Hemos visto que la vida es: donación, racional, afectiva, igual, diferente, libre, única e irrepetible. Estas características definen la persona humana y nos trascienden. Son mías y no son propias con exclusividad. Somos lo visible de Dios. Somos imagen de Dios. En cada uno y cada una de nosotros hay un chin de Dios. Aquí está la raíz de la dignidad humana porque estas características son las que nos identifican como persona. Son características dadas, nacemos con ellas, no me las da la relación con el otro, ni el yo. Por tanto, existe Alguien que nos trasciende… Gn 1, 26: «Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen…».

Siendo así, creo en el Ser Trascendente dador de vida… Es la fuente de mi vida y de mi fe. Además, aquí está la raíz del reino de Dios, que tiene como única ley para la humanidad «Dios sobre todas las cosas y al otro como a mí» (Mc 12, 28-31). Negar o prescindir de esta realidad es negarse a sí mismo… No somos autónomos; reconocer mi dependencia del Ser Trascendente es la expresión más íntima y real de que soy libre y tengo la libertad hasta para negarlo…

¿En qué consiste la auténtica libertad humana? …En hacer la voluntad de Dios porque él me conoce más que yo mismo a mí…

La fe: Recibo lo que soy, lo que espero y lucho por lo que profundamente ansío, y nos convence de lo que no vemos (Heb 11, 1 ss.). En ese sentido, la fe es donación, me hace consciente de mi vocación personal, mi valor originario, la semilla de Dios que desarrolla mi persona, dándome una personalidad. También, la fe es comunitaria porque no es exclusiva. Me exige un compromiso personal y comunitario. La fe no es un invento mío. Acepto un Ser Trascendente: Dios, como acepto que tengo vida, que piensa, siente y decide…

Necesito mantener relación con el Ser Trascendente, con el otro y con la naturaleza; con Dios porque me da la vida cualificada; con el otro porque me da identidad de género complementaria, y con la naturaleza porque es la casa de todos y nos mantiene. Tenemos que cuidarla, protegerla.

Si me uno al otro como diferente en género: hombre/mujer, mujer/hombre, aquí está el origen del nosotros, la comunidad familiar. Así adquiero un compromiso personal y comunitario: iniciar y sostener una familia, base de la sociedad. Esa comunidad de amor, incluyente, se rompe con el «tú sí» y «yo no…». Lo auténtico es compartir la vida, comunicar vida.

Si me uno al otro por motivo de fe eclesial, para continuar la obra de salvación de Jesús, surge la comunidad cristiana, que se rompe con el yo primero y el otro después. Lo auténtico es «al otro como a mí».

Si es el servicio solidario que me une a alguien, a otros, hombres o mujeres, la llamamos comunidad apostólica, que se rompe con la seguridad personal y comunitaria. Se fortalece con la debilidad solidaria.

Si la referencia es resolver las necesidades de un grupo humano en un determinado territorio con autoridades y leyes, tenemos la comunidad nacional y la sociedad civil, que se anulan con la corrupción e impunidad mantenida con la violencia institucionalizada en cualquier sistema social que sea…, y se fortalece con la unión organizada, el respeto, la transparencia y la actuación justa, solidaria.

Dependiendo de la referencia personal que me convoque a unirme al otro de una forma permanente y organizada, surge un tipo específico de comunidad. El sentido original de la persona es la relación, que le lleva a trascenderse a sí misma y formar la identidad humana definitiva: nosotros, obteniendo como recompensa el buen vivir: necesidades resueltas y disfrute de la vida, y así llegar a la plenitud de vida: al reino de Dios.

La persona es relación: es la enseñanza que nos dan la vida y la fe; dos valores básicos de la persona y que nos trascienden. No relacionarse es negarse a sí mismo y al Ser Trascendente. Vivir sin relacionarse es una persona muerta en vida…

El sentido del yo es trascenderse a sí mismo con relación solidaria para que aparezca el nosotros. Ese nosotros comunica la vida, la cuida, la protege y defiende. Así como la relación amorosa de la Divina Trinidad se da sin esperar recompensa, así la relación libre y solidaria de la persona humana comparte y comunica la vida divinizando lo humano para que repolle el reino de Dios en la comunidad familiar, en la comunidad humana, en la comunidad apostólica, en la comunidad nacional, en la comunidad civil.

Somos lo visible de Dios. Ese compromiso de «compartir y comunicar vida» se adquiere por decisión personal, libre, sin coerción alguna y hasta que la muerte los separe… Somos continuadores de la humanidad en el lugar de vida asignado por el Ser Trascendente en la casa de todos… (Laudato si', papa Francisco).

En la comunidad repolla el reino de Dios… Sí, pero no… Repolla aquí y termina allá… (parusía). No termina aquí porque permanecen las limitaciones humanas. Nadie escoge papá ni mamá, tampoco escoge época ni lugar para nacer…; lo trascendente en la persona eleva la categoría humana y la hace partícipe de la infinitud divina, de lo eterno. Por tanto, agradecer por haber nacido y la infinitud sin mérito alguno, sino por pura voluntad divina.

Ordinariamente, vemos vivir a la persona como realidad independiente y ajena a lo trascendente. La sociedad actual organizada de esta manera: Congreso Nacional, Poder Ejecutivo, Poder Judicial, FF. AA., empresas públicas y privadas, la élite de la sociedad, organizaciones culturales, políticas, económicas, religiosas (Estado de derecho), nos quieren hacer creer y entender a los empobrecidos que la política, lo económico, lo social, lo cultural es referido exclusivamente a lo inmanente del yo. Pero no es verdad, porque todos los humanos estamos comprometidos a tenernos presente unos a otros: ¿tú sin mí y yo sin ti? ¿Qué?… El más interior nos hace trascendentes; en cada persona hay un chin de Dios…

  • Nos hacen creer que el componente trascendente de la persona: la vida, la fe y el más interno no se implican en el aquí y ahora. Así llegamos a desarrollar una doble moral, un comportamiento doble; es decir, lo bueno en relación con la vida y la fe no se implica con lo trascendente del yo, y lo trascendente del yo no implica el buen vivir, y olvidamos que lo que el yo le debe al Ser Trascendente debe pagárselo al otro, «no a mí». Es por eso que el único mandamiento es «al otro como a mí». Así vemos que el segundo mandamiento, «amar al otro», es tan importante como el primero, «amar a Dios…».

Lo que le debo a Dios, pagárselo al otro: ahí está la raíz de la armonía necesaria en la humanidad para que gocemos de paz, fraternidad y libertad. Compartir, colaborar, dialogar… Este comportamiento se apoya en la fe y en el sentido de humanidad, que nos llevan a trascender el yo y reafirmar el nosotros. La comunidad.

Como vemos, tenemos desafíos específicos para este milenio, que nos invitan a transformar la realidad que estamos viviendo con: violencia personal e institucionalizada; con terrorismo suicida y terrorismo de misiles; con guerra comercial y cibernética; con la absurda amenaza con armas que, si se usan, destruyen la humanidad; con la vida fácil a costa de la vida del otro; con afán por dominar y quedarme con lo que pertenece a grupos humanos determinados, expropiando riquezas nacionales con poder hegemónico…

En fin, tenemos que iniciar un proceso que ponga control a la explotación de las personas y de la naturaleza reconociendo y validando la incidencia del Ser Trascendente en nuestra realidad personal, nacional y global.

Estos desafíos tenemos que asumirlos como persona y como comunidad:

  1. Descubrir al otro, quien me da identidad complementaria tan necesaria como la vida misma; pues sin el otro no tengo identidad de género…
  2. Descubrir en mí mismo cuál es la semilla de Dios, el valor que me va a llevar a trascenderme y desarrollar mi persona en relación con el otro, la naturaleza y el Ser Trascendente para que realicemos la transformación que necesitamos en beneficio de toda la humanidad.
  3. Descubrir el sentido de la comunidad: trascender el yo y vivir teniendo en cuenta al otro en su situación vital. El nosotros es inclusivo, siempre. La debilidad solidaria nos hace salir del yo y salir al encuentro del otro para formar y fortalecer el nosotros: la comunidad

Regino Martínez S.J.

Sacerdote

El sacerdote Regino Martínez es el coordinador del Servicio Jesuita para los Migrantes Refugiados en Dajabón.

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