«Si quieren conocer a Judas véanse en un espejo, ¡cabrones!», dice el sacerdote Alfredo Gallegos Lara, un domingo sí y otro también. ¿Qué pensarán los feligreses, que es divertido, dicharachero, distinto? ¿Les agrada que les llamen traidores, que los comparen con el malo de la película, con el que vendió a Jesús por un puñado de monedas?

Luego descubrí que se trata del párroco de Chucándiro, un pueblo situado al norte de Michoacán, a cincuenta kilómetros de Morelia, la capital, y que es conocido por dos cuestiones: por repartir bendiciones altisonantes a todo el mundo, en especial a la clase política y eclesiástica, y por sus armas. No es que use la Biblia y el Santoral para protegerse de las tentaciones mundanas, sino que anda armado, pistola al cinto, que no deja ni cuando sube al púlpito. Por eso le apodan el Padre Pistolas… Pa' servir a usted y a Dios nuestro Señor, saluda con cortesía a los que quieren oírlo, después de la eucaristía.

En estos días, la noticia explosiva fue lo que dijo sobre Libia Denisse García, la mandamás de Guanajuato, estado vecino a Chucándiro, a resultas de un proyecto hidráulico que, al parecer, amenaza a la comunidad: «Y esa pinche gobernadora quiere matarlos de hambre. […] Yo le voy a partir su madre a ella porque es la culpable de que nos vayan a matar de hambre».

Las recriminaciones no se hicieron esperar: basta de amenazas a las mujeres empoderadas, incita a la violencia de género, promueve la comisión de delitos… ¿Qué pasó con el problema del agua?, ¿quedó enterrado, o mejor dicho, hundido? Por supuesto, ignoro quién tiene la razón, si el párroco locuaz o los proyectos oficiales. Como sospecho de ambos (con ligera ventaja para el poder político) y como las disputas por la tierra y sus recursos son tan antiguas como la propia religión, mejor acudir a Juan Rulfo. El escritor, ya lo sabemos, habló de acaparadores, terrenales y celestiales, en su obra.

Pienso por ejemplo en Pedro Páramo, un cacique interesado en extender sus dominios y en recuperar al amor de su vida; lo uno lo hizo violentamente, sin reparar en los medios; lo otro fue su mayor vacío: «Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes cuando volábamos papalotes». Muchos personajes aparecen en la novela aludida, pero recordemos al sacerdote, enfermo de escepticismo, la fe no le sirve ni para conciliar el sueño: «El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto».

Ahora bien, de regreso al Padre Pistolas, se dice que la gente lo quiere, que lo busca, porque su estilo bravucón trasciende las palabras. Se comenta que ayuda a la población, que no solo ha reparado la iglesia del pueblo, sino que ha hecho escuelas y caminos. De eso no hay videos, pero es mejor creer que averiguar. También su halo rebelde le genera simpatías, aunque la cúpula episcopal le haya llamado la atención, aunque reprueben sus declaraciones. Se habla inclusive de una nota oficial donde lo habrían inhabilitado para dar misas, firmada por el arzobispo de Morelia, un par de años atrás. ¿Qué será más peligroso, las balas que lleva en su revólver, que según él son para defenderse de los ladrones y cuya portación está autorizada (por el de arriba, faltaba más), o las que dispara con frecuencia a las élites?

«Eso ni se discute. Ponte al lado del gobierno». Le indica Pedro Páramo al Tilcuate, uno de sus muchos peones que anduvo metido en la Revolución.

En fin, uno se pregunta quién estará del lado de los humildes: ¿un cura de tremenda verborrea, cuyos regaños pueden rebasar los límites de la ley, o los políticos, que solo la víspera de las elecciones se acuerdan de las mayorías?

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

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