Como lo señalé la semana pasada, los enfrentamientos sobre cómo ajustar los desequilibrios externos se han repetido aproximadamente cada dos décadas desde la década de 1980; yo debería haber añadido las décadas de 1920 y 1960. Esta última terminó con el colapso del sistema de Bretton Woods de tasas de cambio fijas pero ajustables y, en última instancia, con un mundo de tasas flotantes (excepto en la eurozona). La primera década terminó con una depresión económica global y una guerra mundial y, por lo tanto, entre otras cosas, con la creación del sistema de Bretton Woods en 1944. Uno de sus frutos fue el nacimiento del Fondo Monetario Internacional (FMI), cuya función es ayudar a gestionar esos desequilibrios hoy en día.
¿Por qué es tan difícil y tan importante la gestión de los desequilibrios globales de la balanza de pagos? La respuesta breve es que se encuentran en la intersección de casi todo lo que importa en la economía y en la política mundiales: el poder nacional, el pleno empleo, la fortaleza industrial, la estabilidad financiera, las políticas fiscales y monetarias, y la gestión de las tasas de cambio. En resumen, dan forma a gran parte de las relaciones internacionales.
Nos encontramos ahora en una era «neomercantilista». La era mercantilista de los siglos XVII y XVIII —una época en la que los superávits comerciales se consideraban una medida de fortaleza económica— fue también una época de constantes guerras. En la actualidad, mientras el presidente de EE. UU. se reúne con el líder de China, los balances externos nuevamente son una poderosa fuente de fricción.
Las décadas de 1920 y 1930 fueron una lección práctica de cómo todo puede salir espectacularmente mal. Después de la Primera Guerra Mundial, EE. UU. se convirtió en la potencia económica dominante a nivel mundial y en el principal país acreedor. Esto generó fragilidad económica y financiera en los países socios. El Reino Unido volvió al patrón oro, con la paridad de antes de la guerra, en 1925. El resultado fue la deflación. En parte para ayudarlo, la Reserva Federal (Fed), bajo la influencia de Benjamin Strong, director de la Fed de Nueva York, flexibilizó la política monetaria en 1927. Esto, a su vez, amplió la burbuja bursátil y financiera estadounidense. La caída del mercado se produjo en 1929, la ley arancelaria Smoot-Hawley en 1930 y, en medio de la Gran Depresión, el ascenso de Adolf Hitler como canciller alemán en 1933.
La historia es particularmente aterradora. Pero también tiene ecos posteriores.
Uno de ellos es que los países con superávit no se encuentran en una posición tan dominante como podría suponerse. Una fuente de debilidad es que estarán sujetos a presiones (externas e internas) para expandir la demanda interna (como le sucedió a EE. UU. en la década de 1920) y así reducir la presión deflacionaria sobre sus socios. Eso fue exactamente lo que le sucedió a Japón en la década de 1980 y a China tras la crisis financiera de 2007-2009. En ambos casos, el resultado fue una burbuja inmobiliaria insostenible, la cual estalló como era de esperarse.
Alemania se encontró en una situación no muy diferente durante la crisis de la eurozona. Sin embargo, en el contexto de la unión monetaria, su opción era o bien financiar a los países afectados por la crisis o dejar que la moneda única se fragmentara. Alemania optó por lo primero, en parte a través de los llamados «saldos TARGET» —siglas en inglés que se traducen como «sistema automatizado transeuropeo de transferencia urgente para la liquidación bruta en tiempo real»— dentro de la unión monetaria: el Bundesbank se convirtió en un gigantesco acreedor.
La implicación es que los países con déficit, aunque aparentemente se encuentren en una posición más débil, también tienen poder. Sí, se les puede cortar el crédito. Pero los países con superávits estructurales de ahorro en vez de inversión y, por consiguiente, superávits externos (como China, Alemania y Japón) han construido sus economías en torno al exceso de oferta de bienes y servicios comerciables; perderlos repentinamente podría provocar una recesión. Los moralistas de los países con superávit se quejan del despilfarro de los países con déficit, pero los necesitan.
La dificultad radica en hallar países con déficit que no solo sean lo suficientemente solventes, sino que lo sean a una escala lo suficientemente grande. Numerosos países emergentes y en vías de desarrollo han recurrido al endeudamiento a gran escala. Pero, en su mayoría, han tenido que endeudarse en pasivos denominados en moneda extranjera. Esto es arriesgado para ellos, porque, durante una crisis, sus bancos centrales no pueden crear el dinero que los acreedores quieren: por lo tanto, necesitan un «rescatador» externo. Desafortunadamente, el FMI no siempre puede cumplir con esa función.
Así, después de que la crisis de la eurozona destruyó la solvencia de sus países con déficit, los principales países con déficit han pasado a ser EE. UU. y (en mucha menor medida) el Reino Unido, ambos capaces (hasta ahora) de endeudarse libremente en sus propias monedas. En la práctica, EE. UU. se ha convertido en el principal «equilibrador» de la balanza de pagos mundial: sus déficits compensan los superávits en otros países.
Los países con déficit, sin embargo, suelen presentar dos problemáticas características: una gran expansión del endeudamiento interno y una producción debilitada de bienes (y servicios) comerciables. Esto genera, a su vez, problemas políticos a nivel nacional. Hoy en día, esos problemas se centran en EE. UU. La presidencia de Donald Trump, sus agresivas guerras arancelarias y los esfuerzos de Scott Bessent, el secretario del Tesoro, por sostener la demanda global de bonos del Tesoro estadounidense son todos síntomas de estas dificultades; también lo es la fragilidad financiera generalizada que señalan los preocupados observadores.
El punto fundamental, como insistía John Maynard Keynes, es que ninguno de estos retos será gestionado automáticamente por los mercados, en parte porque los mercados financieros son muy frágiles y en parte porque todo lo que afecta y, a la vez, refleja la prosperidad nacional y global siempre constituye un foco de poder político. Siempre ha sido así: incluso el siglo XIX, que fue la era del «laissez-faire», fue también una era de imperios.
Si la era del capitalismo liberal ha llegado a su fin, es necesario que algo la sustituya sin que ello provoque también el colapso de la economía mundial. Sin embargo, en la actualidad nos encaminamos hacia crisis financieras relacionadas, en parte, con la obstinada persistencia de los desequilibrios y con los papeles singulares y, en mi opinión, insostenibles de EE. UU. (y del Reino Unido) como factores de equilibrio del sistema mundial. En última instancia, esto cambiará, y debe cambiar; pero aún no sabemos cómo sucederá.
(Martin Wolf. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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