Como de costumbre en nuestro país, a dos largos años de las elecciones presidenciales comienza el intenso tiempo de las encuestas. Es el momento en que las encuestadoras de mayor peso en términos de credibilidad comienzan a publicar sus mediciones, sin que falten las de aquellas que se prestan a publicar las suyas groseramente falsas. Anteayer, la empresa Gallup inició la publicación de la que se supone es su primera durante el proceso electoral de mayo del 2028 y, como siempre, el hervidero en torno a sus resultados no se hizo esperar. En general, los números que arroja la referida medición son consistentes con otros anteriormente registrados por esa y otras encuestadoras, y las aparentes paradojas de esos números son frecuentes en todas las encuestas. Aquí y en otros países.
También registra la tendencia de la política de hoy en prácticamente todo el mundo: la muerte del político tradicional. En efecto, dos figuras cuyos estilos son esencialmente impolíticos resultan ser las de mayor favorabilidad: David Collado y Omar Fernández, algo que aparece consistentemente en casi todas las encuestas de los últimos cuatro años. Por lo menos. Esta circunstancia genera tanta perplejidad como equívocos al momento de interpretarla. El estilo del primero, Collado, genera todo tipo de vituperio de parte de muchos de sus oponentes. No tiene un discurso elaborado donde se pueda leer o saber qué propone, no tiene la fogosidad e intensidad de la generalidad de los políticos y son parcas sus alusiones al partido que lo postularía y que consistentemente lo ha postulado a los cargos públicos que ha tenido.
Tampoco tiene un grupo para promoverlo, aplaudirlo y hacerle coro como tienen sus oponentes internos, no se da baños de masas con sus seguidores dentro o fuera de su partido y habla poco de política en las escasas intervenciones en los medios, no se pronuncia contra nada ni contra nadie. A pesar de esas supuestas falencias, sus niveles de aceptación en las mediciones no paran de crecer. Quizás esta circunstancia estará diciendo que es en sus atribuidas debilidades donde precisamente radica su fortaleza. La gente lo percibe como un no político, algo probablemente explicable por la baja valoración que tiene la gente de los políticos, de la política y de los partidos. Estos últimos son las instituciones dominicanas de peor valoración. Se registra un nivel de desconfianza hacia ellos que ronda el 70 %. Un escándalo.
A la hora de elegir un candidato presidencial, uno que tenga un 61 % de favorabilidad en la población, como es el caso, constituye una realidad difícilmente soslayable. Con el agravante de que ese candidato no muestra, o lo hace poco, un entusiasmo partidario, contrario a lo habitual en la práctica política. Puede que eso le haya dado buenos resultados para proyectar su imagen, pero no sé hasta dónde esto no podría constituir un problema para un partido cuyos niveles de aceptación (30,4 %) superan a sus oponentes FP y PLD, 19,6 % y 19,5 % respectivamente. Son números que estarían indicando que necesitará el entusiasmo de la militancia partidaria en una muy probable segunda vuelta. Y, además, que de llegar al poder necesitará de un aparato partidario que lo proyecte y defienda.
En el caso de Omar Fernández, tiene un discurso esencialmente conservador en cuanto a temas importantes relativos a derechos de la mujer y de la migración, pero no tiene posición pública sobre grandes temas nacionales e internacionales. Su fuerte es su ascendencia en la juventud —tendencialmente conservadora— y que constituye un posible relevo generacional para su partido. Pero su estilo es básicamente el del no político, algo que si bien podría dar buenos resultados personales constituye una incertidumbre para la futura unidad interna de su partido. No será el candidato porque lo será su padre, cuyo estilo, experiencia y preferencia es todo lo contrario a su hijo y a su eventual contrincante: es esencialmente político, con todo lo que esto significa en esta época de rechazo a la política y a los políticos.
Además de estos dilemas, la encuesta arriba referida plantea lo que algunos entienden como paradojas. Una de ellas es la que indica el dato de la aceptación del presidente Abinader y la percepción de la población de que la economía va mal. No existe una relación automática entre valoración de un gobierno o la intención de voto y la situación económica. Se tiende a votar por cómo uno se siente personalmente, no por cómo percibe que va la economía. Los indicadores económicos y sociales de un país pueden ser excelentes; sin embargo, las perspectivas electorales del partido de gobierno pueden ser malas o muy malas. Ejemplo: el actual gobierno español tiene los mejores indicadores económicos de Europa; la renta media por hogares ha crecido un 9 %, su PIB alrededor de un 3 % y hay más nuevos puestos de trabajo que en Alemania e Italia juntos.
Sin embargo, para las próximas fechas electorales las perspectivas electorales del partido gobernante de ese país son relativamente malas. En resumen, creo que además de dilemas y paradojas, esta encuesta evidencia el delicado momento político que vive la sociedad dominicana. Hoy se publicará la intención de votos de los posibles candidatos. Seguiré sobre el tema.
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