Una persona allegada a mí siempre vive cuestionando la felicidad, dice que son momentos. Creo que no. Podemos ser felices siempre si disfrutamos de esas pequeñas cosas cada momento del día.
Me pidió que escribiera sobre ese tema. Mi respuesta fue – escribe tú- es que muchas veces alguien me dice que escriba sobre tal o cual cosa, yo solo digo está bien, pero eso hace que me recuerde de una periodista que tiene un programa diario en un canal de YouTube que cuando alguien le sugiere temas que en realidad a ella no le interesan o piensa que no les interesa a sus seguidores, le contesta que por qué mejor no escribe él o ella.
Esta mañana, estando en mi azotea luego de regar las plantas, dar todas las vueltas que pueda caminando alrededor de mi jardín, hábito que he incorporado a mi rutina diaria, me senté en mi jaragán a meditar, pensé y me pregunté ¿soy feliz? Miré mi entorno y sí, lo soy.
Quien me conoce bien sabe que siempre he disfrutado de las cosas más simples, que no tengo ataduras, que la apariencia y apariencias poco me importan y he recordado unas anécdotas de mi vida.
Cuando yo era adolescente y que estaba en plena edad de presumir y llamar la atención, mi hermana Araceli me llevó de aquí, la capital, pues ya ella estaba en la universidad, un vestido de fiesta muy lindo; era largo de rayas verticales con una degradación de colores desde el burdeos hasta llegar al rosado. Entre línea y línea, unos hilitos casi invisibles dorados. Tenía diecisiete años y comenzaba a ir a todas las fiestas que ameritaban traje largo. Desde esa edad hasta los veintiún años asistí a todas con el mismo vestido, nunca fue para mí un problema el escoger, ya sabía con cuál iría. Siempre fui de las que más bailó, nunca me quedé sentada porque bailaba muy bien.
Cuando vine a la universidad mi mamá me había regalado un vestido que era de ella y que sabía me encantaba. Creo que por un año asistí a clases siempre con el mismo, lo lavaba por la noche para que amaneciera seco y volvía a lo mismo.
Mucha gente pensará que es una especie de locura, pero no, sencillamente no tenía problemas de vestir siempre la misma ropa, aunque el otro me cuestionara. Era feliz con eso.
En una ocasión mi papá vino a mi casa y no me encontró. Le preguntó a la joven que me ayudaba que dónde estaba; ella le dijo: "no se preocupe que ella está cerca pues anda en chancletas". Él que me conocía más que nadie le contestó: "¡qué le importa a esa irse a Nueva York en chancletas!".
Nunca ha sido para mí lo externo un problema, por lo que pienso… soy feliz.
Las ataduras, el apego, el esperar, la inconformidad, son las cosas que bloquean la felicidad. No nos hacen disfrutar del diario vivir.
Cuando estoy en mi jardín y hablo de él con tanta vehemencia cualquiera pensará que se trata del paraíso terrenal, que estoy rodeada del paisaje más hermoso que ojos humanos hayan visto como “a sigún” cuentan dijo el señor aquel. Pues no, desde ahí observo zincs oxidados por el tiempo, tinacos por doquier, matas de plátano, a lo lejos robles, mangos, aguacates y uno que otro árbol que no sé su nombre. Eso sí, lo disfruto porque tejo historias alrededor de ellos y adorno el entorno contando los periquitos, las palomas y los rolones.
No encuentro mayor felicidad que ver cómo cada mata florece, observar cada hoja que brota en mi incipiente colección de orquídeas y admirar las trinitarias, que siempre fueron uno de mis grandes deseos el poder tenerlas en casa, que se llenan de flores brindando un arcoíris de colores regalo del Creador.
No somos felices porque esperamos mucho del otro, la aprobación, el cariño, la atención y ¡no! La felicidad viene de dentro. Es valorar lo que tenemos.
No necesitamos tener grandes cosas, no ameritamos disponer de una despensa repleta de todo. Podemos ser felices cuando somos capaces de crear platos gourmets de los ingredientes más sencillos, de cantar y bailar con el palo de escoba mientras barremos, de hacer burbujas de jabón mientras fregamos la loza, de agitar el trapo de quitar el polvo mientras simulamos bailar una cueca, de mojarnos al descuido mientras lavamos las paredes.
La felicidad no nos la proporciona nadie, la forjamos dentro cuando disfrutamos de lo que tenemos, de eso que nos hace suspirar de alegría. La felicidad no nos la da la meta, sino el camino.
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