¿Pueden personas comunes cometer acciones crueles simplemente por obediencia a una autoridad? La filósofa Hannah Arendt abordó esta interrogante cuando analizó la complicidad de un funcionario corriente con el holocausto nazi. Arendt acuñó el concepto «banalidad del mal» para referirse a la situación en que personas ordinarias, sin una predisposición especial para la maldad, eran capaces de cometer actos crueles debido a su actitud acrítica.
Dos años antes de que Arendt hiciera público el término ─en 1961─, el profesor de la Universidad de Yale, Stanley Milgram, dirigió uno de los experimentos sociales más célebres de la historia. Sometió a un grupo de voluntarios a un supuesto estudio sobre la memoria. En realidad, se trataba de un experimento sobre la obediencia, donde los participantes eran animados por una autoridad a proporcionar descargas eléctricas a personas desconocidas. El individuo que supuestamente recibía las descargas era un asistente de Milgram que fingía las escenas de dolor sin que los sujetos del estudio conocieran la treta.
Como señala un artículo de la BBC, traducido por Acento, el estudio fue replicado a lo largo de los años con resultados similares y sin diferencias de género. Una de las investigadoras preocupadas por el problema, Emilie Caspar, profesora de psicología experimental en la Universidad de Gante, sostiene que para nuestro cerebro resulta más económico obedecer; es decir, hay un mayor gasto de recursos en el proceso cognitivo de cuestionar que en el de no hacerlo. (https://acento.com.do/bbc-news-mundo/las-lecciones-del-estudio-milgram-el-perturbador-experimento-sobre-la-obediencia-ciega-que-se-sigue-replicando-hoy-en-dia-9781757.html).
Pero como todas las conductas sociales, la obediencia ciega no solo está determinada por factores neurológicos, sino también por variables culturales que reconfiguran nuestro cerebro. Los principales investigadores entrevistados en la reseña arrojan interesantes interpretaciones con importantes implicaciones políticas para las democracias actuales. Por un lado, hay una mayor propensión a la agresividad si las personas no se sienten responsables de sus actos, como ocurre en las situaciones de anonimato que permiten las redes sociales. Al mismo tiempo, existe una gradualidad inherente a los procesos de ejecución de los participantes que también percibimos en los genocidios del siglo XX y en muchos regímenes autoritarios.
En otras palabras, la política de la crueldad, como acontece con los estudios de obediencia ciega a la autoridad, no se establece repentinamente, sino como parte de un proceso paulatino de deshumanización que se institucionaliza gradualmente y es aupado por figuras de mando. Y como ya sabía Aristóteles, los comportamientos morales están vinculados a unos hábitos que se cultivan paulatinamente y van estructurando nuestro carácter.
Por consiguiente, la formación de unos hábitos que fomenten un comportamiento ético crítico, empático y compasivo es fundamental para contrarrestar predisposiciones o tendencias orientadas a la crueldad. Por ello, dicha formación debe ser resaltada en una época donde, por un lado, se fomenta la educación exclusivamente tecnológica y, por el otro, el escenario internacional es un caldo de cultivo para las políticas del odio.
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