Hace dos décadas, el entonces líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, emitió una fetua contra el desarrollo de armas nucleares, una prohibición religiosa que respaldaría la insistencia del régimen de que sus ambiciones en materia de energía atómica eran pacíficas, incluso cuando el desenfrenado enriquecimiento lo ponía rumbo a una colisión con Occidente.
Actualmente, sin embargo, en medio de la devastación causada por la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán, un número cada vez mayor de políticos y analistas de línea dura están instando a Teherán a abandonar esta postura, a retirarse del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) y a adoptar las armas nucleares.
«Los más recientes enfrentamientos militares demostraron que, para Irán, obtener armas nucleares no es una ambición, sino una necesidad más importante que el pan», escribió este mes Davoud Modarresian, un activista político cercano a las fuerzas de línea dura.
El debate público representa un notable cambio en un país donde abogar abiertamente por las armas nucleares durante mucho tiempo ha supuesto el riesgo de ser visto como desafiante a la autoridad del líder supremo, quien es el máximo responsable de tomar las decisiones en el país.
Pero el asesinato de Jamenei, en un bombardeo estadounidense e israelí al inicio de la guerra, el 28 de febrero, puede haber contribuido paradójicamente a ponerle fin a esto. Su sucesor e hijo, Mojtaba Jamenei, quien ha permanecido en la clandestinidad desde entonces, no ha aclarado públicamente si él se mantendrá fiel a la postura de su padre, un silencio que ha creado el espacio para que los ideólogos de línea dura en Irán argumenten su postura.
Modarresian señaló que el islam chiita era lo suficientemente dinámico como para permitir que los dictámenes religiosos evolucionaran en respuesta a circunstancias cambiantes. Y Hassan Ghashghavi, portavoz del Comité de Seguridad Nacional del Parlamento, dijo el mes pasado que el nuevo líder de Irán podría emitir un nuevo dictamen sobre el tema nuclear y que «nadie puede impedirle hacerlo».
Irán necesitaba establecer un «ciclo completo de disuasión» para evitar que se repitiera el actual patrón de negociaciones y guerra, dijo Ghashghavi.
Los defensores de las armas atómicas han citado el caso de Corea del Norte, cuyo arsenal nuclear, según ellos, ha demostrado ser un eficaz elemento disuasorio contra la intervención extranjera. Una fuente cercana al régimen afirmó que la muerte de Jamenei había provocado un drástico aumento del apoyo a las armas nucleares dentro del sistema, señalando que la percepción de la necesidad de tener una bomba había aumentado «de casi cero a más del 50 por ciento».
Parte de esto ha sido ocasionado por el hecho de que muchos fieles partidarios del régimen consideran que el conflicto con EE. UU. —el cual sigue en un volátil y tenso estancamiento en torno al estrecho de Ormuz, cuyo control Irán ha insistido en que debe tener— es existencial.
Decenas de líderes y altos funcionarios fueron asesinados durante una campaña de bombardeos que duró 40 días, la cual se detuvo tras un frágil alto el fuego en abril, y tanto Donald Trump como el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, han planteado repetidamente la posibilidad de un cambio de régimen.
El presidente estadounidense incluso ha ido más allá, amenazando con destruir la «civilización» de Irán y hacer que el país vuelva a «la Edad de Piedra». Esta amenaza, según comentó un alto diplomático occidental en Teherán, llevó a los funcionarios del régimen a preguntarse si EE. UU. planeaba usar armas nucleares tácticas.
La postura oficial de Irán sigue siendo que su programa nuclear es pacífico y que no tiene intención de desarrollar armas. El máximo responsable nuclear del país, Mohammad Eslami, afirmó el domingo que los trabajos para producir 20 000 megavatios de electricidad de origen nuclear habían continuado «incluso en medio de la guerra».
La defensa abierta de una disuasión nuclear es motivo de preocupación para algunos políticos pragmáticos, incluidos los reformistas que desde hace tiempo abogan por una política exterior menos conflictiva.
Hossein Marashi, un destacado reformista, declaró la semana pasada a los medios de comunicación locales que «más importante que el enriquecimiento y la protección de los logros nucleares es proteger a Irán y a la República Islámica».
Los expertos señalan que, con la guerra en curso, Irán no parece estar en condiciones de tomar una decisión sobre la doctrina nuclear del país.
Sin embargo, Abolfazl Bazargan, un analista de relaciones internacionales cercano a los partidarios de línea dura, declaró a la agencia de noticias Tasnim —afiliada al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— que sería un acto de «autodestrucción» para Irán insistir en que nunca desarrollaría un arma atómica. Teherán, argumentó él, debería adoptar una doctrina de no ser el primer país en utilizar armas nucleares, pero conservar la capacidad de responder si fuera atacado con ellas.
Según evaluaciones de los servicios de inteligencia estadounidenses, Irán había emprendido trabajos preliminares en un programa de armas nucleares hace décadas, antes de que este fuera suspendido en 2003. La exdirectora de Inteligencia Nacional de EE. UU., Tulsi Gabbard, declaró el año pasado ante el Congreso que la comunidad de inteligencia estadounidense consideraba que Teherán no estaba fabricando un arma atómica.
Pero un marcado aumento en la actividad de enriquecimiento, después de que Trump se retirara en 2018 de un histórico acuerdo nuclear entre Irán y las potencias mundiales, convirtió al país en lo que los expertos describieron como un «Estado umbral», con la capacidad de convertir el programa en un arma si así lo decidiera.
Actualmente, el programa nuclear de la República Islámica ha sufrido un grave revés.
EE. UU. bombardeó las tres principales instalaciones de Irán —Natanz, Fordow e Isfahán— durante la guerra de 12 días que libró Israel contra la República Islámica en junio del año pasado. Trump, quien insiste en que Teherán debe desmantelar su programa nuclear, también ha amenazado con atacar una instalación enterrada profundamente bajo Kolang Gazla —conocida como la Montaña del Pico—, en el centro de Irán.
Una preocupación inmediata para EE. UU. y para las potencias occidentales es el destino de las reservas iraníes de uranio altamente enriquecido, las cuales consisten en unos 440 kg del elemento enriquecido al 60 % de pureza, a solo un paso del grado apto para la fabricación de armas. Trump le ha exigido a Irán —la única potencia sin armas nucleares que enriquece uranio a tales niveles— que lo transfiera fuera del país.
Irán no ha permitido que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) acceda a sus principales instalaciones nucleares desde la guerra de junio de 2025.
Según los términos del TNP, Irán debe notificar a todas las demás partes y al Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con tres meses de antelación en caso de que se retirara del tratado, lo que, según los diplomáticos, Teherán podría usar como táctica para presionar a Washington a fin de llegar a un acuerdo.
Hamzeh Safavi, hijo de un asesor militar del líder supremo de Irán, ha argumentado en entrevistas con medios de comunicación locales que el uso de otras formas de armamento no convencional —incluidas las llamadas «bombas sucias»— podría ser una forma de disuasión igualmente eficaz.
Pero esas actitudes enfurecen a otros partidarios de línea dura. El activista político Modarresian argumentó que el principal obstáculo para desarrollar un arma nuclear no era la prohibición religiosa, sino «la vacilación en las altas esferas del poder».
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