Un lamentable cascarón de varilla y cemento propicio a la vanidad y a la falsedad. Esta apariencia de opulencia desmedida cae en picada abierta y abismal cuando sabemos que no es sustentada por nuestros ciudadanos comunes y corrientes que ganan salarios mediocres, sin ser justificable a pesar de grados académicos alcanzados. Considero que todos estos nuevos escaparates de ostentación siniestra sirven para profundizar y dividir a la población dominicana cuando la brecha se hace cada vez más grande y la posibilidad de abandono y no retorno por una buena parte de nuestros profesionales y talentos a la nación. Se trata cada vez más de una decisión a tomar por parte de nuestros jóvenes. ¿Quién financia la monumental fachada de metrópoli que exhibimos?
Un país, con una estructura política fundamentada en nuestra carta magna valiente y hermosa, acompañada de innumerables instituciones creadas para el derecho y bienestar de todos los dominicanos, es para que amemos con devoción nuestra tierra. Para que nos sintamos orgullosos como los que más de nuestros aciertos fundacionales. Si nos comparamos con nuestros vecinos, se advertirá cuán grande es la ventaja que les llevamos como nación.
Ahora bien, ¿de qué nos sirve todo ello si nada se pone en práctica de manera cabal? Aparte de ello, nosotros no hemos sido capaces de valorar y reconocer todo lo que nos ha costado constituir y establecer este estado político, sin resultados reales a pesar de las luchas y de la sangre derramada. Eso sí, tenemos un gran aparataje de mentiras, falsedades, engaños, estafas y fraudes. ¿Qué esperamos?
Hemos estado dominados por distractores para convertirnos en verdaderos rebaños de carnes con ojos. Hemos sido condicionados para estar a la orden. Prestos para consumir productos que atestan en los escaparates y nos colocan frente a nuestros ojos 24 horas al día por doquier. Los meses y los años los pasamos entre necesidades y deseos motivados por la publicidad, privada o institucional, de esas agendas elitistas. La idea es que solo pensemos en codiciar.
Este fenómeno expresa un momento posmoderno. El rey Midas hace su aparición. Luego nos pasamos la vida metidos en cuatro paredes, empeñados en producir un poco de dinero, para mantenernos, y pagar, pagar y pagar deudas hasta llegar a nuestro cansancio y nuestra vejez. En este momento, la vida cobra nuevos sentidos, nuevos espacios para la reflexión. En suma, para enterarnos de cómo no pudimos disfrutar del amanecer, del ocio, del río, del mar. ¡De cuánta vida malgastada hay en este diseño de producción sin propósito trascendente!
Nos instalamos durante horas, eternas jornadas a veces, a trabajar, a consumir retazos, o años de nuestras vidas que ya nunca volverán, en un esfuerzo de más ostentación. Jamás se nos ocurrió siquiera pensar en la calidad de vida o en las condiciones mínimas para un retiro digno. ¿Quién tiene más, quién quiere más?
Nos encontramos desbordados por tantos distractores, frente a un diseño que incluye la complicidad con los administradores de la cosa pública de turno, de cualquier parte, para que todo el entramado mundial armonice, acorde con los dictámenes del momento, de la mano también de las marionetas a cargo.
La apatía de la población es una de las más fatales conclusiones. Somos como desechos humanos inanimados que luego pasan al gran vertedero de muertos. Sin protección de lo más elemental, como la salud, los cuidados, la alimentación, entre otros. Obligatoria condición que debe solventar nuestro gobierno, puesto que son recursos pagados por adelantado con nuestros impuestos: violentados, secuestrados y arrebatados por unos pocos. ¿Cuándo vamos a parar, cuándo diremos basta, la conciencia, sí, qué lugar ocupa en nuestra mente?
Estamos cansados, más que cansados, y creo que eso quieren, que seamos seres sin almas, agotados, manipulados, desmoralizados, desesperanzados, hasta dejarnos sin fe, morir antes de morir. Empoderarnos es lo que exige esta época, nadie pensará en el rebaño abandonado que somos. Nuestros distractores creen que ya nos tienen entretenidos, que somos un montón de tontos, y que el dinero, el poder, pueden más que ninguna otra voluntad. Nos hemos quedado huérfanos de ciudadanos, de académicos, de artistas. Estamos ausentes de nuestro compromiso fundamental de cuidar o custodiar nuestra nación.
Pareciera que estamos en los umbrales de un fin de sistema o de era. Vemos un panorama-mundo, dando tumbos, que ha fracasado en cuanto a resultados en el tiempo, como derechos humanos y calidad de vida, propósitos elementales de todos los seres humanos que habitan la tierra. Fueron ilusiones teóricas y lo siguen siendo, porque los ejemplos de fracasos saltan a la vista. ¿Sería justo y loable volver atrás? La humanidad está dirigida por grandes empresas y corporaciones. Rinden culto al dios dinero; y en su nombre, realizan todo tipo de guerras y extorsiones. Los terrícolas deberíamos plantearnos gritar de un ¡basta ya! Un gran movimiento desde cada una de las naciones estafadas y dañadas. Replantearnos nuestra existencia en el planeta, pues salta a la vista que no vamos bien.
En los años que llevo siendo consciente nunca he percibido un momento de paz ni en el país, como dije al principio, ni en el mundo. Hágase usted la pregunta: la paz, ¿es una utopía, en el sentido de ser algo inalcanzable para la humanidad? En nombre de la paz se hace la guerra; y en nombre de la guerra, volvemos a hacerla. ¿Dónde nos encontramos? Desde nuestro país la juventud tendrá que salir del mutismo en que se encuentra. Salir de la bóveda de la internet y enfrentarse al mundo real, al menos si queremos todos tener un territorio donde no sintamos que somos extranjeros y podamos recordar con nuestros sentidos y corazón el terruño que nos acogerá siempre desde la memoria de determinados olores y sabores; y, ante todo, sentirnos verdaderamente en casa. No al abuso, a la guerra, a la mentira. Elevemos la voz por una cruzada por y para la paz.
Un pueblo que tolera políticos corruptos no es víctima, es cómplice. Cicerón
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