Y ahora, respiremos tranquilos. Ha amanecido de nuevo en EE. UU. Por fin, el Congreso saldrá de su letargo para frenar a un presidente cada vez más errático y comenzar a restablecer el lugar de EE. UU. como líder confiable del mundo libre.

Uno puede imaginarse el alivio en las capitales europeas y en otras partes del mundo. Solo hay que esperar un par de años más a que termine el mandato de un líder en funciones sin poder —un pato rengo— y la normalidad se reanudará. Mientras tanto, en el Reino Unido, muchos en la corriente política tradicional ya están celebrando el daño colateral sufrido por el partido Reforma Reino Unido de Nigel Farage, causado por su cercanía al presidente estadounidense Donald Trump.

¿Alguien está convencido? Dejemos de lado, por un momento, los temores inmediatos sobre el daño que un presidente herido y soberbio aún puede infligir en sus últimos años de mandato, cómo podría traicionar a Ucrania, descargar su furia contra Cuba o volver a bombardear Irán. Existen límites a cuánto puede restringirlo el Congreso en materia de política exterior.

Tampoco hay razón real alguna para suponer que esto presagie un declive similar de los partidos populistas en Europa y en otros continentes. Aunque algunos han sufrido reveses —a menudo a raíz de campañas anticorrupción—, las condiciones económicas que han dado lugar a los movimientos populistas de derecha persisten. En Francia, Marine Le Pen es la favorita para ser la próxima presidenta.

Todavía existe una poderosa facción en EE. UU. que parece admirar a los líderes autoritarios. Significativas partes del movimiento republicano conservan un deseo imperialista de exportar su política y, con el apoyo de figuras como Elon Musk, están impulsando a partidos que buscan socavar los pilares de la democracia liberal europea. Y, por supuesto, nunca se debe subestimar la capacidad del Partido Demócrata para complicar las cosas antes de las próximas elecciones presidenciales.

Más allá de todo esto, sin embargo, también hay razones a largo plazo por las que los países no pueden darse el lujo de pensar que existe un pasaje mágico de regreso al mundo antes de Trump.

La desaparición de un mal EE. UU. no es lo mismo que el regreso del antiguo. Existen motivos para tener esperanzas de que los peores excesos —la corrupción endémica, el desprecio arbitrario dirigido a los aliados, ya sea a través de aranceles, amenazas de apoderarse de Groenlandia o el servilismo ante Vladimir Putin— se atenúen después de que termine la presidencia de Trump.

Pero el trumpismo ha cambiado a EE. UU. de formas que perdurarán más allá de su mandato. Puede que nos libremos de la errática malevolencia, pero se ha producido lo que parece ser un cambio duradero hacia la desvinculación del mundo. Lo más evidente es que EE. UU. se ha retirado del orden multilateral internacional. Quizás los demócratas puedan reiniciar un diálogo sobre el cambio climático, pero no será fácil convencer a EE. UU. de que acepte restricciones internacionales.

Actualmente prevalece un sentimiento antibélico en los dos principales partidos políticos estadounidenses. Esto fue un componente clave del atractivo de Trump y es algo que los estadounidenses se tomaron muy en serio. El país tiene demasiados intereses como para ser verdaderamente aislacionista, pero la «aventura» con Irán ha fortalecido a quienes quieren que EE. UU. eleve el umbral para una intervención militar. Los adversarios del Occidente lo saben. (Este cambio puede ser aún más apremiante para Israel, ya que se culpa ampliamente al Gobierno de Netanyahu de haber engañado a Trump para que se involucrara en un conflicto que trajo la inflación al país).

Incluso si los republicanos se reorganizan bajo un nuevo líder, no olvidarán la popularidad del manifiesto original de Trump, «EE. UU. primero». Puede que los demócratas estén actualmente más alineados en cuanto a Ucrania, pero los votantes estadounidenses ahora están menos interesados en financiar la defensa de otros países. El consenso de la Guerra Fría ha cambiado, y existe la opinión de que los problemas de Europa, entre los que destaca contener a Rusia, deben ser resueltos y financiados principalmente por el propio continente. Un nuevo líder puede reafirmar retóricamente el compromiso con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pero los europeos han visto los peligros de subcontratar su propia seguridad.

Trump nos ha dado otra lección que no se borra fácilmente: que el poder importa. Europa no está a la altura de su potencial, tanto en lo militar como en lo diplomático; además, se está quedando rezagada en la carrera tecnológica. El hecho de que la Unión Europea (UE) siga siendo una coalición de Estados-nación con intereses divergentes y Gobiernos de distintos matices siempre la pondrá en desventaja frente a EE. UU. y a China. Pero los europeos deben prestarle atención al argumento planteado por el primer ministro canadiense, Mark Carney, de que la elección que ahora tienen las potencias medias es construir autonomía estratégica o aceptar la subordinación.

La denegación temporal del acceso de Ucrania a Starlink es un recordatorio de lo que significa depender de otras naciones en materia de infraestructura esencial. Del mismo modo, las guerras arancelarias de Trump también han puesto de manifiesto la necesidad de contar con poderío económico para hacerle frente a EE. UU.

Existe un escenario optimista en el que EE. UU. se da cuenta de que ignorar a sus aliados, adular a sus enemigos e intimidar a sus amigos lo debilita en el mundo. Pero el retorno de la estabilidad no significa el retorno al antiguo statu quo.

Y lo que puede cambiar, puede volver a cambiar. La lección fundamental no es la derrota de Trump esta semana, sino sus victorias anteriores. Muchas cosas pueden volverse más fáciles cuando él termine su mandato, pero no deben olvidarse los temores que llevaron a Europa a reevaluar su seguridad, su resiliencia y su influencia económica en el pasado reciente. La fortaleza importa. Solo hay un número limitado de advertencias.

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